La semana de los muertos vivientes

Los medios leales redescubren la política vintage. Para qué poner el foco en las últimas y muy calientes hazañas del PP, pudiendo abrir el baúl de los recuerdos, u-u-u, y sacar de él a nuestros queridos y nunca bien valorados Corcuera y Leguina, ya que a Felipe González, desde la última vez, nadie ha conseguido volver a meterlo dentro. A sus anchas se mueven estos espectros de política ficción, como vejetes con sus batallitas en ristre, pero no están aquí para eso, para recrear el pasado, sino para amplificar el futuro, para inventar un futuro a la altura de sus profecías y prevenirnos contra su propia capacidad profética. Empiezo a sentir lástima por Pedro Sánchez. Recórcholis: relean lo que acabo de escribir. ¿Lástima por Pedro Sánchez? ¿En qué estaría yo pensando?

Pensaba en Corcuera. Al que siempre, no sé por qué (o sí), he asociado con José Luis Coll, el humorista, representantes ambos de una modalidad de socalismo-felipismo caracterizada por el lenguaje soez, el habano en la boca, la copa de brandy y la pose jactanciosa de los hombres muy hombres. Carecían de pudor, igual que Felipe González. De hecho, fue el propio González quien puso de moda la exhibición pública del impudor como virtud política. Ética y estética del desencanto. Así se forjó el carisma del gran timonel de la democracia española. Así se lo implantaron: yo, al menos, no recuerdo que González trajera mucho carisma de serie, igual que tampoco José María Aznar era nada parecido a un líder carismático antes de ganar por los pelos del bigote las elecciones de 1996. El carisma, en la política española, es como el bótox: algo que se les inyecta a los ricos y famosos después de serlo, nunca antes.

Los avances científicos suelen producirse a fuerza de descartar entidades y sustancias de esas que lo explican todo cuando no se sabe explicar nada. El éter, el calórico, el flogisto, una tras otra todas esas invenciones fueron cayendo, abonando con sus cadáveres el desarrollo científico. Que a día de hoy sigamos acudiendo al carisma como explicación plausible para ciertos fenómenos sociales solo indica que las ciencias sociales dejan mucho que desear. Como ocurría con el flogisto, que tenía peso negativo, el carisma solo se percibe in absentia: no sabemos en qué consiste, solo somos capaces de reconocer que determinados individuos carecen por completo de él. A Pedro Sánchez le ocurre lo que a todos los presidentes españoles de Azaña (y aun así) en adelante: nadie le atribuye la condición de líder carismático. Se parece demasiado a demasiada gente y demasiado poco a “la gente”. Si yo tuviera que corregir esa circunstancia, lo primero que haría sería darle profundidad, inventar alguna que otra sombra para que su rostro dejara de ser plano como el de un dibujo animado. Y eso solo se consigue por contraste: a Sánchez le pones al lado de un González o un Leguina y es inevitable que salga fortalecido y cargado de personalidad propia. Si el desfile de momias de esta última semana no fue planificado para apuntalar el discutible y discutido liderazgo del aspirante socialista, entonces es que en las catacumbas del PSOE están mucho peor de lo que parece a ras del suelo.

Pertenezco a una generación que nunca se librará del peso muerto de Felipe González, conducator de todas las grandes decisiones que condicionaron la mitad de nuestra vida. No nos sorprende ninguna de sus reapariciones, y en cuanto a Leguina e tutti quanti, damos por sentado que el espectáculo tiene que continuar y con algo hay que rellenar los telediarios a falta de verdades que decir. Pero Corcuera es un límite kantiano, una idea regulativa, un semáforo moral. Corcuera, de entrada, no. Con su imagen en la retina he ido esta mañana a ver una exposición de carteles sobre la insumisión al servicio militar y ese rostro de cemento se ha superpuesto con otro, el de José Manuel Chico, Pin, el primer insumiso asturiano que fue a prisión por serlo. Nos hacemos mayores. Demasiado mayores para seguir escuchando lecciones de quienes supuestamente nos otorgaron derechos y libertades. Para mi generación, Corcuera era parte del aparato que encarcelaba a personas como Pin. En materia de derechos y libertades, parece que está claro quién luchó aquí y quién fue carcelero. Es inexplicable e inadmisible (sí, muy lapidario todo, es lo que tiene sacar a Corcuera a pasear, que se pone de moda hablar y escribir en formato lápida), es también inverosímil, hasta cierto punto, que para formar un gobierno en 2016 haya que escuchar el parecer de un individuo incapaz de pronunciar correctamente “comité” o de dirigirse a una periodista sin que se le note en la jeta un inconfesable “mujer tenías que ser”. Solo espero que se trate de una operación para inyectarle carisma a Pedro Sánchez. Y aun así, insisto, no era necesario. Con Susana Díaz nos bastaba.

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