El escudo de Tsipras

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Desde que existe el capitalismo ha existido también su antagonista, incluso cuando el único anticapitalismo posible era una cruda nostalgia de los usos feudales. Todas las generaciones de anticapitalistas han tenido sus símbolos y, entre estos, su patria, o sus patrias, más o menos idealizadas, en poco o en nada semejantes a territorios a los que uno pudiera desplazarse. Hubo un tiempo en que hasta las disputas entre diferentes familias anticapitalistas parecían resolverse en un conflicto de preferencias sobre qué patria era mejor, si la Unión Soviética o China, si Cuba o Chiapas, si Albania o Nicaragua. Que en estos últimos meses, por no decir años, hayamos estado mirando tan fijamente a Grecia, entra dentro de la lógica de ese imaginario geopolítico, pero también se sale, en cierto modo, de sus patrones habituales. Por más de una razón, seguramente.

En el canto XVIII de la Ilíada se nos describe minuciosamente cómo Hefesto forjó el escudo de Aquiles. Verso a verso, vemos aparecer ante nosotros ese escudo con todos sus detalles: las constelaciones celestes; dos ciudades, una en paz y otra en guerra, sitiada esta por dos ejércitos rivales; las labores del campo, la siega y la vendimia, y una danza de hombres y mujeres, todo ello rodeado por las aguas del río Océano. Gente corriente, con sus afanes cotidianos, con sus trabajos y sus días. Nada que ver con los escudos de otros héroes griegos no menos famosos como Agamenón o Heracles, muy dados a exhibir dioses y monstruos o fieras horripilantes. En un fragmento anónimo del siglo VI a.C., se nos dice, por ejemplo, del de Heracles: “En medio de este escudo estaba el terror inenarrable de un dragón que miraba atrás con ojos llameantes y cuyas fauces se hallaban llenas de dientes blancos, feroces e implacables. Delante de él, volaba la detestable Eris, horrible y turbando el espíritu de los guerreros que osaban ofrecer combate al hijo de Zeus; y las almas de estos guerreros descendían debajo de la tierra, al Hades, y sobre la tierra negra y bajo el ardiente Sirio se pudrían sus osamentas despojadas de carne. Allí estaban representados la Persecución y el Retorno, el Tumulto y el Terror, y el Exterminio furioso; acá se agitaban Eris y el Desorden”.

Muchas, demasiadas patrias de la izquierda anticapitalista han mostrado en sus escudos exageraciones mitológicas al estilo de Heracles. No es un mal estilo, en términos absolutos, pero tampoco es mala noticia que uno se movilice antes por sus semejantes que por un conjunto de abstracciones o consignas. Así la Grecia de los últimos meses: frente a las patrias belicosas de otros tiempos y otros anticapitalismos, con sus ejércitos y sus himnos, con sus planes quinquenales y sus pasamontañas, la revolución democrática griega parecía creíble, no apta solo para militantes entregados sino para todos los públicos, como si de verdad fuese posible articular una respuesta mayoritaria y razonable a las políticas neoliberales. Así como el escudo de Aquiles infundía ánimo a los mirmidones porque en él podían leer señales humanas, comprensibles, no horrores extraídos de la imaginación desbocada de un artesano, también la resistencia democrática griega, articulada en torno a Syriza, trasfundía una cierta ilusión desprovista de épica, o una cierta épica desprovista de ilusión grandilocuente.

¿Qué hacemos ahora con Grecia? Ya no vemos en Tsipras al Aquiles que imaginábamos hace tan solo dos meses, y de repente nos avergüenza ese escudo, tanto que hay quien empieza a añorar las gorgonas y las bayonetas de otros emblemas que daba por enterrados. Ya no parece que sea posible conseguir aquí lo que parecía haberse conseguido allí, y no solo porque allí tampoco se haya conseguido, sino porque, en el fondo, la decepción no lo es con las acciones de Tsipras, con sus heroísmos o sus traiciones, léase como se quiera, sino con nuestra actitud ante ello, con nuestro exceso de celo y entusiasmo, con habérnoslo creído y haber comulgado con ello. No nos avergonzamos de Tsipras por haber traicionado a los griegos, sino de nosotros mismos por haber creído en ellos.

Luego vendrán los matices, los claroscuros, los análisis factoriales y otras herramientas más eficaces que el rubor o la nostalgia, pero lo cierto es que el verano entra en su recta final con un cierto olor a fruta podrida y ya no hay ganas de sirtakis ni de asaltar los cielos. Alguien tendrá que recordarnos que fue Odiseo, y no Aquiles, quien rindió Troya, y que no lo hizo valiéndose de ningún escudo, ni de los espantosos ni de los otros, sino gracias a haber sido más astuto que sus adversarios y que sus propios compañeros.

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