Elogio de la modernez

Se ha opinado mucho sobre el nuevo logo del PP, y es lógico: no es mucho lo que el Partido Popular está produciendo en términos de innovación política, así que, si sus muchachos se curran una nueva imagen corporativa, eso es algo que hay que celebrar con el debido boato: ya nadie podrá decir que no saben hacer una o con un canuto, ahora que han conseguido hacer dos pes con un Adobe Illustrator. Para que luego digan que el nacional-liberalismo es pura filfa.

De todo lo que se ha dicho sobre el logo de marras, la observación más brillante se la hemos oído a Javier Maroto, vicesecretario sectorial del PP. “El logo recuerda a cosas modernas”, ha dicho. Esto sí que es sabiduría gnómica: hay que cruzar a Heráclito con Lichtenberg para parir semejante traca aforística. No lo he comprobado, pero me suena que algunos dirigentes del PP leen de vez en cuando, y no descarto que la mayoría de ellos sepa qué es un oxímoron, de modo que, si Maroto se arriesga a combinar el adjetivo “moderno” con el verbo “recordar”, doy por sentado que sabe lo que está haciendo y que algún sentido más allá del despiste tendrá esa elección semántica, puesto que, de no ser así, alguien podría responderle que, por regla general, lo que uno recuerda es lo viejo o lo antiguo, no precisamente lo que aún es moderno o actual y por tanto todavía no es objeto de recuerdo sino vivencia en presente.

¿Qué noción de lo moderno tiene Javier Maroto? Supongo que, en principio, lo moderno es algo que le parece valioso, puesto que lo evoca como una virtud: si el logo tiene la facultad de hacer pensar a uno en cosas modernas, será entonces que el PP quiere que pensemos en esas cosas modernas y, siendo así, habrá que suponer que lo moderno está bien, pues no se entendería que hubieran hecho un logo con la intención de hacernos pensar en cosas detestables. Qué cosas modernas sean esas, eso es algo que ni yo tengo muy claro ni Maroto ha explicado. Pero es de suponer que no se referirá a la máquina de vapor o a la radio, ni siquiera a la fibra óptica, pues yo he visto a este hombre y me parece bastante en forma, no me lo imagino gritando “¡El cinematógrafo! ¡Imágenes en movimiento!”, para salir después corriendo despavorido como el abuelo Simpson.

La idea de modernidad con que opera Maroto solo es abordable a la luz del verbo “recordar”, esto es, como algo que no es exactamente de ahora sino (conforme a ciertas tesis filosóficas tampoco muy de ahora) cosa del pasado, una construcción superada. Lo que uno recuerda es lo que ya se ha ido, y entra dentro de lo posible que la modernidad ya se haya muerto, consumada o consumida, da lo mismo. Lo moderno es al PP lo que la izquierda al PSOE: algo que uno quisiera enterrado pero que uno necesita sacar a pasear de cuando en cuando para que no le tilden de facha o cosas peores. Así, si la libertad de expresión fue uno de los buques insignia de la modernidad, es normal que el partido que aprobó la Ley Mordaza se refiera a ella en pasado, como si se tratara del Estado del Bienestar o del derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos: fue bonito mientras duraron, al menos como aspiraciones colectivas, pero las mayorías absolutas no se consiguen para que los perroflautas le hagan fotos a la policía o los fracasados y los irresponsables disfruten de salarios sociales y píldoras del día después.

Se trata, pues, de construir un simulacro: Maroto es consciente de que a su partido le pegaría más un águila imperial o una cruz de San Andrés, pero una cosa es ser nacional-liberal y otra, muy diferente, ser un suicida. Mejor un círculo, que es figura geométrica de moda, no recuerdo bien por qué, y una tipografía más de empresa puntocom que de aerolínea años setenta. Después de todo, si hay que tomar las palabras de Maroto en toda su literalidad (y no veo por qué no), el sujeto de esa frase, quien recuerda, aquí, es el logo. Y no le falta razón: si el PP gobierna otros cuatro años, nadie más será capaz de acordarse de cosas tan modernas como la sanidad universal o la enseñanza gratuita. Ya puestos, podría pedírsele al logo que no solo recuerde, sino que piense también, y que gobierne de paso: no sería la primera vez que nos gobierna un objeto bidimensional vestido de azul.

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