El sabor de la alfalfa

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La semana de los premios Príncipe de Asturias (ahora Princesa, pero permítanme que me resista: el protagonista de estos fastos sigue siendo el mismo, aunque lo hayan ascendido) suele ponerme en un estado a medio camino entre la indignación y la vergüenza, y este año no ha sido una excepción. Aun diría que este año ha sido peor: el despliegue policial me ha parecido más abrumador que el de otros años, y no digamos ya el despliegue mediático y el abuso de sustantivos y adjetivos mal combinados, como “fervor superlativo” para describir las emociones del pueblo asturiano al recibir a los galardonados, en especial a esos galardonados que repiten año tras año, bien sea como patronos de la Fundación Príncipe/Princesa de Asturias, bien sea como monarca y consorte. Es agotador. No es que a uno le parezca necesariamente un orgullo haber nacido aquí, pero desde luego en ningún caso debería ser una deshonra, y no obstante esta semana preferiría ser cualquier cosa antes que ser asturiano.

La tabarra esta de los premios es contaminante, deja mancha. Recuerdo un diálogo de una película francesa, Ridicule, donde un personaje le dice a otro: “¿Conoce Versalles?”. “Nací aquí”, responde el interpelado. “Un cortesano de nacimiento”, comenta el primero. “No todo el que nace en un establo se cree caballo”, replica el segundo. Así es: uno puede haber nacido aquí, crecido aquí y sin embargo sentir vergüenza de pertenecer a una sociedad que consiente año tras año esa burla pública. Estoy tratando de no gritar por escrito, pero me temo que no puedo reprimirlo por más tiempo: es una puta vergüenza.

Y que conste que este año me había propuesto dejar a un lado mis sanos principios republicanos y mi no menos sano desprecio por la monarquía y todo cuanto implica. Es difícil, pero hagamos la prueba: tratemos de observar la ceremonia de los premios (no solo la ceremonia de entrega, sino el conjunto de conductas que la rodean como el barroco decorado de una comedia con pocos chispazos de ingenio) dejando a un lado su dimensión explícitamente monárquica, borbónica y felipista, y atengámonos solo a su faceta ritual, a su guión y a su atrezzo. Supongamos que Felipe VI es el presidente de una república y no el heredero de una rama menor de la dinastía reinante hace tiempo en otro país. Imaginemos que hemos conseguido abolir el anacronismo de hacer jefe del Estado a un azar genético. Aun así, me temo que la ceremonia en cuestión seguiría siendo bochornosa.

Los defensores de esta payasada se deshacen en florilegios explicando cómo, gracias a estos premios, Asturies es conocida y reconocida fuera de nuestras fronteras como un referente cultural. La realidad, tozuda como ella sola, se empeña en probarnos lo contrario: a efectos de renombre internacional, lo mismo daría que estos premios se entregaran en Uagadugú o en Pueblonuevo del Guadiana, toda vez que los propios organizadores tienen claro que de la expresión “Principado de Asturias” solo les interesa la primera parte. Para muestra, el extraordinario desprecio mostrado este año por Francis Ford Coppola al reconocer que no sabía en qué ciudad se encontraba: digo yo que si a uno lo premian con lo que sea y viaja a recoger el trofeo, lo menos que puede hacer es perder diez minutos en buscar en Google el andurrial donde le van a poner mesa y mantel. Con todo, y aun suponiendo que el galardonado sea un vago de siete suelas, con más cara que espalda y dispuesto a quedar como un gañán ante sus anfitriones, sería difícil exhibir tanta ignorancia si fuera verdad que “nuestros” premios son tan famosos y envidiados: aún no se ha dado el caso de un galardonado con el Nobel que no supiera dónde está Estocolmo.

No, no es Asturies la que sale reforzada y proyectada internacionalmente no se sabe adónde, sino el grupito de cortesanos que cada año utiliza a media docena de celebridades como excusa para apuntalar sus privilegios de clase. En esto hay grados, como en todo: la responsabilidad de Graciano García no es la misma que la del redactor de La Nueva España obligado por contrato a estrujar el DRAE en busca de la antigualla más altisonante con que vestir una crónica formalmente idéntica a las de todos los años. Pero al menos esas dos personas saben lo que hacen y por qué lo hacen. Menos comprensible me resultan esos fans entregados al éxtasis contemplativo y al aplauso compulsivo, o esos anónimos tramoyistas capaces de contratar a un gaitero gallego para agasajar (es un decir) a un premiado o de redactar un mensaje de agradecimiento en tres lenguas, incluida la vasca, sin que ninguna de ellas sea la asturiana, no sea que el país de las maravillas donde tiene lugar el picnic se parezca un poco al que paga los sándwiches (también es un decir). Cierto, no todo el que nace en un establo se cree caballo, pero los hay que no le hacen ascos a la alfalfa.

 

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