Mi adiós (por cien días) a Podemos

Le tomo prestado, le robo, más bien, el título a César Rendueles, quien explicaba, en “Mi voto por cien días de Podemos”, las razones que le movían a votar a este partido. No me planteo, sin embargo, dar muchas explicaciones: ¿dónde ponemos el acento, cuál es la razón fundamental que alimenta una decisión? Si más bien parece, muchas veces, que primero vienen las decisiones y solo después busca uno las razones. Un poco de humildad no viene mal: tan solo pretendo cerrar públicamente una etapa de mi vida.

En realidad, esta decisión no la tomo ahora, ni la tomé ayer ni hace dos semanas. Pero tampoco me enredaré en argumentar que no hubo un entonces, que fue un proceso, un cambio gradual, progresivo y no sé cuántas cosas. Porque no fue así en absoluto. Tomé esta decisión, concretamente, el pasado 20 de junio, más o menos a las cinco de la tarde. Unas horas después, dije en público algunas palabras bastante crípticas. Si alguna de las personas que las oyó las recuerda, tal vez ahora pueda darles su justo sentido.

Nunca he sido eso que se llama “un hombre de partido”. Ni de partido ni de club ni de nada que exija una adhesión, por mínima que sea, a unos colores o a unas siglas. No se crea que soy inmune a las lealtades colectivas: de hecho, en esta decisión pesa mucho un agobiante pero ineludible sentimiento de pertenencia a una clase. Pero me repelen las iglesias, los cuarteles y los estadios de fútbol, precisamente los lugares (las estructuras) donde las entidades colectivas dejan de ser plurales y se uniformizan.

¿Haré la crónica de una decepción? Ni soñarlo. ¿A quién le importa qué me distancia a mí de Podemos o de la Iglesia Evangélica? Ni siquiera a mí mismo. Considero mucho más importante hacer recuento de todo aquello que me pareció atractivo y me llevó a dejar en suspenso una buena parte de mis proyectos personales durante más de un año: las aspiraciones rupturistas de una formación política que se lanzaba desde el cero absoluto a reventar las costuras del régimen del 78; la inteligencia con que se construyó un discurso que podía aspirar a la hegemonía sin caer en los viejos complejos cortoplacistas o maximalistas de la izquierda de siempre; la impudicia con que se aceptaba combatir en la arena del adversario con las armas mediáticas del adversario; el carácter plural, horizontal, participativo, de un partido en construcción cuyas raíces, bien visibles, se hundían en el tejido vivo de los movimientos sociales; la contundencia con que se esgrimía una ética social como límite y justificación de la acción política.

Que cada cual examine, si quiere, cuántos de esos elementos son aún discernibles en Podemos. A mí me interesa, antes bien, plantearme cuántos de ellos son quizá recuperables. Por eso este no es un adiós definitivo (ninguno lo es). Pero sí que es un adiós contundente.

No ha sido un tiempo perdido. Salga como salga la aventura de las elecciones generales, ya es mucho lo que Podemos ha aportado a las clases populares y a las izquierdas varias. Mucho más de lo que cabía esperar en 2013. Sin ir más lejos, las experiencias municipalistas, las candidaturas de unidad popular (por muchas de las cuales no habría dado ni un euro hace unos meses), están siendo una sorpresa más que agradable. Por mi parte, he pasado por buenos y por malos momentos, he hecho unos cuantos amigos y he perdido también unos cuantos, el balance emocional viene a ser el mismo que si nunca hubiese acudido a una asamblea de un círculo, y lo único que lamento es haberle robado a mi hija tantas horas y haberle proporcionado abundante material para futuros reproches. Es mucho lo que tengo que agradecerle a mucha gente, demasiado para ponerlo aquí por escrito. Por supuesto que también me arrepiento de alguna que otra cosa, pero de nada que no tenga remedio, o eso creo.

En su artículo, Rendueles citaba, como “cosas emocionantes” que estaban ocurriendo en Podemos, “un buen programa elaborado en común, unas primarias abiertas muy participadas, debates intensos y una gran red de grupos de afinidad surgidos de la nada”. Y añadía: “No es ni de lejos suficiente, es verdad. Hay demasiados círculos de Podemos en la universidad y demasiados pocos en las colas del paro, las líneas de caja de Mercadona y las canchas de voleibol de los parques”. Ha pasado más de un año, sigue sin ser suficiente e incluso es menos de lo que era. En mi caso, el voto de confianza ha perdido validez. Acepto mi limitada cuota de responsabilidad en este fracaso.

Hablaremos dentro de cien días. Ojalá entonces pueda decir que estaba equivocado.

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