Fuego griego

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Al final de la Segunda Guerra Mundial, los aliados se esmeraron cuanto pudieron en desarmar a las fuerzas de la resistencia antifascista, muy especialmente a los comunistas. No dudaron en aliarse con los vencidos en aquellos países donde los movimientos populares podían constituir una seria amenaza, como Italia, Francia o Grecia. En suelo griego, y pertrechados en el Hotel Grande Bretagne de Atenas, los británicos trabajaron duro para restaurar la monarquía e instaurar un gobierno anticomunista con Yorgos Papandreu a la cabeza. En diciembre de 1944, por orden de Winston Churchill, una manifestación ciudadana fue duramente reprimida en la plaza Syntagma, frente a lo que era, en aquel entonces, el Palacio Real. Veintitrés manifestantes fueron asesinados.

Desde el año 2010, la plaza Syntagma se ha convertido en el kilómetro cero de la rebelión griega contra los planes de la Troika. Allí se suicidó en 2012 Dimitris Christoulas, un farmacéutico jubilado, símbolo a la par que víctima de un estado de cosas que forzosamente habría de cambiar so pena de catástrofe. “Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún días las armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945”, dejó escrito en una nota de despedida.

En la izquierda griega está muy arraigado el imaginario antifascista. Varias guerras civiles dan cuenta del compromiso de esa izquierda con la democracia, frente al evidente lazo que une a las derechas con los gobiernos autoritarios. La izquierda griega tiene un relato coherente, convincente y emocionante. Es un relato lineal, sin sobresaltos, que visibiliza las heridas abiertas en la sociedad griega desde la Segunda Guerra Mundial y hace suya una reclamación universal de soberanía que recogen casi todas las interpretaciones del Derecho Internacional. Asume que la lucha de clases en Grecia no ha sido clausurada ni superada en ningún momento y que el bando ganador solo ha podido serlo gracias a la injerencia militar extranjera y al secuestro de las libertades. En Grecia no hay transiciones modélicas que vender, ni virtudes dinásticas que maquillar, y el nivel de intolerancia política, que no social, hacia el cinismo y la marrullería supera todo lo que estamos acostumbrados a experimentar en las izquierdas más occidentales.

Manolis Glezos, eurodiputado de Syriza, es uno de los rostros de ese relato: con tan solo dieciocho años, en 1941, se arriesgó a quitar la esvástica de la Acrópolis, y desde entonces su compromiso político no se ha movido de esa convicción antifascista por la que fue premiado con prisión tanto por las fuerzas de ocupación alemanas e italianas como por sucesivos gobiernos hasta 1974. No es que España, Francia o Italia no puedan recurrir a un ejemplo similar, sino que las izquierdas occidentales carecen de un relato donde luchadores antifascistas como Glezos puedan representar algo más que iconos venerables pero rescatados de un tiempo olvidado y hasta ajeno.

De ahí la presencia, inquietante para muchos militantes de las izquierdas españolas, de Pablo Iglesias en el acto central de la campaña de Syriza: es Podemos quien construye un relato alternativo al de las izquierdas pactistas y las transiciones responsables, y es de hecho Podemos quien asume como un trámite insoslayable el de reconstruir esa narrativa errática y fragmentaria que le ha dado al PP la hegemonía. Pero no es Pablo Iglesias ni es Podemos la fuente de legitimidad para que el relato funcione y sea, más que un eficaz aparato de propaganda, la respuesta orgánica a una urgencia social. El narrador implícito de ese relato se llama 15M, y al igual que Syriza encontró en la plaza Syntagma de Atenas los adoquines con que construir su discurso, los de Podemos provienen de las plazas ocupadas en la primavera de 2011.

Nadie sabe en qué consistía exactamente el fuego griego, aquella mezcla inflamable con que los bizantinos achicharraban a sus enemigos. El secreto mejor guardado de la tecnología militar sigue siendo un enigma. Lo que no es ningún enigma es que el éxito previsible de Syriza responde a causas objetivas y a la honestidad de un relato coherente. Se trata otra vez de evitar que la esvástica siga ondeando en la Acrópolis. Podemos ponernos exquisitos con las simbologías, pero no es otra cosa.

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