Absolute Orphans

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Cosas que nunca dije sobre David Bowie y que preferiría no tener que decir. En Acordes Modernos.

1993 - The Singles Collection - AbTengo un recuerdo nítido y preciso de la primera vez que oí la voz de David Bowie. Era una noche de invierno, en las escaleras de la casa de mis abuelos; se había ido la luz, yo estaba sentado en un escalón, en la penumbra, frente a la cocina iluminada por dos cabos de vela un tanto sombríos, con la oreja pegada a la radio; tenía once años y sonaba “Ziggy Stardust”.

La memoria es algo caprichoso, según parece; en mi caso, también, muestra una clara tendencia a retener detalles frívolos, tipo instantánea, y tiende a desinteresarse por las secuencias, por las tramas: no hay sucesos en ella, solo fotos fijas y desencuadradas. Pero los acontecimientos sonoros los recuerda bastante bien: nunca se me olvidó el riff de guitarra de Mick Ronson al empezar “Ziggy Stardust”, ni siquiera bajo la presión (eran los años ochenta) de la versión de ese tema que hicieron Bauhaus, una versión muy fiel, devota incluso, pero sin la garra de ese descenso al Maelström con que se iniciaba el original, antes de que la voz quebrada de Bowie hipara aquello de “When Ziggy plays guitar”.

Sobrevivió aquel fragmento de canción durante muchos años en una cinta Basf que conservé incluso después de haber grabado (hoy diríamos “pirateado”) el álbum entero, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, una obra maestra de 1972 que aún hoy sigue estando entre mis discos favoritos, compitiendo casi en exclusiva con el London Calling de The Clash y con otros tres del propio Bowie: Station to Station, Low y “Heroes” (nunca entendí por qué en el título de este último había unas comillas). No obstante, jamás me ocurrió con Bowie lo que con otros iconos del rock de los años setenta a quienes consideraba seres excepcionales pero fosilizados, que me hablaban desde un período geológico ya periclitado; ni siquiera Neil Young fue nunca mi contemporáneo: asistí a su resurrección en los noventa más o menos con la misma actitud del doctor Grant contemplando al Triceratops redivivo en Parque Jurásico. Bowie, en cambio, me vio crecer. Estaba ahí en Yo, Cristina F, la película antidroga de mi generación (todas tienen una), y en todos mis años de instituto hubo un éxito de Bowie, o varios, sonando de fondo a cualquiera de las gilipolleces que me tocara hacer como adolescente. El equivalente del álbum de fotos de mis años ochenta es un sampleado de “Let’s Dance”, “Absolute Beginners”, “This Is Not America”, “Blue Jean”, “Loving the Alien”. Cabe seguir sonrojándose con la estúpida versión de “Dancing in the Streets” que Bowie perpetró junto a Mick Jagger, y es probable que la historia olvide ese despropósito titulado Never Let Me Down. En compensación, Quentin Tarantino nos reconcilió con “Cat People”, que hoy parece compuesta ex profeso para Inglorious Basterds y no para aquella extravaganza de Paul Schrader. Pero esto ya es divagación. Recojamos el hilo.

Hace apenas unas horas que se hizo público el fallecimiento de Bowie. Seguro que en estos momentos echan humo las máquinas de elaborar obituarios, y es más que seguro que leeré todas y cada una de esas semblanzas con avidez, como si se me hubiera muerto un amigo o un maestro. No fue ninguna de las dos cosas, pero fue y es algo más que lo que uno podría argumentar con cierta objetividad, a saber: el talento musical más complejo y dúctil de la segunda mitad del siglo XX, con la sola excepción de Miles Davis. De un modo quizá más íntimo pero no menos público, en mi caso, y desde aquella noche de invierno de 1981, fue el guía oculto de una vocación, no la música, no exactamente la filosofía, no con claridad la literatura, algo que ni siquiera puedo decir que haya practicado con toda la seriedad que se merece, pero que trato de sobrellevar con una sana frivolidad que también le debe mucho a Bowie: emular la “promesa de felicidad” que uno intuía con once años en “Ziggy Stardust”, muchos años antes de saber que era justo así como Stendhal definía la belleza.

Tan solo dos días han pasado desde que se pusiera en circulación el último álbum de Bowie, Blackstar. Lo he escuchado varias veces estos dos días, con la misma avidez de siempre, con la misma sensación de siempre, siempre distinta: la de estar inaugurando en mi propia vida algo nuevo, una nueva etapa. Esta noticia de hoy lo cambia todo: ya no habrá nunca un Bowie con quien medirse, con quien evolucionar y fracasar. Es el momento de asumir aquello que Derrida escribió cuando murió Deleuze: a partir de ahora, tendré que equivocarme solo.

 

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