Naranjas y carbón

Si tienes un montón de objetos más o menos esféricos, como las naranjas, ¿cuál es la manera más eficaz de apilarlos dejando la menor cantidad de espacio vacío entre ellos? La solución más intuitiva, la misma que los fruteros llevan siglos aplicando, es disponerlos en hileras de modo que cada esfera ocupe el hueco entre las cuatro que hay debajo de ella. Esa estructura se llama red cúbica centrada, y la solución recibe el nombre de conjetura de Kepler. Conjetura, pues no ha sido demostrada formalmente de modo concluyente, a pesar de que se han hallado varias demostraciones parciales, la última de ellas en 2005. No en vano David Hilbert la incluyó en su famosa lista de grandes problemas matemáticos sin resolver.

Quien por primera vez formuló el problema, y quien indirectamente propició la conjetura de Kepler, fue el corsario Walter Raleigh en 1585, y a Raleigh no le preocupaban las naranjas, sino las balas de cañón, mucho más esféricas en aquella época que cualquier especie de fruta. No es que los artilleros de los navíos ingleses fuesen menos avispados que los fruteros y no supiesen el modo de apilar balas de cañón sin verlas rodar a todas horas por cubierta: el interés de Raleigh era el de encontrar un sistema que le permitiera calcular, a partir de la superficie de la cubierta, la cantidad de proyectiles que podían almacenar los barcos enemigos. Naturalmente, no se resignó a quedarse de brazos cruzados hasta que alguien resolviera el problema: durante más de veinte años puso en jaque a las tropas españolas y no queda constancia de que le haya temblado el pulso por un quítame allá esas esferas.

Los procesos judiciales, al igual que las demostraciones matemáticas, son operaciones complejas, que llevan su tiempo, que siguen unas reglas precisas y en las que no vale improvisar ni precipitarse. Dar por válido un teorema sin las debidas pruebas puede torcer el rumbo de la investigación científica durante siglos; condenar a alguien sin un proceso justo y transparente puede acarrear daños irreparables. No obstante, ni Walter Raleigh dejó de saquear Cádiz ni el juez Ruz dejó de ordenar el ingreso en prisión de Luis Bárcenas a la espera de que sus respectivos procesos, el matemático y el judicial, arribaran a puerto. Y así como uno desearía que no se disparara una sola bala de cañón en tanto no se haya demostrado la conjetura de Kepler (y en tanto quede un solo problema matemático sin resolver), lo razonable es que la vida no se detenga ante los teoremas fallidos o frente a procesos judiciales interminables, si bien un año y medio de prisión sin condena no es lo que yo llamaría razonable.

La causa abierta en la Audiencia Nacional por los sobrecostes del puerto de El Musel lleva camino de convertirse en un largo y abrupto proceso, tanto por las dimensiones del fraude como por la cantidad y las cualidades de los implicados. Uno puede tener todas las sospechas que quiera y alguna más, pero la presunción de inocencia no puede ser puesta en cuarentena cuando a uno le dé la gana, simplemente porque a uno le parezca que el proceso vaya a ser más lento que el caballo del malo. No obstante, tampoco parece muy razonable esa propensión a hacerse el sueco que impera en buena parte de la clase política, como si en ausencia de sentencia judicial todo estuviera permitido: si Walter Raleigh hubiera razonado así, sus barcos nunca habrían salido de Plymouth. Las naranjas rodarían por el suelo de las fruterías si los fruteros se empeñaran en ignorarlo todo sobre cómo apilarlas. Claro que también en El Musel se apila carbón como si se ignorara cómo hacerlo sin poner en riesgo la salud de las personas.

Las demostraciones matemáticas a menudo no sirven para decidir qué sabemos, sino cómo lo sabemos. Los procesos judiciales, de un modo análogo, son necesarios para atribuir responsabilidades penales y civiles, pero hacer como que no pasa nada mientas no haya sentencia firme es tener la cara más dura que el cemento de Tudela Veguín.

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