La centralidad del tablero explicada a un socialista

Lo confieso, la primera vez que oí a Pablo Iglesias hablar de “ocupar la centralidad del tablero”, se me escapó la risa. Me acordé de una escena de Vaselina roja, la película en que Nanni Moretti interpreta a un político comunista que pierde la memoria y trata de recobrarla durante un partido de waterpolo. En cierto momento del partido, alguien le grita: “¡Al centro! ¡Al centro!”, y Moretti, espantado, replica: “¡Al centro no, que me da miedo!”.

Como buen aficionado a los símiles deportivos, Iglesias debería haber dicho “centro” en lugar de “centralidad”. Que no lo hiciera es fácil de entender: “centro”, en política, es una categoría bien definida, que acota el debate sin posibilidad de desbordar el marco de discusión. Es imposible separar “centro” de “moderación” o “clases medias”, y desde luego no es por ahí por donde van los tiros. Sabedor de que nadie iba a preguntarle acerca del tablero, Iglesias optó por “centralidad”. Pero como si nada: los reproches, sinceros o simulados, arreciaron cargados de alusiones a la moderación y a las clases medias.

Iglesias explicó así en qué consiste esa centralidad: “un proyecto económico redistributivo frente al dogmatismo de la austeridad”. Me quedo, no obstante, con la traducción que hace César Rendueles, bien que sin hablar de centralidad alguna: “una unidad popular desde la que recuperar la soberanía política que nos ha arrebatado el mercado”. De modo que no se trata de convencer a las clases medias de que sean generosas con sus impuestos a cambio de opciones a codearse con las clases altas (programa que el PSOE aplicó durante años con resultados más que notables): se trata de desplazar el debate político a un terreno limpio de dogmas pseudocientíficos como el de que premiar fiscalmente a las grandes fortunas crea empleo de forma automática.

Todo esto, naturalmente, el PSOE no puede aceptarlo. No solo porque implicaría un reconocimiento explícito de su papel activo en el expolio de las clases populares a través de las políticas de austeridad, sino porque tendría también que vérselas con sus principales accionistas, que son quienes pagan la gran fiesta de la democracia. Por eso al PSOE le beneficia el ascenso de Ciudadanos: porque le permite desplazar el debate otra vez a las coordenadas de izquierda y derecha, asumiendo un cierto barniz regeneracionista común y marcando diferencias en cuanto a derechos y solidaridades. Y por eso funciona la estrategia comunicativa de asimilar a Ciudadanos con el PP, mientras que al PP no le está funcionando la de asimilar a Podemos con el PSOE.

El actual panorama post electoral es la ocasión propicia para comprobar si la estrategia del PSOE tendrá éxito o se hundirá con todo lo demás. Así se explican esas ansias por dejar en evidencia a Podemos como propiciador de gobiernos “de derechas”. Y así se explica, también, el renovado ímpetu antipodemista de ciertos sectores de la izquierda clásica que hace un año, después de las elecciones europeas, parecían haber enloquecido de amor por Pablo Iglesias. Se diría que, una vez que Rubalcaba y sus intendentes han pasado a un segundo plano, el PSOE habría recobrado su punch izquierdista (me quedaría sin comillas en esta frase). Podemos sería la escalera de Wittgenstein y ya podríamos tirarla después de haber subido unos cuantos peldaños de regeneración democrática. Claro que, después de vender ese discurso, van y votan a favor de los tribunales de arbitraje del TTIP. Mucho me temo (y aquí no me hacen falta comillas) que el nuevo socialismo tiene tanto de nuevo como de socialismo.

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