Fernández Villa o el poder de lo invisible

Desde que el caso Villa se destapó, hace unas semanas, uno no sabe cuántas veces ha oído o leído la expresión “tirar de la manta”. A fuerza de repetirla, la manta en cuestión ha ido adquiriendo tintes de alfombra mágica y le presuponemos virtudes más o menos orientales, como la de transportarnos a la cueva de Alí Babá donde yacen ocultos los mil millones de euros de los fondos mineros. Se diría que los poderes de esa alfombra exceden a cuanto cabría esperar de su condición alfombril, y también que su peso tiene que ser algo exorbitante para una alfombra, por muy mágica que sea, toda vez que nadie ha conseguido levantarla en las últimas dos décadas.

Algo no encaja en el cuento de Simbad el Minero y aparentemente todo el mundo sabe qué es eso que no encaja: de ahí las suspicacias, los temores, algún que otro aspaviento de furia o indignación fingida. Me temo que esta explosión de sentimientos contradictorios y un tanto insolentes se debe a que no estamos mirando adonde debiéramos. La manta de marras es una manta élfica, del estilo de la que llevaba Frodo Bolsón en El señor de los anillos: tú te la pones y te vuelves invisible. Algo así sucedía con el poder de José Ángel Fernández Villa: no residía plenamente en sus exhibiciones de fuerza, en su tendencia a sacar pecho y rodearse de gente musculosa, sino en su habilidad para volver invisible lo que nadie deseaba ver a la luz del día.

Se trata de una ilusión óptica muy común, la misma de la que son víctimas los turistas cuando identifican la mina con la alta y esbelta figura del castillete de un pozo: todos cuantos hemos crecido a la sombra de esa figura sabemos que la mina no se ve, sino que se oye. Se oye el zumbido incesante del compresor del pozo, una banda sonora omnipresente que nos acostumbra a hablar muy alto y nos vuelve insensibles a los gritos y a las explosiones. Hay que gritar mucho para que te oigan, pero lo importante es que lo que gritas tenga sentido y no contradiga lo que se susurra. Y lo que se susurra, lo que hace de la mina un sistema, es lo que ocurre bajo el suelo, en esas catacumbas que se extienden por debajo de montañas y valles comunicando lo que parecía incomunicable y tejiendo una red de complicidades y solidaridades casi inextricables.

Esa red social explica en parte el éxito y la capacidad de presión y movilización social de los sindicatos mineros. Es su principal virtud y ha sido su gran aportación a la historia del movimiento obrero. También ha sido, en parte, su talón de Aquiles. Que alguien con lucidez pero sin escrúpulos supiera utilizarla en beneficio propio, replicándola en todos los ámbitos de decisión de la sociedad asturiana y haciendo de esa red de redes una muralla inexpugnable, era solo cuestión de tiempo y oportunidad. Fue Villa como pudo haber sido cualquiera. Pero fue Villa.

Lo sintomático aquí es cómo esa manta élfica ha empezado a deshilacharse hasta dar en noticia. El inmenso poder acumulado por esa red de redes no era eterno, ni podía serlo: toda vez que la red iba creciendo en proporción directa a la desintegración social y económica de las comarcas mineras, era evidente que llegaría un día en que la sólida estructura invisible que sustentaba ese poder desapareciera por completo. Si se mantuvo artificialmente durante las últimas décadas fue porque muchas familias se enriquecían de ese desmantelamiento industrial y muchas otras se mantenían a flote gracias a las migajas o a los favores que las primeras dejaban caer en sustitución de aquella solidaridad originaria. Si ahora es el momento no es porque alguien como Villa no tenga ya nada que perder: es sencillamente porque ya nadie tiene nada que ganar. Solo así se explica la nerviosa mansedumbre con que el partido y el sindicato que se nutrieron de esa filantrópica misión han empezado a recoger los bártulos, al menos los dialécticos, refugiándose en tímidas amenazas de aprendiz de quinqui. No es suficiente. No basta con que se vayan, y mucho menos que se vayan porque han agotado el ecosistema. Hay mil millones de razones para exigirles que se queden y empiecen a contar todo lo que saben.

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