La voz de lo que somos

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Tal vez el relato más conocido de Franz Kafka sea aquel en el que un campesino llega ante la puerta de la Ley. Hay un guardián custodiando esa puerta, y el campesino hace todo lo posible para que ese guardián le permita entrar, pero fracasa una y otra vez y así transcurren los años hasta que el campesino envejece y se ve al borde de la muerte. Entonces, con su último aliento, le hace al guardián una última pregunta: ¿Cómo es que en todos esos años ninguna otra persona intentó cruzar esa puerta? Y el guardián responde: “Nadie podía intentarlo porque esa puerta estaba reservada para ti. Ahora mismo voy a cerrarla”.

Mucho tenemos en común los asturianos con ese campesino agonizante y frustrado. Desde que sonaron los primeros acordes de la segunda restauración borbónica, la sociedad asturiana renunció a tocar un instrumento propio, a hacerse oír en la orquesta del llamado “Estado de las autonomías”. Una renuncia sustentada en las ficciones que las elites fueron construyendo para legitimar sus equilibrios de poder; entre ellas, y muy por delante de otras, la ficción principesca, la estampa medieval de un Principado vinculado al conjunto del Estado por sus partes más íntimas: paraíso natural y legitimidad genital. A lo largo de más de tres decenios, la sociedad asturiana ha estado esperando ante a la puerta de la democracia para ver si esta se abría pero, al igual que en el relato de Kafka, sin hacer demasiados esfuerzos por enfrentarse a los guardianes y franquearla.

Cierto, para ningún ciudadano español se abrió del todo la puerta de la democracia. Pero a nadie se le oculta la excepcional mansedumbre de las instituciones asturianas de autogobierno, su sistemática negativa a levantar la voz salvo para asuntos de trascendencia cósmica, como pedir que seamos anfitriones de la boda del príncipe. Poco podía hacerse, también es cierto, bajo el peso hegemónico de la cultura de la transición, incapaz de integrar aspiraciones de gobernanza multinivel a no ser que vinieran revestidas con el barniz del nacionalismo.

Los movimientos políticos más marcadamente soberanistas tendían, tienden aún, a ver un defecto, un estigma más, en la obstinada resistencia de la sociedad asturiana a asumir un discurso nacionalista similar al que marca la agenda en otras comunidades como la catalana o la vasca. Aplicando un modelo de razonamiento estratégico, esa lectura pudo ser válida mientras la cultura de la transición fue hegemónica y no se vislumbraba otra perspectiva de desapalancamiento institucional que no fuese la de construir una identidad reconocible en las tensiones centro-periferia. Estrategia, no obstante, condenada al fracaso, toda vez que la gran contribución de la marca “Principado de Asturias” a la legitimidad constitucional, la dimensión simbólica de lo natural-genital como garante de la monarquía, era incompatible con cualquier aspiración soberanista. Estrategia demodé en cuanto la cultura de la transición pierde fuelle y otras formas de resistencia piden paso ante la puerta entornada de la democracia.

La grieta abierta estos últimos años en la hegemonía cultural española sitúa otra vez a Asturies en ese vestíbulo siniestro que compartimos con el campesino de Kafka. Es posible que estemos en vísperas de una sacudida política similar a la que inauguró el régimen del 78. Habrá que ver si los asturianos nos quedamos de nuevo plantados, como simples espectadores, ante esa puerta abierta a un nuevo paradigma, o si nos decidimos a pegarles un empujón a los guardianes, franquear el umbral y recuperar la voz que hoy no tenemos: la voz de lo que somos.

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