¿Por qué votamos lo que votamos?

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Hace veinte años, cuando el Partido Popular ganó las elecciones en Asturies, coincidí en Turón con un interventor del PSOE visiblemente indignado. No entendía qué estaba pasando, por qué, según sus palabras, los obreros votaban a la derecha. Todo un clásico del felipismo, aquel hombre: su partido había firmado la sentencia de muerte de la minería asturiana, pero todavía no comprendía por qué los mineros y sus familias no aplaudían hasta despellejarse las palmas de las manos.

Varios años más tarde, un 14 de marzo de 2004, en otro colegio electoral, muy lejos de Turón, pude oír a un interventor del PP maldecir a ETA y a los sinvergüenzas que, como yo mismo, no se creían la versión oficial sobre los atentados del 11-M. Una conjura internacional había sembrado Madrid de cadáveres con la única finalidad de que el PP perdiera las elecciones. Como yo soy muy de primeras impresiones, me creí su indignación igual que me había creído la de aquel socialista turonés. Eran indignaciones gemelas: lo que uno siente cuando la mayoría le lleva la contraria, una mayoría a la que uno se imagina inmadura, alienada, manipulada o sencillamente imbécil.

Hace cuatro años, lo que aún no se llamaba 15-M rebosaba las plazas de las ciudades y las redes sociales, exhibiendo un rechazo frontal hacia la partitocracia española. El “no nos representan” lo coreaban hasta los niños, y estoy seguro de que era completamente cierto que no nos representaban. Varios meses después, Mariano Rajoy ganaba las elecciones con una mayoría absoluta digna de mejor causa, y entre los simpatizantes del PSOE comenzaba a circular la especie de que aquel resultado había sido obra del 15-M y este, a su vez, de alguna oscura trama que algún día saldría a la luz.

Todo el mundo cree saberlo todo sobre las motivaciones de sus vecinos, y las motivaciones que dirigen el voto no son una excepción. Desde los hacedores de encuestas hasta los consumidores de telerrealidad, no hay nadie que albergue la menor duda sobre los porqués y los cómos de nuestras elecciones políticas. El grado de dogmatismo de esas explicaciones es directamente proporcional al grado de simpatía por un partido, y no importa si este último pertenece al selecto club del bipartidismo asimétrico o al no menos selecto de los eternos aspirantes. De hecho, a juzgar por la displicencia que se gastan últimamente Cayo Lara y Rosa Díez, uno se sentiría autorizado a afirmar que el dogmatismo es tanto mayor cuanto menores son las expectativas de éxito, pero la verdad es que también en el PP y el PSOE se percibe a la legua que adoran las explicaciones unidimensionales y despectivas.

Las campañas electorales son una auténtica prueba de fuego para los modelos de pensamiento pluralistas. La efusividad demoscópica no ayuda a desterrar los relatos lineales donde uno es el héroe y todos los demás un hatajo de acémilas. La realidad suele imponerse cuando se hace público el escrutinio, pero pocas veces se impone también la necesidad de revisar ese relato de campaña que es en parte responsable de los malos (y también de los buenos) resultados: lo habitual es que uno se obstine en el error y que continúe despreciando a quienes pensaron de forma diferente.

En el fondo, no es la adhesión a unas siglas o a un programa lo que activa en nuestro cerebro la decisión de emitir un voto u otro. Tiene más peso el rechazo hacia otras siglas u otros programas. En casi todas las elecciones gana el mismo candidato: el miedo. El miedo a esta o aquella alternativa, no la confianza en la opción que uno defiende. Ocurre, no obstante, que el miedo es un poso de emociones que sedimenta de forma diferente en cada individuo, alimentándose de nuestra biografía. No es probable que una campaña electoral sacuda todos esos temores por igual, pero es un hecho que casi todas lo intentan, en mayor o menor medida. El propio calendario electoral parece diseñado para que el miedo se exprese sin coacciones: nada mejor que una presunta jornada de reflexión para que la razón política se diluya y afloren esos condicionantes prepolíticos que el domingo decidirán quién se va y quién se queda.

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