Lacrimosa

Estándar

Es justo lo que decía Spinoza, que aquellos que dicen “que tal o cual acción del cuerpo proviene del alma, por tener esta imperio sobre el cuerpo, no saben lo que se dicen, y no hacen sino confesar, con palabras especiosas, su ignorancia”. Algo así nos pasa a todos cuando confiamos en la racionalidad política: nos volvemos devotos del alma racional y nos entregamos sin cautela a sus dictados, como si uno pudiera decidir desapasionadamente así sin más, solo con desearlo, o solo con decirlo. Cuanto más decimos resolver racionalmente, cuanto más posponemos el lenguaje de las pasiones, más son estas las que acaban llevando la voz cantante, hasta que esta deja de cantar y se pone directamente a gritar o a ladrar. Solo ante las grandes tragedias se nos hace patente el enorme peso de las pasiones en política, pero parece, en cambio, que ante las simples decepciones despreciamos esa variable cuando debería atraer toda nuestra atención.

Las pasiones, cierto, tienen mala prensa con razón. Pero la tienen por culpa de las pasiones sin razón. Y por culpa, también, de que rara vez conseguimos desembarazarnos del platonismo-paulinismo, merced al cual, en cuanto vemos una pasión, gritamos “¡bicho!”, como si ahí no hubiese nada racional que rascar. Algunos estoicos lo vieron de otro modo, desdibujando la frontera artificiosa entre las pasiones y los juicios. También Freud, a su manera. El star system político no suele llegar a tanto: se concede más crédito a quien se aferra a un papel poniendo cara de estreñimiento que a quien se alegra o se entristece leyendo ese papel y haciendo públicas la alegría y la tristeza. Es el primero de esos dos personajes quien olvida que la política es el arte de gestionar el poder (quedándoselo para uno mismo o repartiéndolo con quien uno quiere) y que en esa gestión las pasiones sí son buenas consejeras. Uno tiene que saber indignarse ante el hecho concreto, específico, de que a un enfermo se le prive del tratamiento médico que precisa, y si solo ve en ese hecho una ilustración, un ejemplo de algo que racionalmente debiera enderezarse para que la realidad se vuelva un poco más racional, el problema no es solo suyo, sino también de todos aquellos que confiaron en él (o en ella) para que gestionase sabiamente el poder. Uno tiene que saber alegrarse o entristecerse con las decisiones propias tanto como con las ajenas. De nuevo Spinoza: la alegría es el paso del alma a una mayor perfección: “no nos esforzamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque juzgamos que es bueno, sino que, por el contrario, juzgamos que algo es bueno, porque nos esforzamos por ello, lo queremos, apetecemos y deseamos”.

Deberíamos fiarnos más de las pasiones. Y aceptar que, cuando uno se empeña tanto en seguir los dictados de la razón pero lo hace con el ánimo encogido, entristeciéndose cada día más y sin conseguir que los buenos argumentos le alegren el día, tal vez sea porque en el fondo intuye que ese camino no conduce a una mayor perfección sino en sentido contrario. Y aunque también intuya que parte de ese desánimo es fruto de la intoxicación ambiental, del llamado “ruido mediático” (como si a estas alturas del siglo hubiera diferencia entre ese ruido y cualquier otro) o de las plañideras incombustibles del “qué hay de lo mío”, también es cierto que de poco han servido las razones frente a tan débiles adversarios. Y que otro gallo nos estaría cantando si hubiéramos dejado a las pasiones hacer un par de barbaridades cuando correspondía.

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