El candidato independiente

Va cogiendo cuerpo la propuesta de investir presidente del gobierno a un “candidato independiente”. Hace unos meses, cuando se planteó este mismo asunto, hubo quien objetó falta de tradición histórica, hostilidad natural de los españoles a aceptar que les gobierne alguien a quien no hayan votado, y todo esto se dijo sin rubor alguno, como si ni los monarcas ni los dictadores formasen parte de esa misma tradición histórica. Por supuesto que nadie quería referirse a una historia tan histórica, sino tan solo a la más reciente y democrática; por eso es tanto más extraño que no se haya invocado el ejemplo de nuestros vecinos europeos, que siempre tienen la democracia más larga y no se cortan un pelo a la hora de ungir a cualquier espadón postmoderno, con la única condición de que se deje llamar “tecnócrata”. Por lo demás, ese temor a una reacción furibunda, incluso violenta, de la plebe, estaría justificado si hasta ahora se hubiese al menos emplumado a alguno de los muchos políticos corruptos de los que desfilan a diario camino del juzgado (o del senado), pero en vista de la impasibilidad y la paciencia que estamos mostrando, y teniendo en cuenta la contumacia con la que tantos millones de ciudadanos siguen depositando su confianza y su voto en partidos no solo salpicados sino anegados por la corrupción sistémica, a nadie le extrañaría que saliéramos en masa a aplaudir a ese supuesto independiente si de veras lo parece.

En cualquier caso, es evidente que en estos meses ha cambiado el tono de la propuesta, y también el de las reacciones que suscita. Ya no son solo añosos y venerables sarcófagos parlantes los que dan la matraca con el candidato independiente, ahora es también el joven y preparado Albert Rivera quien se apunta a esta novedosa forma de independentismo. De parte de Podemos ya fuimos informados, meses ha, de que no caería mal la puesta de largo de algún personaje de reconocida solvencia, sea lo que sea tal cosa, pero eso fue antes de la caída de Errejón, así que lo mismo ahora ya no van por ahí los tiros o tal vez sí pero no porque la única solvencia reconocible sería la de Anguita y no veo yo que el año del cambio haya dado para tanto. Respecto a aquellos cuya reacción se temía airada y despiadada, a saber, los votantes, mucho me temo que esa indignación en potencia haya perdido potencia, a fuerza de oír a todas horas que España no quiere unas nuevas elecciones, que son muy caras y que, a una mala, ganan los otros.

Y puede que este sea el verdadero problema, pues si bien tanto el PSOE como Podemos y Ciudadanos se las prometían muy felices antes de hacer aguas y hundirse el barco del amor de Pedro Sánchez, en estos momentos cualquiera de los tres tiene tantas probabilidades de mejorar sus resultados electorales como de empeorarlos notablemente. Así que, después de todo, igual ya no era tan mala idea poner a un tecnócrata, a un burócrata o a un ludópata al frente del gobierno, si con eso garantizamos el equilibrio de escaños y sobre todo la posesión de los mismos, que ya hay quien ha pagado la guarde para el año entero.

Con la calculadora en una mano y el cinismo en la otra, el candidato indepe es todo ventajas: para el PP, porque le permite deshacerse de Rajoy sin inmolarse en el intento; para Podemos y Ciudadanos, porque les da la oportunidad de exhibir seriedad y sentido de Estado sin ejercer ni lo uno ni lo otro; en cuanto al PSOE, a estas alturas de la película, uno diría que tanto le da que le da lo mismo. En todos los casos se previene el posible batacazo electoral, que de momento lo pintan calvo, y se diluye la responsabilidad de coadyuvar en ulteriores recortes y ajustes.

Porque esa es la verdadera incógnita: una vez descartada la opción de hacer frente a las políticas de austeridad y a los dictados del Eurogrupo, ¿por qué tardar tanto en formar un gobierno que en última instancia no va a hacer mucho más que ejecutar los mandatos de Bruselas o de la oligarquía patria? Para un viaje tan corto no se necesita otra cosa que gracejo y discreción, llenar bien el chaqué y que no parezca que te acaban de despedir de una pasantía. No ser Rajoy, básicamente. Y eso es algo que está muy lejos de constituir un reto para nadie.

 

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