Hablando de payasos

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Siempre he tenido problemas con los idealistas. Creo que el idealismo es la obstinación inútil de quien pretende que las piedras sean esponjas. Pruebe usted a golpearse la cabeza contra una esponja y luego haga lo mismo con la piedra. No hay color. Sí hay dolor.

Ocurre, no obstante, que a veces la realidad no es tan pétrea como parece: la damos por sentada, asumimos que nos haremos daño si nos caemos, no nos atrevemos a morderla (al menos, mientras la salud dental siga excluida de la sanidad pública), pero a veces, entre runa y runa, se nos cuelan seres fantasmales, personajes mitológicos que nos inducen a pensar en porosidades y sutilezas. Dioses, demonios, espectros, ese tipo de agentes imaginarios capaces de hacernos creer que las piedras levitan a nuestra santa voluntad. No es extraño que la historia se mueva a golpe de mitologías carismáticas: si alguien es capaz de inmolarse en nombre de Alá, solo es cuestión de tiempo que otro haga lo mismo en nombre del Rey Hielo.

El Manifiesto Comunista de Marx y Engels comenzaba con la invocación de un espectro. ¿Qué tipo de manifiesto es el que evoca ese payaso siniestro que recorre las calles de Xixón? ¿De qué relato ha salido? ¿Es una figura de catástrofe o de convivencia? Uno diría que en Xixón no estamos para pensar en payasos, o al menos no en los que van disfrazados de tales, pero la prensa y las redes sociales han sucumbido al carisma tenebroso de ese espantajo por más que haya asuntos más urgentes de los que ocuparse. Es comprensible: los payasos acojonan. Son la quintaesencia de la doblez: un individuo que sonríe tanto no puede ser de fiar, sobre todo cuando es tan evidente que esa sonrisa es una máscara. No nos fiamos de los payasos y creemos que ocultan un puñal en alguna parte. Y esto es así desde mucho antes de John Wayne Gacy. Y desde mucho antes del It de Stephen King.

Supongo que no es ese el único payaso que estos días recorre Xixón con una sonrisa falsa, salido de no se sabe dónde, repartiendo globos que se desinflarán con un ruido ridículo y atrayendo todos los focos o, al menos, los de los más ingenuos. Las arenas políticas están especialmente revueltas en esta ciudad, pero, al revés de lo que anunciaba el famoso lema del Mayo francés, debajo de toda esa arena hay una piedra tan dura como la cara que oculta la máscara del payaso. Caerse de morros contra esa piedra es un lujo que solo pueden permitirse unos pocos, los de siempre. Por el contrario, los que venimos pagando las fiestas privadas de la jet set local no podemos arriesgarnos a sufrir más accidentes: esta ciudad necesita un proyecto de convivencia, no un circo de siglas con números de escapismo y trapecistas de ocasión, tampoco un payaso que asuste a los niños y solo haga reír cuando se empeña en contarnos su currículum.

Mucho me temo que al payaso siniestro le saldrá más de un competidor durante los próximos meses. Aprendices de líder que venderán buen rollo y desenfado en una ciudad donde gobierna el mal rollo y nos enfadamos más o menos pero sin dejar de enfadarnos. Lo único bueno de esos tipos es que con ellos se pueden idear novelas muy gordas, pero en todo lo demás son pura filfa: con ellos no se construye ciudad. De hecho, si estamos tan habituados al cliché del payaso alcohólico, solitario y autodestructivo es porque ningún payaso, nunca, en ninguna parte, ha conseguido tener seguidores. La gente no sigue a los payasos. Uno prefiere fiarse de seres que no existen a tener que confiar en individuos de carne y hueso que pintarrajean su verdadero rostro para dejar de ser invisibles.

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