Mi ministro favorito

Se comenta por ahí que hay quien duda de si los centollos son animales o no, igual que hay quien afirma sin sonrojo alguno que los toros no sufren cuando los maltratan con arte y donosura. Descontando estas dolorosas excepciones, la mayoría de la gente está al corriente de los avances científicos de los últimos trescientos años y sabe que hay animales vertebrados e invertebrados y que entre estos últimos los hay sin esqueleto, como las lombrices, las babosas y los pulpos, y los hay con esqueleto externo o exoesqueleto, como los dichosos centollos, las arañas y los artrópodos en su conjunto.

Lo que también sabe la mayoría de la gente es que los ministros, y los políticos profesionales en general, pueden llevar cáscara o no llevarla. Se distingue a la perfección un político con exoesqueleto de un político absolutamente invertebrado, tanto por dentro como por fuera. Y tal vez por eso, a la hora de votar, los comportamientos oscilan entre el voto masivo al molusco sin concha (muy apreciado por electores empeñados en votar a aquellos que más se les parecen) y la preferencia por el artrópodo convicto y confeso (más valorados por quienes votan al concepto y no a la persona): hay personajes públicos muy dados a exhibir exoesqueleto e incluso a identificarse con este, mientras que hay otros más proclives a andar por la vida como moluscos sin concha, sin disimulos ni hostias, o sin disimulos pero con hostias, si es el caso de algún aficionado a comulgar en público como el actual ministro de interioridades, el menos quitinoso y el menos artrópodo de todo el gabinete de Mariano Rajoy.

Pertenezco a ese exclusivo club de quienes prefieren la derecha sin complejos y la liturgia en latín y con mucho colorido. No me gusta el papa Francisco, igual que no me gustaba Juan Pablo II: demasiado disfraz, demasiado postureo de pontífices a la altura de los tiempos. Demasiado exoesqueleto. De hecho, el de Juan Pablo II fue el exoesqueleto más logrado de todos, una auténtica armadura con forma de automóvil mediante la cual pretendía parecer cercano a las muchedumbres mientras se aislaba convenientemente de ellas tras un cristal blindado. Nuestro parque móvil ministerial, sin llegar a rozar las excelencias de aquel papa-transformer, nos dio el mejor ejemplar de político blindado: Alberto Ruiz Gallardón, el ministro biónico, ni siquiera toleraba una arruga en su disfraz. Comparados con él, tanto Aznar como Pedro Sánchez (dos verdaderos exoesqueletos sin político dentro) parecen espontáneos y auténticos, hasta cercanos incluso, si es que a uno le gusta estar cerca de esas cosas.

Don Jorge Fernández Díaz, nuestro ministro de asuntos íntimos, es tal vez el menos crustáceo de la historia ministerial española, con la posible excepción de aquel Fernando Morán que tantas satisfacciones nos dio. No es posible imaginarse un ser humano menos propenso a esconder sus opiniones o sus manías que don Jorge, lo que le convierte, de lejos, en mi ministro favorito, pues es todo ventajas: te evita discusiones absurdas (nadie se esfuerza en convencerte de que este individuo es progresista o pertenece a la “derecha civilizada”, como se decía tan a menudo del caído Gallardón), te ahorra un potosí en asesores de imagen (eso espero, al menos, porque sería tirar el dinero aún más de lo acostumbrado) y te protege contra la tentación de buscar en sus acciones o en sus declaraciones tanto dobles sentidos como objetivos inconfesables: el buen señor es muy de confesarse.

Por todas esas razones, su entrevista con Rodrigo Rato ha alcanzado el rango de asunto de Estado y se ha saldado con una comparecencia parlamentaria escandalosa y poco menos que terrorífica. He aquí la única desventaja de este tipo de ministros: mienten mal, mienten ridículamente mal, y están tan habituados a pensar que solo tienen que rendir cuentas ante Dios que, en el fondo, les importa un rábano que les pillen. Por eso sus deslices no suelen ser aventuras individuales, de las que se saldan con una dimisión y un exilio dorado, sino dramas colectivos, que arrastran a un gobierno entero al precipicio. Aunque siempre cabe la posibilidad de que en el último minuto los aplaste alguien de su propio partido, por la buena marcha del negocio, tampoco esos aplastamientos salen gratis: si Rajoy ya parece estar asqueado hasta cuando sonríe, imagínense la cara que pondría si tuviera que andar con los restos gelatinosos de un ministro pegados a la suela del zapato. Tanto ha avanzado la degradación zoológica de este gobierno que es difícil, casi imposible, aventurar qué ocurrirá en los próximos días. Lo único que parece seguro es que Rodrigo Rato seguirá de vacaciones.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s