Química popular

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Nunca sabe uno cuánta suerte tiene hasta que un golpe de suerte se lo recuerda. Hace poco volvimos a asombrarnos colectivamente al descubrir que vivimos en una sociedad culta y madura, de esas que valoran los saberes inútiles y veneran a señores con pelucas rizadas. Claro que no habría sido así si no llega a ser por Belén Esteban, pero hasta los sabios más sabios necesitan elevarse a hombros de gigantes. Subidos a los hombros de Belén Esteban pudimos hacer burla de ella y celebrar que sabemos más de lo que dicen los informes PISA. Entre otras cosas, todos sabemos que Joseph Priestley descubrió el oxígeno en 1774, aunque no escasean los partidarios de Lavoisier.

Hemos sido injustos con esa mujer y ya va siendo hora de que lo reconozcamos. Después de todo, las declaraciones que se le atribuyen, y que tienen toda la pinta de ser apócrifas (“Si el oxígeno fue descubierto en 1773, ¿qué respiraba la gente antes?”, leemos en Twitter), no desentonan con la formación recibida no solo por ella sino por generaciones enteras a las que se ha hecho creer, entre otras cosas, que el descubrimiento de América fue lo mismo que su invención: que América fue traída a la existencia (empezó a ser real en términos históricos) solo cuando Colón la trajo a nuestra presencia. ¿Por qué iba a ser diferente con el oxígeno? Por lo demás, no hay gran cosa de la que asombrarse, teniendo en cuenta que una holgada mayoría de estudiantes de secundaria no cree en la existencia del vacío ni en los números irracionales.

Sea cierto o no que Belén Esteban dijo tal cosa, lo que aquí es relevante es que nos parece creíble que lo haya dicho, igual que nos parece verosímil que, como afirmó un “estudio” realizado hace unos años, “si Belén Esteban se presentara a las elecciones, sería la tercera fuerza política”. Tanto en un caso como en el otro, las reacciones víricas han sido homogéneas, del estilo de “tenemos lo que nos merecemos”, “este es el nivel de España”, “estamos en manos de la chusma” y lindezas similares. No es frecuente preguntarse qué tendría de horrible que Belén Esteban fuese diputada o presidiera un gobierno, o tratar de averiguar por qué tantos millones de personas estarían dispuestas a votar a una mujer a la que unánimemente se considera analfabeta funcional, zafia y ordinaria en grado extraordinario. Las actitudes más extendidas parecen seguir el patrón que analizó Owen Jones respecto a la clase trabajadora británica y a los llamados “chavs”: no es muy aventurado pensar que, cuando se hace escarnio de Belén Esteban, o de los seguidores de “Mujeres, hombres y viceversa”, lo que se consigue, y tal vez también lo que se persigue, es humillar a toda una clase social. Tal vez por eso, recíprocamente, no debería sorprendernos que una hipotética Belén Esteban candidata obtuviera el respaldo de millones de votantes: ¿o hay menos razones para votarla a ella que para votar a un niñato cualquiera de los que con frecuencia encabezan las listas de la mayoría de los partidos?

La mayoría de quienes hemos crecido en familias de clase trabajadora no hemos tenido nunca vecinos, familiares ni compañeros de colegio que acabaran siendo diputados o ministros. Votar, muchas veces, es un acto de fe, y eso es algo que hace volar la imaginación hasta alturas galácticas: uno cree que “los políticos” son gente que, al contrario que uno mismo y que Belén Esteban, sí sabe cuándo se descubrió el oxígeno. Es asombroso que tantos adolescentes crean que para “ser político” hace falta tener unos estudios superiores y que sigan sin creerte cuando les das pruebas de que no es así. Asombroso, pero normal: si fuese verdad que cualquiera puede ser ejercer esa función, Belén Esteban, o alguien como ella, sería diputada, ministra o presidenta del FMI. Aunque a muchos les espante esa posibilidad, sería un gran avance: implicaría que por fin se ha empezado a romper esa barrera invisible que, no nos engañemos, es una barrera de clase, no una frontera intelectual. Y no nos iría peor de lo que nos ha ido confiando en los hijos de Bruto.

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