Pactar pegados

El pasado 25 de mayo se abrió la veda para cazar pactos. Y apareció en escena un personaje melifluo como una canción de Sergio Dalma y tan dado a los disfraces que podemos encontrárnoslo con diferentes rostros y apellidos en cada comunidad autónoma, por no decir también en cada ayuntamiento. Se trata del arúspice post electoral, un técnico sin formación específica pero sobradamente cualificado para leer en los resultados electorales los deseos más inconfesables de los votantes. El arúspice post electoral sabe, no solo sospecha, qué querrían las gentes que votaron a Podemos, a IU o al PSOE en el caso de que su partido no ganara las elecciones o las ganara sin chulería absoluta. Si hay que creerle, está claro que todos y cada uno de esos votantes votaron pacto.

A nuestro arúspice post electoral le asoman un par de tics poco confiables. Para empezar, le da igual que Podemos no se presentara a las elecciones municipales: es de los que no confía en las palabras, sobre todo si algunas de esas palabras son “unidad” y “popular”. Las candidaturas de unidad popular, que constituyeron el gran hecho diferencial de estos comicios, son, para él, un simple disfraz de Podemos. Eso no le impide utilizar los resultados para declarar solemnemente que Podemos ha quedado por debajo de esas candidaturas tan (ahora sí) abiertas, participativas y horizontales. Pero, por lo demás, para él (o para ella), Carmena y Colau son Podemos o deberían serlo. A nuestro ojeador de tendencias se le nota a la legua que no cree que la política venga de París, sino de un trato carnal tirando a sórdido y no demasiado consentido.

El segundo tic tiene relación con el primero: el arúspice post electoral derrocha responsabilidad. Se le sale la responsabilidad por los poros. “Ética de la responsabilidad” es uno de sus sintagmas preferidos, junto con los no tan weberianos “predicar y dar trigo”, “mancharse las manos” y “pasar de las musas al teatro”. En su vocabulario abundan las palabras “responsable”, “madurez”, “virginidad” y “consenso”, y en esa nube de etiquetas nos movemos desde el día 25. Los nuevos actores electorales (en su jerga, Podemos) deberían mostrar madurez, altura de miras y capacidad de diálogo, renunciando a convicciones que están muy bien sobre el papel pero que son simple lastre cuando se trata de gobernar algo, sea un país, un municipio o una relación de pareja. Aclaremos esto último porque es lo que verdaderamente importa.

El arúspice post electoral se ha montado su análisis sobre una lectura un tanto sesgada de “Orgullo y Prejuicio”. En la novela de Jane Austen, Lizzy Bennett, también conocida como “los nuevos actores electorales” (y a la que llamaremos “Podemos” en la intimidad de la alcoba), se pasaba varios cientos de páginas amando y aborreciendo por igual al señor Darcy (a.k.a. PSOE), el cual, a su vez, hipaba de gusto cada vez que la veía pero hacía todo lo posible por no darse por hipado, toda vez que la muchacha pertenecía a un círculo social muy por debajo del suyo. La novela no revela otra cosa que los pormenores y los disimulos de una larga negociación cuyo resultado es una boda fastuosa por la cual Lizzy Bennett deviene señora de Pemberley a cambio de renunciar a su virginidad y a sus prejuicios intelectuales. No sabemos qué obtiene el señor Darcy a cambio de contaminar su estirpe con sangre plebeya, pero es de suponer que, al menos, le cabe la satisfacción de haber cazado a tan codiciada presa y haberle recordado que también ella, por debajo de las muselinas y los bordados, está hecha de carne y fluidos.

Nuestro estimado arúspice comparte los prejuicios del señor Darcy y, ante las dudas de Lizzy, solo encuentra dos explicaciones: o bien la muchacha es una mojigata de tomo y lomo, o bien tiene la cabeza llena de pájaros, y de ambas tonterías puede curarla el PSOE, iniciándola en el sexo adulto y en el arte de ser una mujer responsable. Ni se le pasa por la imaginación que a Lizzy no la atraiga en absoluto una vigorosa polla heteropatriarcal. Al bipartidismo aún le quedan un par de estaciones para superar la misoginia romántica.

[Artículo publicado en Diagonal, 12 de junio de 2015.]

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