En tierra de nadie

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En 1778, la Real Academia de Ciencias de Berlín convocó un concurso con el siguiente tema: “¿Es útil o conveniente engañar al pueblo, bien induciéndolo a nuevos errores o bien manteniendo los existentes?”. El concurso tuvo dos ganadores: el matemático Fréderic de Castillon, cuya respuesta afirmativa convenció al rey Federico II, organizador del certamen, y el jurista Rudolf Zacharias Becker, cuya defensa de lo contrario cautivó al marqués de Condorcet, quien había ideado y proyectado el concurso.

Aquellas instituciones académicas del Siglo de las Luces tenían olfato para identificar temas de actualidad. Es de temer que, si contáramos hoy con un Condorcet atento al pulso de los debates políticos, nos hiciera una propuesta de concurso tan bizarra como la siguiente: “¿Qué es la confluencia de las izquierdas y qué debe hacer Podemos al respecto?”.

Es seguro que no habría que lamentar pobreza de enfoques y que tendríamos tantos puntos de vista como, posiblemente, concursantes. Es muy probable que, si participara Pablo Iglesias, hiciera un alegato bastante correcto sobre la poca pertinencia de trazar el mapa de la política española en términos de izquierdas y derechas. No es menos probable que Alberto Garzón argumentara sobre la necesidad de dotar de contenido programático a una centralidad del tablero que buena parte de la izquierda sigue viendo como algo excesivamente alimenticio o estratégicamente insatisfactorio. Al final ganaría Santiago Alba Rico con un texto tan sugerente como poco práctico, o el premio quedaría desierto a la espera de que el jurado terminara de desentrañar el trabajo presentado por Íñigo Errejón. Lo que sí es seguro es que no ganaría ninguna mujer: las confluencias políticas siguen siendo cosa patriarcal, hasta en el plano de la ficción alegórica en que nos estamos moviendo.

En mi calidad de presidente vitalicio de ese jurado fantástico (que para algo me lo acabo de inventar), me negaría a tomar en consideración dos tipos de trabajos: los de los analistas estadísticos fallidos y los de los hooligans. Es fácil entender por qué estos últimos deberían quedar excluidos: “Pablo Iglesias es Dios” no es, ni de lejos, un argumento, como tampoco lo es “Izquierda Unida estaba antes”. En cuanto a la estadística camp, aun siendo igualmente execrable, cuenta a día de hoy con demasiados partidarios como para no explicar a qué se debe mi suspicacia.

Muchos presuntos análisis que se leen estos días parten de proyecciones realizadas a partir de los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas. Así, mientras de un lado (llamémosle “Ahora en Común”) se esgrimen esos resultados como prueba de que las “candidaturas de confluencia” funcionaron mejor que la “marca Podemos”, desde el otro lado (o desde Podemos a secas) se sostiene que dichas candidaturas fueron identificadas con Podemos desde el principio, tanto por los medios como por los votantes, y que no ha lugar concluir que un experimento similar vaya a funcionar mejor que Podemos en las elecciones generales. Los primeros cuentan a su favor con la evidencia de que tanto Zaragoza en Común como Ahora Madrid, Barcelona en Comú, Marea Atlántica o Compostela Aberta están gobernando esas ciudades, mientras que Podemos no ha alcanzado el gobierno de ninguna comunidad autónoma. Los segundos tienen en su haber la intuición, acertada a mi juicio, de que ninguna de esas candidaturas habría logrado sus objetivos sin un trasvase de capital simbólico desde Podemos (o desde Anova en el caso de las candidaturas gallegas).

El error no está en las conclusiones, sino en el planteamiento del problema. Ni las candidaturas de unidad popular obtuvieron un éxito razonable (no olvidemos que, aparte de los ejemplos que siempre repetimos, la mayoría de los ayuntamientos siguen gobernados por el PSOE o el PP) solo por haber juntado las piezas separadas de un sumario izquierdista, ni los romos resultados autonómicos de Podemos (romos solo por comparación con el arrollador éxito que se esperaba) se deben a no haber contado con ninguna cabeza de cartel tan carismática como Ada Colau. No. En realidad, las candidaturas de unidad popular crecieron sobre la base de un discurso sólido, el municipalismo, mientras que Podemos no ha sabido articular un discurso eficaz a escala autonómica. Salvo (con matices) en Asturies, donde podría haber dado la sorpresa de no ser por el tirón mediático de Gaspar Llamazares (de lo cual se estarán arrepintiendo ahora muchos votantes de Izquierda Unida): aquí sí se partía de una idea de país con la que se ha sentido identificada buena parte del electorado. También (en buena medida) en Andalucía, donde solo la premura de unas elecciones ad hoc interrumpió temporalmente el desarrollo de un modelo propio.

Tanto el envite de Ahora en Común como el reglamento de primarias de Podemos (dos temas que apasionan, sin duda, a los cinco millones de desempleados del Estado español) son movimientos políticos fundados en el mismo análisis erróneo que comparten ambos polos en conflicto: no es el carisma, ni la marca, ni el número lo que determina el buen resultado de un bloque de izquierdas. Podemos supo leer correctamente hace un año el texto escrito en un incipiente movimiento popular, pero no ha sabido (ni ahora ni hace un año) modular esa lectura en términos territoriales. Cierto que ha logrado romper transitoriamente los términos del debate identitario en Cataluña, pero está por ver si en una coyuntura electoral como la que se avecina esa estrategia servirá para algo más que para recoger los restos del naufragio del PSC.

Por mucho que Podemos haya demostrado ser la herramienta movilizadora más eficaz que hayan visto las izquierdas españolas en varias décadas, o precisamente por eso, no puede ahora conformarse con un redondeo al décimo por aproximaciones: el mapa es el territorio, y el territorio en España nunca ha sido legible en términos de circunscripción única, ni siquiera en el ámbito que (según decía Vázquez Montalbán) constituye el único aglutinador de la unidad de España: la liga de fútbol profesional.

Salvo que al Barça y al Real Madrid se los trague la tierra o los fulmine una investigación judicial (me parece más verosímil la primera hipótesis), es hora de revisar el modelo. O eso, o nos planteamos sin ambages la cuestión que proponían en 1778 los académicos berlineses. Pero no podemos mantenernos por más tiempo en tierra de nadie.

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