Armón mata

Hay asesinos célebres por la crueldad de su modus operandi. Otros lo son por su elevado número de víctimas, y hay algunos que destacan por sus motivaciones, por su carácter selectivo, por su obediencia a imperativos religiosos o políticos. De todos ellos, quienes han llegado a paladear la leyenda suelen ser los que han escapado a la justicia o se han amparado en seudónimos o ambas cosas, como Jack el Destripador o el Asesino del Zodiaco.

Los estrategas no suelen figurar en los catálogos de asesinos en serie, como tampoco suelen hacerlo los grandes estadistas, los gobernantes de altura que tuvieron y tienen en sus manos el destino de poblaciones enteras. Así, salvo algún que otro caso más célebre por sus connotaciones identitarias que por su presunto carácter excepcional (léase Nerón, léase Gengis Khan, léase, y según dónde, Hernán Cortés), la historia no trata igual a los asesinos del Zodiaco que a los de la Biblia o el Corán, por muchos muertos que estos lleven a cuestas. Con todo, repugna menos ese silencio que el que campa por sus fueros cuando uno se pregunta por las llamadas bajas colaterales: las víctimas no de un bombardeo sino de una decisión desafortunada, poco meditada o simplemente criminal.

Uno supone que no hay voluntad homicida en el simple acto de permutar unos terrenos (aunque eso suponga retrasar la construcción de un hospital), en la abúlica decisión de reducir una partida presupuestaria para paliar el déficit contable (aunque eso suponga privar de ayudas sociales a quienes las necesitan), en la defensa ex cátedra del neoliberalismo (aunque eso suponga legitimar prácticas depredadoras en tu ciudad o en tu barrio). Seguramente la alcaldesa de turno, el consejero en cuestión o la hipotética profesora de economía política no ignoran que sus decisiones pueden contribuir a engendrar dramas sociales y personales, pero es más que plausible que no se consideren, en el fondo, responsables de la extinción de una sola vida humana.

La venta de Juliana Constructora a la empresa naviega Armón se nos anunció como un chollo sin paliativos: se racionalizaban unos astilleros deficitarios y se ponían en manos de una empresa ejemplar, modélica, que crearía puestos de trabajo por ciencia infusa. La bahía de Xixón dejaría de ser zona de guerra, las molestas barricadas desaparecerían de las calles del Natahoyo, y en breve comprenderíamos que una privatización a tiempo es el mejor remedio contra el desempleo, contra las bajas laborales y hasta contra la malaria. Mala fortuna: lo que los trabajadores de Armón denuncian, en cambio, desde que Armón se hizo con el único astillero que queda en la ciudad, es una degradación nada paulatina de sus condiciones laborales y de seguridad, chanchullos que la cultura sindical de los astilleros de Xixón ya había casi eliminado del paisaje, y un escenario de presiones y amenazas de esas que no pueden salir, ni salen, gratis: los tres muertos que Armón lleva en su haber no son fruto de ningún accidente inexplicable.

La lejanía atenúa la culpa, o la hace impronunciable. En el peor de los casos, se culpará al destino, a la codicia humana, a una naturaleza inmutable. Nadie pedirá cuentas a quienes contribuyeron con su voto o su informe de viabilidad, con su modelo urbanístico o su agenda de contactos: gente que duerme tranquila en todas las ocasiones.

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