La lengua privada de las primarias

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Logonio fue becario de cámara, adjunto de un mandarín, hacia el año 1.506.325. Pero “un día se rajó los calzones, y en nombre de la Lógica, se cagó delante de los mandarines, al tiempo que decía: Os devuelvo la manutención, porque mi condición me exige razonar”.

Miguel Espinosa, Escuela de mandarines

fairfaxEn la retórica antigua, parresía era la actitud de quien hablaba sin tapujos, con sinceridad, sin afeites ni trucos persuasivos pero también, hasta cierto punto, sin necesidad, impulsado por un puro y desnudo sentido del deber de ser sincero, hirientemente sincero si hacía falta. De este modo, el parrhesiastés no solo dice lo que cree verdadero, sino que también lo dice aunque nadie más que él tenga necesidad de escucharlo. Lo que viene siendo tuitear cualquier memez sin pensar en las consecuencias.

Hay un cierto adanismo de izquierdas que tiende, de siempre, a la parresía, pero su capacidad de influencia ha sido históricamente muy limitada. Hasta que llegó Internet y, sobre todo, Facebook. Pasar tanto tiempo en las redes sociales nos ha convertido en esclavos de la parresía y ya nada será lo mismo: por insignificante que sea la opinión de uno, el mero hecho de callársela contraviene la etiqueta. Ha pasado a un segundo plano el requisito de que una opinión sea útil o necesaria o de que convenga callársela en aras de un bien mayor.

Ese sentido de la etiqueta me trae absolutamente sin cuidado: estoy convencido de que muchas veces es no solo conveniente sino también necesario quedarse callado. Y actuar conforme a esa convicción me ha puesto últimamente en situaciones no exactamente embarazosas pero tampoco del todo agradables. Así, desde que anuncié (o algo parecido) que me implicaba (o algo parecido) en el proyecto Podemos, no solo he sentido la necesidad de justificarme ante personas que ni comparten mi interés ni le desean la menor fortuna a este artefacto, sino que también se me ha exigido, sin que yo haya hecho mucho caso, que me posicione en polémicas internas. Las veces que lo he hecho, ha sido porque yo he querido. Cuantas veces no quise, tuve una buena razón para ello. Y si en su momento no me pareció procedente argumentar por qué el carácter escandalosamente centralista de la organización no me parecía una causa suficientemente poderosa para renegar de ella, no voy a volver ahora sobre mis pasos y exponer aquí unas razones que siguen siendo vigentes pero que ya ha pasado la hora de explicar.

Con “centralismo” me refiero no solo a la (por decirlo con suavidad) ambigüedad con que en Podemos se tratan las diferencias territoriales sino también al control que el equipo de Pablo Iglesias mantiene sobre las cuestiones organizativas. Es un doble centralismo que me parece francamente estúpido, en el sentido etimológico del término: fruto de la estupefacción ante problemas sobre los que no se ha reflexionado adecuadamente; pero estoy convencido, o lo estaba hasta hace muy poco, de que tratar de corregirlo no hacía al caso: Podemos no habría sido más eficaz si Pablo Iglesias hubiera sido derrotado en Vistalegre, y probablemente lo habría sido menos. Por supuesto, uno tenía en cuenta las expectativas de éxito de Podemos, así como la necesidad de culminar un proceso constituyente y evitar un cerrojo reformista sobre las convulsiones sociales de estos últimos años. Digamos que mi elección, en cada caso, se atenía al más puro razonamiento instrumental: todo lo que convenga al desborde ciudadano es aceptable, siempre que no crucemos ciertas líneas rojas o principios éticos que, por pereza, y porque aún no se han traspasado, no voy a exponer ahora aquí. Cierto que, aplicando un cálculo de tipo valorativo, esto es, con la mirada puesta en el tipo de sociedad en que me gustaría vivir y ver crecer a mi hija, Podemos estaría muy lejos de despertar en mí una adhesión entusiasta, pero sostengo la hipótesis de que esta es la mejor herramienta para desbloquear la posibilidad de que el futuro de esa sociedad me guste un poco.

De ahí que, en ocasiones, ciertas meteduras de pata, ciertas desmesuras, ciertas tonterías y más de una aberración estética e incluso política me hayan encontrado dispuesto a morderme la lengua, a pesar de la presión de mi parrhesiastés interior y también de los parrhesiastái que me rodean. Como mucho, ante ciertos dilemas he optado por inhibirme y, cuando he manifestado discrepancias, he procurado vaciar la bañera sin tirar al niño junto con el agua sucia.

Que toda esa prudencia me importe ahora un carajo no se debe, por tanto, a que haya cambiado de criterio. Dicho de otro modo: tanto el sistema de primarias como el modo en que Pablo Iglesias y su equipo se están conduciendo al respecto, no solo es algo que me parezca censurable desde parámetros normativos, sino también instrumentales: es un sistema que debilita la herramienta Podemos, reduce su eficacia y pone en sordina todo el efecto multiplicador de las mareas ciudadanas que se han expresado políticamente en las últimas elecciones municipales y autonómicas.

A finales del siglo XIX, Johann Martin Schleyer se inventó una lengua universal, susceptible de ser usada por todos los habitantes del planeta. Ese idioma, llamado volapük, era universal porque él lo decía, no porque lo hablara todo el mundo, pero esas eran al menos sus intenciones: que el volapük sustituyera a las lenguas nacionales, englobando a todas las culturas en un único sistema de comunicación. La empresa era ambiciosa, pero si se frustró antes de tiempo no fue por lo imponente (o por lo absurdo) del objetivo que se trataba de conseguir, sino por la tozudez de su creador: Schleyer se empeñó en que el volapük, al ser creación suya, no podía ser modificado bajo ningún concepto. Cualquiera habría podido decirle que un idioma que aspira a ser universal tendría que poder plegarse a la voluntad de millones de hablantes potenciales (y reales, si los hubiera), pero Schleyer no quiso escuchar. La mayor parte de sus frustrados seguidores decidió apostar por su más flexible competidor. Así nació el esperanto.

Pensemos un poco en el esperanto, Pablo. Puede que mañana sea tarde.

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