Actos de habla

La campaña electoral ya ha empezado. No, no la medianoche del jueves, sino hace más de un año, sin pausas pero con muchas prisas, como si el 20 de diciembre no hubiera elecciones sino apocalipsis. En las últimas semanas, desde que Rajoy hizo pública la fecha del fin de los tiempos, los actos electorales no han ganado ni en frecuencia ni en elegancia, aunque sí, hay que reconocerlo, en performatividad: como si los candidatos, o sus consejeros y asesores de imagen, buscasen la manera de saltarse el engorroso trámite del escrutinio y optasen por una aclamación mediática, no orientando el voto sino forzándolo, creando las condiciones de su inevitabilidad. Así se explica que al salir del plató digan cosas como “hoy nos hemos ganado a los mayores”, como si estos no tuvieran aún que votar dentro de dos semanas.

Es una concepción un tanto ingenua de la performatividad, como si uno creyera en cuentos de hadas y magos, de esos en los que uno dice “ábrete, Sésamo” y Sésamo se abre. A nuestra generación se lo enseñó Scooby Doo: cuando alguien hace magia y funciona, generalmente hay otro “alguien” en la sombra que acciona un prosaico mecanismo para que la puerta se abra. La política mediática no genera efectos inmediatos, solo permite que a través de ella actúe la mano invisible de la cooptación, y esta solo será eficaz si el espectáculo se pliega a unas convenciones.

La política convencional nos ha hecho rehenes de una democracia no ya solo representativa sino también delegativa, sustitucional: delegamos en nuestros representantes para que nos sustituyan, y los abucheamos o los jaleamos por las mismas razones que nos llevan a ser de un equipo de fútbol o de otro: porque no nos interesa ser delanteros ni porteros, sino solo espectadores. En ese sentido llevan razón quienes abominan del empeño de los candidatos a ser “como todo el mundo”: nadie quiere que los jugadores de su equipo sean unos mantas como él. Lo que ocurre es que no es eso lo que están representando, el papel de ciudadanos de a pie, de vecinos campechanos y afables, sino algo mucho más complejo, a saber: la esencia de la afabilidad, la vulgaridad extrema, la excelencia en el arte de ser ellos mismos. Puede que a algunos les salga mejor que a otros hacerse los simples, los ingenuos o los cínicos, pero a sus espectadores, de nuevo, lo que les importa es saber que en esas convenciones de la política son sin duda los mejores. O eso piensan, al menos, sus consejeros y asesores de imagen, convencidos de que no hay gran diferencia entre unas elecciones y una temporada de Gran Hermano, y de que de lo que se trata es de ser histriónico sin ser insultante, original sin llegar a excéntrico, agudo sin hacer gala de un ingenio humillante.

Quien haya seguido el debate entre Rivera, Sánchez e Iglesias organizado por el diario El País se habrá dado cuenta de que ninguno de los tres pasa el corte: uno por pueril, otro por envarado y el tercero por petulante. Rajoy ganó, no por no haber ido, sino porque les da sopas con honda a los tres en ese terreno: la velada romántica que compartió con Bertín Osborne fue el non plus ultra de la política espectáculo: previsible, bochornosa, en ocasiones delirante pero absolutamente convencional y, por tanto, eficaz. Y no obstante, sin pretenderlo, nos proporcionó unos minutos de alivio, no por la velada en sí, sino por su reflejo en las redes sociales: a medida que iban transcurriendo los minutos y se sucedían los chascarrillos, los dobles sentidos y los comentarios sexistas, Twitter iba dando cuenta de ellos puntualmente, en ocasiones glosándolos, aplaudiéndolos o denostándolos, y ese fue el verdadero acontecimiento informativo: no el hecho, sino sus interpretaciones, como si el pueblo, o lo que queda de él, se afanara en decorar con muestras de ingenio un árbol de Navidad tosco y previsible, de los que venden en el bazar chino de la esquina.

Algo así fue lo de hace cuatro años, el “no nos representan” tan coreado y vilipendiado como mal entendido: no se trataba de decirles que no eran como nosotros, que tenían que parecérsenos más, quitarse las corbatas y arremangarse, sino otra cosa: que ya era hora de erigir, frente a esa política de cartón piedra, una política no representativa, no delegativa, no sustitucional. Hacer política en lugar de contemplarla. Si el objetivo hubiera sido convertirnos en un club de primera división, con sus fichajes estrella, sus peñas de forofos y sus portadas en Marca, no habría merecido la pena.

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