Definición de casta

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Hay palabras que son como el psicoanálisis: funcionan aunque nadie sepa por qué. “Casta” es una de las últimas en haberse incorporado a la dialectología política prêt-à-porter, aunque no la más excelsa ni mucho menos. Sin ir más lejos, la antítesis izquierda/derecha parte de una indefinición similar y ha demostrado ser mucho más operativa.

Lo que el significante “izquierda” puede evocar en un lector o en un oyente varía según los contextos, y eso no es óbice para que cualquier análisis no demasiado exhaustivo reconozca, en su origen, un núcleo de significado formado por una amalgama de intelectualismo moral, universalismo epistemológico y elocuentes pinceladas de laicismo y antibelicismo. En otras palabras: a casi todo el mundo le extrañaría que alguien se dijese de izquierdas y defendiese, al mismo tiempo, la financiación pública de la Iglesia, o la sumisión de los ciudadanos a la figura de un monarca, o la agresión militar contra un Estado independiente. Y, no obstante, un partido político puede mantener públicamente sus pretensiones izquierdistas y, al mismo tiempo, sostener, desde el gobierno, una alianza financiera entre Iglesia y Estado, o impedir un referéndum sobre la continuidad de la monarquía, o forzar una intervención armada en otro Estado soberano.

Y eso es así porque, en el fondo, el marco cognitivo se impone sobre la definición conceptual o bien, en términos lacanianos, lo imaginario (la visualización de en qué consiste ser de izquierdas) se impone sobre lo simbólico (la delimitación conceptual de la izquierda frente a la derecha). Puesto que la potencia de ese tipo de palabras radica en el marco cognitivo que las arropa, su solvencia solo puede desmontarse sustituyendo ese marco por otro. Que es precisamente lo que ocurre cuando el término “casta” entra en escena.

Existe un discurso crítico con el uso de “casta” por parte de Podemos, y es un discurso que no solo se da fuera de Podemos. Las reticencias a incluirlo en el arsenal retórico están más que justificadas: se trata de un término equívoco y peligroso, mucho más que “izquierda”, ya que, a pesar de compartir con este una estructura agonística (la izquierda solo existe frente a la derecha, la casta solo existe frente a la “gente corriente”), no hay posibilidad real de que el político de izquierdas deje de serlo, siempre y cuando mantenga cierto orden interno en su discurso (un político de izquierdas corrupto, deshonesto o incompetente no por ello se convierte en un político de derechas, y viceversa), mientras que, a quien esgrime “casta” como arma dialéctica, le cabe la posibilidad de devenir casta a poco que su conducta se asemeje a la de aquellos contra quienes la utiliza.

Cierto: quien utilice habitualmente el término “casta” debería cobrar un plus simbólico de peligrosidad. No menos cierto es que, mientras que nadie, a priori, está dispuesto a ser de izquierdas o de derechas salvo por convicción, en cambio sería raro, extremadamente raro, que alguien se hiciera notar por un esfuerzo denodado en convertirse en algo socialmente demonizado. Sería como pegarse un tiro en el pie. O como esperar que un artículo titulado “Definición de casta” incluya, efectivamente, una definición de “casta”.

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