Deseo de ser Steve McQueen

En 1963 John Sturges creó una galería de personajes memorables y la tituló La gran evasión. Cierto que es una de esas películas con las que ningún hipster quiere que le identifiquen, pero no es esa la única de sus virtudes: La gran evasión es un tratado en imágenes sobre el funcionamiento de las organizaciones políticas y, además, contiene unas cuantas observaciones certeras sobre militarismo y homoerotismo del estilo de aquellas que Platòn puso en el Banquete hace más de dos mil años: que “si hubiera algún medio de que llegara a existir una ciudad o un ejército compuesto de amantes y de amados, de ningún modo podrían administrar mejor su patria que absteniéndose, como harían, de toda acción deshonrosa y emulándose mutuamente en el honor. Y si hombres tales combatieran en mutua compañía, por pocos que fueran, vencerían, por decirlo así, a todos los hombres, ya que el amante soportaría peor sin duda ser visto por su amado abandonando su puesto o arrojando sus armas que serlo por todos los demás, y antes que esto preferiría mil veces la muerte”. Solo tres prisioneros consiguen escapar del campo de concentración donde transcurre la mayor parte del filme y, de esos tres, dos forman claramente una pareja y se ganan su libertad a fuerza de apoyarse mutuamente. Uno de ellos, Danny Velinski (Charles Bronson), es un polaco especialista en excavar túneles. No parece casual que también Charles Bronson fuese minero antes de ser actor, pero lo relevante es que, a pesar de su condición de “cavador”, Danny padece claustrofobia. Retengamos este dato antes de dar un rodeo.

La tensión dramática que hace de La gran evasión algo más que un previsible relato propagandístico no es el enfrentamiento entre los prisioneros del campo y sus carceleros alemanes, sino el conflicto interno entre los prisioneros británicos y los americanos, a pesar de que estos últimos solo son tres (y, de ellos, solo dos tienen un papel destacado en el filme). Los británicos actúan como una organización perfectamente jerarquizada, con su disciplina y su reparto de funciones: un bloque sin fisuras donde todos tienen claro quién toma las decisiones y quién las acata ciegamente, aceptando no tanto la fuerza de los galones como la legitimidad del talento organizador de un tal “Gran X” (Richard Attenborough) que ha dirigido con éxito varias fugas y a quien la Gestapo se la tiene jurada. Los americanos, en cambio, hacen sus cábalas desde un individualismo muy poco marcial y bastante desafiante: Virgil Hilts (Steve McQueen) tiene sus propios planes de fuga y no se somete a los dictados del Gran X, mientras que el lacónico Hendley (James Garner), disciplinado y colaborador en todo momento, es quien finalmente desobedece al líder sin cortarse y carga con la responsabilidad de ayudar a un prisionero ciego a quien el Gran X había eliminado del proyecto de evasión. Es sabido que los dos americanos sobreviven, aunque les hacen de nuevo prisioneros (el tercero no había conseguido llegar a fugarse), mientras que el Gran X y cuarenta y nueve británicos más son ametrallados por la Gestapo. Solo Danny y su amigo, más un australiano un tanto inquietante, consiguen salir de Alemania.

Cuando se observa el funcionamiento de un colectivo, suelen ser más interesantes las heterodoxias individuales que las pautas de comportamiento asumidas por la mayoría: revelan los fallos del sistema y dan las claves de cómo mejorar este sin hacerlo fracasar. Cuando Danny decide no fugarse con sus compañeros, por temor a que un ataque de pánico le haga poner en peligro la operación, formula esa decisión con estas o parecidas palabras: “Yo he cavado ese túnel y yo decido si fugarme por él o no”. Cuando el Gran X le explica a Hendley que llevarse al ciego con ellos les pondría a todos en peligro, la respuesta de Hendley es igual de lapidaria: “Es a usted a quien busca la Gestapo, así que usted es el mayor de los riesgos, y nadie le dice que no pueda fugarse”. En los dos casos la misma exigencia democrática: es el comportamiento del individuo lo que otorga legitimidad a sus actos frente al grupo, no es el grupo ni son sus dirigentes los que distribuyen legitimidades entre sus miembros. Ninguna organización formalmente democrática lo será de hecho mientras no asuma que su voz es la suma de las voces particulares de individuos particulares. Para no asumirlo así ya estaban los nazis, que para algo eran los malos de esta película.

Se comprende que la mayoría de los espectadores quieran ser Virgil Hilts y no el Gran X: por algo es Steve McQueen quien hace ese papel. Lo que ya no se comprende tanto es por qué, siendo así, a casi nadie le parece un buen plan de vida pasarse meses enteros en una celda de aislamiento jugando con una pelota de béisbol. Es más cómodo hacer de Gran X, lo mires por donde lo mires. Hasta los costaleros que estos días ejecutan su particular plan (imaginario) de evasión (de la realidad) tienen claro que antes se cambiarían por Poncio Pilatos que por Jesucristo. Lo de sacar a pasear al Ecce Homo más parece una amenaza que un homenaje. No es de extrañar que tantos disidentes del cristianismo hayan sido expertos cavadores que decidieron, legítimamente, no fugarse junto con el resto.

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