Las razones de Monedero

La dimisión de Juan Carlos Monedero es importante por varias razones, pero no menos importantes son las razones por las cuales no es importante. No es importante por las consecuencias que vaya a tener para Podemos, en el sentido de que Podemos puede perfectamente pasarse sin Monedero, por crucial que haya sido el papel de este en la fundación y el desarrollo del partido. Tampoco es importante por las consecuencias que vaya a tener para el propio Monedero, cuya trayectoria personal y profesional puede arreglárselas de sobra sin ninguna de las responsabilidades orgánicas que hasta ahora detentaba. Y no tiene mucha importancia desde el punto de vista de los perjuicios que pudiera ocasionar a las expectativas electorales de Podemos, pues se trata de una dimisión fácilmente amortizable y que, por otra parte, vuelve a poner a Podemos en el foco de la noticia.

La dimisión de Juan Carlos Monedero es importante por sus propias razones, tanto las que argumentan públicamente esa decisión como las que motivan que Pablo Iglesias se la acepte. Ambas son razones importantes porque forman parte del relato que Podemos ha venido construyendo desde su fundación y porque contribuyen a que, hoy por hoy, Podemos sea el único partido con un relato sólido frente a la sordidez de la política española (lo cual no quiere decir que ese relato sea absolutamente convincente ni que se pueda dar por sentado que esa potencia narrativa se vaya a traducir en un éxito electoral inminente: digamos que el primero es condición necesaria pero no suficiente del segundo). Podría parecer que ambas razones son la misma, pero nos equivocaríamos de medio a medio: las razones de Monedero se resumen en una, a saber, un difuso y sonoro malestar producido por las urgencias de la Realpolitik y expresado en términos demasiado esencialistas para mi gusto pero no poco convincentes (la necesidad de no perder de vista el germen quincemayista del que brotó Podemos); las razones de Iglesias se resumen, también, en una sola: la decisión de facilitarle a Monedero una libertad intelectual que, por lo visto, las estructuras internas de un partido no solo no permiten, sino que coartan.

Son razones diferentes por cuanto las dos operan con el mismo eje de oposiciones pero invirtiéndolo, lo que las hace difícilmente complementarias. Tanto Monedero como Iglesias tratan de apropiarse de la sencillez frente a la sofisticación: así Monedero, huyendo de las complejidades y servidumbres protocolarias (y no solo protocolarias) del asalto a las instituciones y reivindicando la llaneza y la horizontalidad de los círculos; así también Iglesias, asignándole a Monedero un papel de intelectual libérrimo y sofisticado frente a la sencillez casi irracional de la política del día a día. Dicho sea de paso, esta última ha caído en un género de argumentación bastante desafortunado, por decirlo suavemente: resuena en ella una letanía muy poco atractiva, el motivo musical que interpretaba, por ejemplo, Ramiro Ledesma Ramos: “La política no es actividad propia de intelectuales, sino de hombres de acción”. Pero hay que reconocer que, combinadas, ambas razones desmontan el esquema bipolar en el que los medios intentan últimamente reconducir el relato de Podemos: ni cúpula frente a bases ni profesores frente a alumnos, ahora la matriz tiene cuatro entradas y no es fácil identificar a la cúpula con los profesores puesto que uno de estos (Monedero) se ha alineado con las bases y otro (Iglesias) se ha arrogado la condición de alumno.

Otra cosa es el espectáculo indecente que la mayor parte de los medios han dado, una vez más, al tratar de convertir la noticia en metralla electoral. Es difícil dudar de que el continuum 15M-Podemos vaya a entrar en la historia, sea cual sea su desenlace, pero no es menos cierto que en ese relato futuro habrá que dedicar bastantes páginas a la bochornosa actitud de la prensa. Siempre hay alguien que tiene que hacer el papel de siervo agradecido, igual que otros hacen de villanos intempestivos o de bufones de campo y playa, pero pocas veces los tres papeles se funden en uno solo de forma tan grotesca.

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