Del reto educativo al gueto filosófico

“La filosofía debe guardarse de pretender ser edificante” (Hegel).

“Catón, a quien desde el principio había sido poco grato el que fuese cundiendo en la ciudad la admiración de la elocuencia, por temor de que los jóvenes, convirtiendo a ella su afición, prefiriesen la gloria de hablar bien a la de las obras y hechos militares, cuando llegó a tan alto punto en la ciudad la fama de aquellos filósofos y se enteró de sus primeros discursos […], tomó la resolución de hacer que con decoro fueran todos los filósofos despedidos de la ciudad” (Plutarco).

La LOMCE suprime la enseñanza de Historia de la Filosofía en el segundo curso del Bachillerato. A decir verdad, suprime su carácter obligatorio: la convierte en una opción más dentro de un catálogo donde figura también la asignatura de Religión. No he oído demasiadas quejas sobre este último disparate (que se equipare la Religión con la Historia de la Filosofía o la Historia de la Música o la Tecnología Industrial), pero sí he tenido ocasión de oír y leer unos cuantos lamentos sobre la virtual desaparición de la Filosofía de nuestro sistema de enseñanza. Son lamentos de buena intención, buen corazón y buen talante, pero tengo la impresión de que se fundan en argumentos erróneos, por más que cuenten con mi aplauso incondicional desde el primer instante.

Presuntas virtudes de la enseñanza de la filosofía: que enseña a pensar, a desarrollar el pensamiento crítico, a poner en cuestión las afirmaciones dogmáticas. Es posible que la filosofía haga todas esas cosas, pero lo importante es si solo puede hacerlas la filosofía. ¿No puede la literatura enseñarnos a pensar, en el improbable supuesto de que para pensar necesitáramos ayuda? ¿No puede la historia del arte impulsar el desarrollo del pensamiento crítico? ¿Le está vedado a la física poner en cuestión las afirmaciones dogmáticas? Cuando se reserva ese papel para que lo desempeñe en exclusiva la filosofía, implícitamente se está aceptando que solo esta disciplina puede rehuir las urgencias del conocimiento aplicado a la producción y al mantenimiento de aparatos, herramientas e instituciones. Han pasado más de dos mil años, pero la filosofía no ha dejado de ser, según parece, la “ciencia libre” que buscaba Aristóteles: un tipo de saber que no obedece a ningún tipo de necesidad ni interés. Hagamos como si el marxismo y el psicoanálisis nunca hubiesen existido.

Tengo la sospecha de que, cuando se apela al carácter libérrimo, hipercrítico y totalizador de la filosofía, lo que en el fondo se quiere decir es que los profesores de filosofía tienen más margen de maniobra que el resto a la hora de planificar sus clases. Es bastante lógico que así sea: los temarios y currículos de materias como Matemáticas o Historia son documentos mucho más detallados, y además apuntan a conceptos que, de un modo más claro o más confuso, resuenan en la memoria de la mayoría de los ciudadanos, de manera que resulta bastante fácil detectar al profesor que se sale de las convenciones. El profesor de filosofía, en cambio, es una especie de electrón libre del que ni siquiera se preocupan los inspectores educativos. Tampoco resulta demasiado alarmante que en sus clases aborde temas espinosos o controvertidos (que hable de política, sexo o religión), puesto que, en el fondo, para eso lo queremos, para que la política, el sexo y la religión puedan pronunciarse en un intervalo temporal reservado para ello: un gueto semántico. Lo grave sería que ocurriera en Matemáticas.

No debería preocuparnos la desaparición de la Filosofía de los planes de estudio. Lo que debería preocuparnos es que aún sea necesaria: que solo en ella quepa preguntarse qué sentido tiene que, en el aula de al lado, se esté impartiendo una ciencia que ni siquiera lo es (me refiero a la Economía). También debería preocuparnos (pero esto daría para otras quinientas palabras, y solo estaríamos empezando) cómo es posible que, siendo la Historia de la Filosofía una asignatura que estimula un montón de sustantivos adjetivados en “crítico”, sigamos llamando “presocráticos” a unos cuantos individuos contemporáneos de Sócrates, o incluso más jóvenes que este, y permitiendo que en el canon de la filosofía occidental solo figure un pensador ateo (y ninguna mujer).

Dicho esto: conservémosla. Mientras no se haya empezado a reconstruir la educación por los cimientos (y dejémonos de pactos educativos entre dos versiones enfrentadas de la misma miseria intelectual: el problema no es la reválida, como no lo era tampoco la Educación para la Ciudadanía: el problema es cómo encajar una institución decimonónica en una sociedad más parecida al Imperio Asirio que a la Viena de 1870), mientras se siga creyendo que la lógica proposicional o la lectura comprensiva son manjares vedados al común de los ciudadanos (o bazofia repulsiva que ningún vendedor de preferentes querría en su frigorífico), seguirá siendo necesaria la Filosofía (y su Historia) en el Bachillerato. Aunque sobre ella penda una espada de Damocles más afilada aún que cualquier ley orgánica.

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