La semana blanca del hombre blanco

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No me cae nada bien el nuevo secretario general del PSOE. Es cierto que ninguno de los anteriores me apasionaba (ni tenía por qué), pero este, en concreto, me da grima. Y es eso, la grima, lo que me parece sintomático. El secretario general de un partido político, y más de un partido como el PSOE, que ha gobernado en España varias veces y en Asturies casi siempre, debería provocarme respuestas psicosomáticas de otro tipo. En pocas palabras: Rubalcaba nunca me cayó mal. Me parecía un sinvergüenza, pero no me daba grima. Tampoco Zapatero, a pesar de su simpleza congénita. Ni siquiera (y ya es decir) Joaquín Almunia. Con cualquiera de ellos me habría tomado unas cervezas. La cosa habría acabado probablemente mal, pero las cervezas nos las habríamos tomado. Con Pedro Sánchez, en cambio, jamás me tomaría una cerveza. Ni siquiera me tomaría una cerveza en el mismo bar que él. Cambiaría de acera para no cruzármelo. Así de mal estoy.

Y me siento mal por ello, porque este hombre no me ha hecho nada malo, o al menos no me ha hecho nada sustancialmente peor que sus predecesores. Entre él y yo hay una especie de malentendido conceptual, y son ese tipo de malentendidos los que me generan este tipo de malestar. Digamos que no me desagradan los gatos, de hecho he tenido un gato, pero si alguien me prometiera regalarme un perro y, en vez de un perro, me regalara un gato, estoy convencido de que acabaría cogiéndole manía al animal: yo quería un perro, y ahora tengo que tener un gato, y no hay manera de que un gato se comporte como un perro (la mayoría de los gatos ni siquiera saben comportarse como gatos). Algo así me pasa con el ciudadano Sánchez: nos habían prometido un adversario, un dirigente político, un personaje público que podíamos presumir estridente, sobreactuado, cínico o incluso todo lo contrario, pero alguien se ha confundido de especie y nos ha colocado un aspirante a cero a la izquierda. Ni siquiera es un cero a la izquierda. En el PSOE ya nadie se sitúa a la izquierda, ni para hacer de cero.

A Pedro Sánchez hay que tragárselo como a Rajoy y a tantos otros engagés a la fuerza. Eso lo saben sus asesores de imagen, o los que cobran por hacer de tales, igual que saben que la antipatía que destila su cliente es algo más que falta de carisma o un efecto óptico suscitado por el exceso de brillo de sus camisas, y si no lo saben, al menos actúan como si lo supieran. De ahí su intervención telefónica en Sálvame, su intervención de cuerpo presente en El hormiguero, el mensaje es claro y distinto: “Si no queréis Sánchez, taza y media”. Tampoco a Sánchez le apetece un pimiento ser la voz de la botella medio vacía del bipartidismo, y ahí lo tenéis, manteniendo el tipo como un Toni Cantó sin Siete vidas o un Pablo Iglesias sin Tuerka, todo un personaje en busca de autor.

Hace tiempo que en el PSOE todo suena a psicofonía, como esas canciones de Jarcha y Ana Belén que se oyen en las manifestaciones del 1 de mayo y que producen hilaridad en los más jóvenes y nostalgia en los más viejos (mientras los de mi edad hacen como si no oyeran nada): como si su discurso solamente reprodujera los ecos asordinados de algo que una vez tuvo sentido. Entiendo las lamentaciones de sus hooligans, pero tal vez deberían asumir que un partido político no es más que una herramienta, y las herramientas se quedan obsoletas, sobre todo las que ya nacieron con obsolescencia programada, como es el caso. Resucitar al PSOE no es imposible, pero puede ser poco rentable, incluso para quienes creen en las razones del PSOE, en cualquiera de las que el PSOE ha vestido y travestido a lo largo de los últimos treinta años. Es muy legítimo abrazar el calendario reformista que Felipe González exhibía mientras reconvertía siderurgias, o aferrarse a la moral de progresía suburbana de Zapatero en sus primeros cien días de “socialismo libertario”, incluso empecinarse en reivindicar, como Rubalcaba, una ética de la responsabilidad de consecuencias suicidas. Pero no hay manera de justificar la reivindicación política de lo apolítico, y eso es lo que hace el ciudadano Sánchez: creerse que el medio es el mensaje, que Pablo Iglesias tiene seguidores porque sale en la tele y que Susana Díaz le dejará ir en cuanto gane un par de alcaldías al norte de Despeñaperros. Para no desentonar con la hoja de ruta de su partido, su próxima parada debería ser el plató de Cuarto milenio. Así sabremos si esas camisas tan blancas están hechas de esperanza o si ya podemos cambiar el disco de Ana Belén por una banda sonora no tan de ultratumba.

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