Fiesta de los maniquíes

El nuevo rey ha dado su primer pregón navideño. No hay mucho que decir al respecto, salvo alabar la diligencia del personal de la Zarzuela: a juzgar por la deslucida posición del cojín izquierdo del sofá, debió de costar lo suyo echar al perro que lo ocupaba justo antes de empezar a grabar. Es solo una conjetura, como casi cualquier cosa que pudiera uno escribir sobre tan apasionante tema. La semiótica monárquica nunca ha sido mi fuerte.

No menos opaco ha sido Mariano Rajoy en su correspondiente homilía. Como buen caballero español, ha rehusado hablar de mujeres en público, ni aun tratándose de mujeres como Cristina de Borbón o Esperanza Aguirre, y de hecho casi ha rehusado hablar también de hombres, pues lo que se dice hablar, ha hablado poco y, en cuanto a decir, ha dicho menos. Y eso que esta vez tocaba en acústico, sin plasma ni gaitas, como un profesional. Nunca sabremos lo que nos estamos perdiendo por culpa de no haber sintonizado correctamente la frecuencia de voz del presidente. Podremos vivir con ello.

Podremos vivir con casi nada, de hecho, a poco que nos lo propongamos o que se lo propongan quienes manejan los hilos de estos y otros títeres. Hace un año que vivimos sin Germán Coppini, por ejemplo, y aunque sigue siendo actual aquella “Fiesta de los maniquíes” que sonaba cuando algunos teníamos treinta años menos, también sabemos que a su autor ya lo había liquidado mucho antes la propia actualidad, la restauración cultural que acompañó a la restauración borbónica. ¿Fuimos cómplices de ese silencio? En cualquier caso, no parece que tengamos muchas ganas de seguir siéndolo. Al menos, desde que Juan Carlos I abdicó o fue abdicado, no nos han brotado muchas ansias de escuchar lo que tenga que decirnos el nuevo maniquí navideño.

Hubo más de un maniquí decorando nuestros miedos a lo largo de este 2014, no solo, aunque también, los del vídeo promocional de la canción de Nacho Vegas “Actores poco memorables” que mira tú por dónde, sin comerlo ni beberlo, e insisto en el “sin beberlo”, se nos ha colado en este artículo porque tal vez tenía que ser así, porque de actores poco memorables y de maniquíes sin memoria trata todo esto de hacer balance de un año impaciente. La paciencia se la dejamos, en cambio, a quienes saben que moler piedra es oficio de gigantes o cuestión de tiempo: a muchos de nosotros nos arrastra una urgencia que no sabemos cómo vestir, acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar por la actualidad como marionetas sin seso.

Tal vez por ello nos cuesta, y mucho, aterrizar cada día en una actualidad que ya no es lo que era, que no parece dictada desde un despacho decorado como un plató de televisión o desde un plató de televisión decorado como un despacho. Tal vez por ello siempre nos costará hacernos a la idea de que, de tanto oír que nuestras vidas estaban escritas y decididas desde el mismísimo día en que se firmó la Constitución de 1978, tenemos que sacar el entusiasmo de debajo de las piedras y creérnoslo como no hemos creído en nada, o en casi nada, a cambio de recobrar lo que ni siquiera sabíamos que nos hubieran quitado. “No es lo que existe, sino lo que podría y debería existir, lo que necesita de nosotros”, escribió, en un día lúcido (no todos lo son), Cornelius Castoriadis. Puede que aún no sepamos para qué somos necesarios, ni a causa de qué, ni en qué condiciones. Pero lo que sí sabemos, con agobiante certeza, es el cuándo. Y ese cuando, maldita sea, es ahora.

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