El esfuerzo da sus frutos

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En cierta ocasión un profesor de inglés me explicó las virtudes del esfuerzo y la cultura de la excelencia. Lo hizo porque no le quedaba más remedio, y yo le escuché por la misma razón, y ambos comprendimos que el deber es una fuerza más poderosa que el amor, por lo cual cada uno siguió pensando lo que ya pensaba, sin dar su brazo a torcer. No obstante, recuerdo vagamente sus argumentos, que tenían que ver con algo así como hacer frente a las adversidades contra viento y marea y recoger el fruto de esa lucha al final de un proceso no sé si larguísimo o solamente muy largo.

Poco después de aquella conversación tuve otra, muy diferente, con la familia de una alumna no demasiado esforzada ni excelente. Alumna, he de aclarar, de aquel mismo profesor de inglés, y supongo que receptiva a sus enseñanzas como la que más, pero aun así un tanto reticente a convertirse en modelo de las citadas virtudes marineras. La familia en cuestión era una abuela, y fue puntual, dialogante, escuchó educadamente las razones del profesor de inglés y asintió a todas ellas. Y luego hablamos de ratas.

Las ratas se colaban en aquella casa con cierta frecuencia, pero una de aquellas noches, después de una tormenta, parte del tejado de uralita había salido volando y las ratas habían interpretado aquel incidente meteorológico como una invitación a cenar. “Mi marido estaba cenando y plof, de repente cae la rata en el plato”, me explicó la abuela de aquella alumna remisa al esfuerzo. La lluvia había inundado la infravivienda y se había llevado por delante los libros de texto de su nieta, cosa muy preocupante, sí, pero aquella mujer parecía más inquieta por la presencia de ratas en torno a la comida, no demasiado abundante y en todo caso insuficiente para alimentar a humanos y roedores a la vez.

A uno le cuesta imaginar cómo puede alguien aprenderse los verbos irregulares mientras intenta que las ratas no le arrebaten la cena. Pero seguro que se puede, es más, he oído por ahí que más de uno lo ha hecho y ha salido airoso de esa lucha contra la adversidad. Cierto que nos hacen falta ejemplos, poder mencionar a Fulano o a Mengana como ilustraciones vivientes de esa cultura del esfuerzo, toda vez que las esperanzas depositadas en Felipe Juan Froilán, número cuatro en la línea sucesoria del reino de España, han resultado sorprendentemente infundadas. Ni siquiera a una luchadora como Ana Patricia Botín podemos ubicarla en semejante escenario ratonil.

A quien sí me imagino alzándose furioso contra una marea de ratas, incluso arrancándoles la cabeza a mordiscos, es a Arias Cañete, vaya usted a saber por qué. Ese sí que es un ejemplo de cultura del esfuerzo, de excelencia cimentada en la perseverancia y el trabajo ímprobo (con las ganas que tenía yo de usar ese adjetivo). Dicen que Arias Cañete tendrá que presentarse a un examen de recuperación para la plaza de comisario europeo de Energía, y yo no dudo de que pasará la prueba airoso, o airado, o lo que sea, pero la pasará, pues si algo caracteriza a este tipo de titanes es la contumacia, el empeño que ponen en superar cuantas dificultades les ponga la vida por delante, y sobre todo la prudencia y la inteligencia de disimular siempre su verdadera preparación y pasar por tontos, aunque sean listísimos, y por corruptos, aunque vayan limpísimos. La vida le pagará con creces tanto esfuerzo y excelencia, y, si no lo hace la vida, ya lo haremos nosotros. Un hombre así no se merece tener que competir por su comida con las ratas.

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