Estilos de dicción

Por momentos no tengo muy claro que la mejor idea para seleccionar a los representantes del pueblo sea el sufragio universal. Cierto que no hay un sistema mejor, salvo el sorteo (soy un firme partidario del sorteo, dicho sea entre paréntesis pero completamente en serio, aunque ahora no venga a cuento); sin embargo, creo observar una cierta discordancia entre los procedimientos de elección de cargos públicos y el aparato propagandístico que estos últimos utilizan para hacerse los elegibles. Así, es un tanto absurdo que desconozcamos los méritos por los cuales un individuo va a ser nombrado director general o ministro de algo (y que, incluso conociéndolos, no podamos pronunciarnos al respecto), mientras que aquellas personas que se postulan para diputados y diputadas llegan a sernos inverosímilmente familiares, como si importara la formación o la trayectoria profesional de unos representantes que, para serlo, deberían esforzarse precisamente en lo contrario, en ser menos ellos mismos y ser más los demás. Pero así son las cosas, y no parece que podamos hacer mucho por evitar, a corto plazo, que todo dios se siga liando con los límites entre el poder legislativo y el ejecutivo, empezando por quienes ejercen uno u otro (del poder judicial, mejor ni hablamos: me gustaría acabar este artículo sin abusar de los exabruptos y de los paréntesis, aunque ya sea un poco tarde para lo segundo).

Debido a la porosidad de esa membrana que separa (es un decir) a los parlamentarios de los gobernantes, se comprende que los portavoces de los distintos partidos, sus cabezas de lista, se nos hagan visibles en todo el esplendor de sus trayectorias vitales y profesionales, puesto que va implícito en su condición portavocil y capital que, si les adorna la suerte, llegarán a formar gobierno y a tener ocasión de demostrar que saben dirigir algo ligeramente más complejo que un equipo de fútbol-sala. Pero al resto de diputados, a los de cuello para abajo, lo único que debería exigírseles es integridad. Saber si son de fiar, si serán capaces de no ser tanto quienes son y sí ser más quienes los han elegido. No es de extrañar que en democracias más fogueadas que la nuestra sea motivo de dimisión o cese fulminante cualquier desliz que ponga en entredicho la calidad moral de los representantes públicos. En nuestra orgánica democracia de gasógeno, en cambio, viene a dar más o menos lo mismo que un candidato tenga cuentas pendientes con el fisco, con la justicia o con todo ello a la vez, pues nuestro modelo no ha sido nunca el tribuno sino el gobernador civil, y ya podemos darnos con un canto en los dientes que no siga siendo obligatorio el bigotillo de ajusticiar.

La creciente intromisión de los medios en la configuración del espacio político no ha hecho más que agravar todo lo anterior: se sobreentiende que con el escaño va un abono de temporada para tertulias radiofónicas o televisivas, además de la preceptiva cuenta en Twitter. No obstante, y a pesar de esa presión mediática que más de uno encontraría insoportable y poco digna de un adulto, da la impresión de que puede más la inercia (o la pereza) que el orgullo de salir con bien del escrutinio público. Así, la mayoría de sus señorías se acogen a uno u otro de los tres paradigmas discursivos más populares y, por lo mismo, más triviales: el zafio, el recurrente y el cursi.

La zafiedad es el refugio de quien ni sabe ni le importa que se sepa que no sabe. Cuando se alía con una buena mano de prejuicios, da como resultado un tipo de animal político tan mediocre como peligroso, pues lo mismo te suelta un “te quiero un huevo” en la intimidad que un “que se jodan” en sede parlamentaria. En momentos de tribulación, antaño llamados de crisis institucional, estos comportamientos son insólitamente exitosos, mucho más que los del estilo recurrente o (anglicismo mediante) recursivo, caracterizado por montar mentalmente cadenas de tecnicismos y construir con ellos un discurso vacío tanto de contenidos como de emociones: la típica “razón de Estado” que le permite a uno (siempre que uno sea, qué sé yo, José Luis Rodríguez Zapatero) decir en plena tormenta perfecta que “nuestros bancos y cajas, a diferencia de lo que ha ocurrido con las entidades de no pocos países europeos, no han evidenciado problemas de solvencia”.

En cuanto al cursi, una especie relativamente nueva (si exceptuamos a Federico Trillo) en la política española, parece olvidar que la mayoría de las personas no viven en permanente estado de exaltación partidista, y así se aferra a una retórica que no solo produce vergüenza ajena sino que es, además, ineficaz e inútil, y que a duras penas consigue sacarle del mal trago. En cualquiera de los tres casos se trata de disimular una ignorancia, de pasar por sabios y expertos en todo, lo cual es una lástima, pues una exhibición de ignorancia sería doblemente esperanzadora: de un lado, porque nos permitiría medir la altura moral de ese que dice representarnos (la sinceridad es una virtud, al contrario que el abuso de paréntesis), y de otro porque, al no someterse a la dictadura del conocimiento simulado (al negarse a hacer de morlaco, de robot o de rapsoda varado en la orilla del porvenir), serviría para hacer oír la voz de los que nunca son llamados a esos plenos, a esas comisiones, a esas tertulias, precisamente la voz que uno más echa de menos en momentos como este.

 

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