Ne me quitte pas

“Os queremos y queremos que os quedéis”. Pronúnciese con la voz de un padre que lleva varias horas pleiteando con su hijo adolescente y ha comprendido que tiene que hacerse el comprensivo, que las amenazas y los castigos ya no conducen a nada. Puntéese con ademanes rotundos, secos, dejando claro que ese querer no es un querer cualquiera, sino el de un sujeto cuya voluntad debe respetarse porque así lo quiere la ley, la naturaleza o uno mismo en calidad de ambas. Y sean los catalanes los destinatarios de ese ruego barra súplica barra amenaza. Lo hemos visto y oído muchas veces en las últimas semanas.

Yo también le tengo a Cataluña un cariño especial, fruto de mi biografía y de mis gustos, igual que otras personas sienten predilección por Bélgica, o por Portugal, o por la República de Nauru. Pero, del mismo modo que no me imagino a un madrileño germanófilo pidiendo la anexión de Alemania y Austria al Estado español, tampoco entiendo que se exhiba ese cariño como razón de peso para que alguien acepte pertenecer a una comunidad a la que no desea pertenecer. Dicho sea de paso, que no lo entienda yo no quiere decir que no sea algo relativamente habitual: todos conocemos casos de parejas en las que el cariño desmedido de una de las partes se impone hasta convencer a la otra parte (muchas veces a hostia limpia) de que no está bien romper una relación tan hermosa.

La gente tiene la mala costumbre de juntarse por motivos banales. La principal consecuencia de esa costumbre es que esos motivos dejan de ser banales. Y ya puede el ilustrado más ilustrado del mundo tratar de convencernos de que hay asuntos más importantes que un Madrid-Barça o el estreno de la secuela de la precuela de Star Wars: no hay reproche de banalidad que valga contra la seriedad sinceramente exhibida. Así las cosas, da la impresión de que obstinarse en modificar sentimientos identitarios tiene mucho también de empeño banal, además de inútil, siempre que los portadores de esos sentimientos no tramen algún perjuicio inasumible, léase por ejemplo la intención de borrar del mapa a una raza entera o el exterminio de infieles como objetivo político. En el peor de los casos, puede suceder que quien dice combatir esos sentimientos sea víctima de afecciones muy parecidas. La clave del éxito de Lutero fue que nadie le trató como a un lunático salvo los que se revelaron tan lunáticos como él al combatirlo.

Dice Thomas Pynchon en alguna parte que el problema de los paranoicos no es que se imaginen conspiraciones, sino que, además de imaginárselas, siempre tienen la mala suerte de ser víctimas de alguna conspiración real. Algo así viene sucediendo en la península ibérica con los secesionismos varios: a menudo hay quien se cansa de victimismos y exaltaciones de una historia frecuentemente falseada, hasta que entra en escena el nacionalismo español con su propio victimismo y su particular exaltación de su falseada historia. Más de uno se habrá creído lo de la España plural y le costará entender por qué los defensores de esa cosa común y democrática tienden a hablar con voz de aguilucho y a creer en el Desembarco de Alhucemas como solución a todos los fallos del sistema.

Yo no he tenido el gusto de protestar contra el primer teniente de alcalde de Barcelona por haber querido evitar la exhibición de una bandera de España, pero estoy seguro de que, si lo hubiese hecho, me habría abochornado comprobar que me he puesto del lado de quienes le insultan por ser argentino y reclaman que sea sustituido por un español descendiente del Cid. A uno puede parecerle que agitar banderas independentistas atenta contra el buen gusto y contra el empleo racional del tiempo libre, pero hete aquí que el discurso dominante no esgrime esos argumentos, sino que se inflama por la simple razón de que no se está agitando la bandera correcta.

Pedirles paciencia y comprensión a los independentistas catalanes no es que no esté bien, es que llega muy tarde. Y da igual que el señor presidente del gobierno se haga el tolerante pronunciando una frase en catalán en un vídeo electoral de su partido: lo lógico sería que el presidente del gobierno de España fuese capaz de expresarse en todas las lenguas de su presunta nación de naciones, y si no es así (y no lo es, ni con este ni con los anteriores), a lo mejor es que es cierto que no se tiene por presidente de ninguna cosa plurinacional sino de una nación monolingüe, monolítica y monomando. Y eso no es culpa de los catalanes. Ni siquiera del primer teniente de alcalde de Barcelona.

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