Aznar desencadenado

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Vuelve el hombre. José María Aznar ha vuelto a abrir la boca. No demasiado, ya que es él de comisuras poco flexibles, pero lo suficiente para destapar alguna que otra fumarola del inframundo. Esta vez nos ha puesto en guardia contra los arcángeles, lo que tal vez explica el tufillo sulfuroso de sus emanaciones políticas. Es lo que tienen los hombres de estado, aunque sean de estado gaseoso: cada vez que estornudan, hacen mitología.

Que Aznar tenga una opinión propia sobre los arcángeles no debería preocuparnos demasiado, al menos en este su estado avanzado de putrefacción icónica. Debería habernos preocupado en el pasado, pero entonces se le veía menos entregado a las disquisiciones teológicas y más inclinado a contemporizar con cualquiera que pudiera prestarle un apoyo parlamentario o una coartada cultural para su vesania privatizadora. Yo siempre he dudado de que en el fondo Aznar comulgase con la ideología neoliberal que dice representar, aunque en el fondo (y en la superficie) dé lo mismo: Aznar vino a rematar de cabeza un pase de Carlos Solchaga, a completar y coronar una estrategia depredadora de lo público que el PSOE venía desarrollando con mano temblorosa pero infatigable, y en su condición de hombre de paja del capital se mimetizó con la función que desempeñaba y se quedó, como Han Solo en la carbonita, atrapado en su lecho de lava neoliberal.

En este inquietante desfile de espectros de la Transición con que nos están obsequiando las grandes fortunas, muy atentas ellas a curarnos la desmemoria histórica, no deja de ser sorprendente y hasta indignante la presencia de Aznar, a quien la Transición, como mucho, obligó a transitar por el centro de la calzada a pesar de su tendencia innata a inclinarse hacia la cuneta. Muerto Suárez, Felipe González puede pasear su archiconocida insolencia de un foro a otro y sin despeinarse, habida cuenta de que ya nadie se cree no tanto sus palabras sino la convicción con que las pronuncia: nunca ha tenido problemas para gestionar esa imagen de vendedor de humo que tantos beneficios electorales le proporcionó. En cambio, Aznar transmite algo que ningún otro político español ha encarnado con tanta prestancia: la displicencia. Mientras que González desprecia sin paliativos y hasta parece disfrutar insultando la inteligencia del adversario, Aznar manifiesta en su lenguaje corporal una absoluta indiferencia hacia todo lo que no sea su propia posición en el banquete de los jefes. Que le importa todo un rábano, más o menos. Salvo el pesimismo antropológico, por lo que se ve, pues no desaprovecha ocasión de amonestarnos sobre nuestra excesiva confianza en las virtudes humanas: ese deseo de ser arcángeles que Aznar considera causa única, necesaria y suficiente de la amenaza populista y bolivariana que se cierne sobre nuestro sistema moral y económico. No parece que a él, subido a su peana con esa actitud de picapleitos ensimismado, le importe mucho que el populismo bolivariano arrase con nuestras carteras y nuestra integridad territorial y desate el apocalipsis a la altura de Calatayud. De hecho, uno diría que es el otro populismo el que le inquieta, el de ese Partido Popular al que un día representó y con quien ahora se alía solo ocasionalmente, como el viejales al que recurren los del pueblo para que los tranquilice en periodos de crisis y turbación. Aznar ha vuelto, pero por la puerta pequeña y predicando nuestro infierno interior como si fuese una certeza científica. Si el patriotismo es el último refugio de los canallas (Samuel Johnson), la misantropía política lo es de los que fueron marionetas de poderes que los superaban.

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