Un diálogo transatlántico sobre política cultural

Un ritual al que me estoy acostumbrando de muy buena gana en los últimos tiempos: discutir con Fran Gayo sobre política cultural, y más concretamente sobre el modelo cultural de Podemos, un asunto en el que no puedo ser neutral pero tampoco devoto, habida cuenta de que es mucho lo que hay en juego y que tampoco es cultura todo lo que reluce. Volvemos a poner encima de la mesa los viejos significantes junto con los nuevos significados, y es justo reconocer que no sabemos, muchas veces, dónde ajustar el foco del debate cultural, y no parece que desde Buenos Aires, donde vive Fran Gayo, se vislumbre un panorama más despejado que el que se contempla desde Xixón. La Kulturkampf bien entendida empieza por uno mismo, y si bien coincido con Fran Gayo en que hay mucho de postureo en cierta reivindicación in toto de la cultura popular, también me digo a mí mismo, y se lo digo a él, que nuestras filias compartidas, y esa tendencia frankfurtiana a señalar el hiato entre El caballo de Turín y Scary Movie 4, no han funcionado demasiado bien hasta ahora, o al menos no han conseguido que El caballo de Turín se estrene en los cines de mi (nuestra) ciudad.

Uno tiende a fantasear con la idea de una cultura viva como si alguna vez la hubiera vivido. Como si la cultura no hubiese sido siempre una permanente tensión entre formas de hacer y construir y formas de legitimar y vender. Esa tensión permanente no se disuelve haciendo tabla rasa desde ninguno de los dos polos: ni reduciendo la bóveda de la Capilla Sixtina a la condición de graffiti con ínfulas, ni encorsetando la canción asturiana en el subgénero de los gorgoritos populares sin proyección estética. Surfeando sobre esa tensión hemos ido construyendo un discurso lleno de lagunas pero, por lo mismo, productivo: un discurso que alumbra bellos discursos, que diría Platón, el mismo Platón que desterraba a los poetas de su ciudad ideal y que insistía, una y otra vez, en la incapacidad de los artistas como generadores de conocimiento y muy particularmente de conocimiento político. Es muy tarde en Buenos Aires. Detengámonos en Platón unos instantes mientras mi amigo Fran hace acopio de argumentos para el contraataque.

Convenía Platón consigo mismo en que los artistas y los poetas son expertos en la adulación, lo que equivale a afirmar que son expertos en nada. Homero puede narrar con maestría un combate entre dos primeros espadas de la guerra de Troya, pero nadie recurriría a Homero como estratega, ni como instructor militar, ni como asesor de una banda de salteadores de caminos. Nos importa un rábano lo que opine Homero del arte de la guerra, igual que nos importa una hortaliza similar lo que opine George Clooney de economía política o lo que opine Antonio López sobre la reforma constitucional. Ocurre, no obstante, que la realidad no es tan platónica como debiera en ocasiones, y sabemos que el argumento ad verecundiam funciona, o al menos los publicistas lo siguen utilizando como si funcionase: Sergio Ramos nos explica lo que significa oler bien y Pedro Piqueras nos demuestra lo que es un buen cocido. Hacen bien: tienen que pagar sus facturas y hay cosas mucho peores que anunciar sopicaldos. El problema con algunos personajes de la llamada “gente de la cultura” es que, por desgracia para todos, sus facturas parecen depender demasiado de ese tipo de artes de la adulación: en los últimos tiempos hemos conocido a demasiados especialistas en formar a toque de silbato y en poner la cara y la ceja en campañas de imagen a mayor gloria del partido o de la patria. Lo cual, insisto, no es reprochable per se, pero genera, a la postre, desconfianza hacia esas personas y hacia el colectivo con el que se las identifica: ya están los de la cultura haciendo campaña otra vez.

Politizar la cultura (Fran ha vuelto, llueve en Buenos Aires, diluvia en Xixón como si fuese Buenos Aires) es algo más que sacar de paseo a los artistas cada vez que hace falta vestir de gala un discurso de baja estofa. Es algo que requiere complicidad y valentía. Complicidad entre el que escribe una canción o rueda una película y el material humano con el que se construye esa canción o esa película. Valentía para reconocer y saber mostrar que el artista, antes que artista, es ciudadano, y que su opinión no solo no pertenece a una categoría especial, sino que está sometida al mismo tipo de crítica que la opinión de cualquiera. Tenemos la fortuna de vivir rodeados de personas así y de sus canciones y sus películas, y también la desgracia, algunas veces, de que un océano entero nos separe de ellas. Lo cual no es culpa de nadie, ni siquiera de los romanos, pero sí que es una forma específica de expolio cultural.

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