Nuestro Cuarto Estado

Estándar

Parece que avanzan hacia la luz desde el interior de una caverna, pero ese fondo sombrío es un espacio abierto, verde y casi salvaje: Naturaleza en estado puro, solo que en penumbra. ¿No es extraño? Casi podríamos medir en siglos el tiempo que llevan los pintores transitando de la ciudad al campo, del bodegón a la fronda, y estos tipos, en cambio, lo hacen al revés: dejan atrás los verdes pastos en los que triscarían tan campantes no solo las cabras sino el mismo Claude Lorrain en pleno furor báquico; se visten con lo que aparentemente son sus mejores galas pero que, así y todo, el espectador burgués de 1901 aún consideraría ropajes poco apropiados para figurar en una pintura de ese tamaño (293 x 545 cm); y con ese semblante que solemos calificar de adusto (y algún día comprobaremos en el diccionario si lo es o no) pero que más parece un no semblante, el rostro sin estrenar de una multitud de iguales, caminan hacia nosotros, hacia la luz que irradia desde nuestra condición de observadores, más de un siglo después desde que Giuseppe Pellizza da Volpedo determinara que así serían los integrantes del Cuarto Estado, el Pueblo, la Clase Trabajadora. Los que dejan atrás las servidumbres del campo y vienen a enrolarse en el ejército del proletariado urbano. O tal vez los que ni desean ni se proponen dejar de ser campesinos, jornaleros, braceros, sino más bien dignificar su condición de campesinos, de jornaleros, de braceros, y deponen por un día sus aperos y se cruzan de brazos exigiendo lo que, a juzgar por lo convencionalmente adusto de ese semblante multitudinario, no puede ser sino Justicia.

Pardos, marrones, grises. El colorido no abunda. Se diría que al dejar atrás ese paraíso natural de verdes nubarrones han ingresado en una uniformidad cromática y gestual, también sexual o casi: apenas hay mujeres en esa escena, apenas niños o niñas, y muy pocas personas jóvenes. Esas excepciones de sexo y edad van descalzas. Esos pies desnudos parecen hablar, nos dicen que los zapatos son un bien costoso, el privilegio de quien puede pagárselos y calzárselos cuando tiene la oportunidad (un día en la vida) de no estropearlos pisando terrones, barro, maleza, estiércol, todo aquello que uno no pisa con sus zapatos nuevos porque tienen que durar, un buen par de zapatos es para toda la vida. Así sabemos que si ellos van calzados es porque se dirigen a algún lugar donde podrán exhibir esos zapatos con orgullo, mientras que ellas, las mujeres, al igual que los jóvenes, parece que no importe que vayan descalzas puesto que ni siquiera se espera de ellas que vayan a ninguna parte.

Siempre me ha intrigado la mujer con el niño, en primer plano, esa que se dirige a la figura central con un gesto que parece suplicante mientras esa figura central, ese hombre del sombrero y la chaqueta al hombro, no da la menor muestra de haberla visto, de estar oyéndola, ni siquiera en el caso de que, en lugar de suplicarle, en lugar de tratar de disuadir a ese hombre, lo que esa mujer esté haciendo sea, al contrario, alentarle. ¿Camina ese hombre por ella, o contra ella? ¿Camina a pesar de ella, o por su causa? De todas las preguntas retóricas que suscita esa pintura, y de las no retóricas, la que más me interesa tiene que ver con la función de esa mujer en el cuadro: ¿no estaría hoy, más de un siglo después, en el centro de la composición esa mujer, y no el hombre? ¿Podemos imaginar un Cuarto Estado del siglo XXI que no sea intrínsecamente femenino?

Acertó Bernardo Bertolucci al elegir El Cuarto Estado como icono de su ya de por sí icónico Novecento. Esos trabajadores son multitud pero también identidad: son clase. Cada uno de ellos un ejemplar del género / la clase / el conjunto. Intercambiables, en ellos se realiza la conversión de lo cuantitativo en lo cualitativo, para la cual no hay marcha atrás: uno no vuelve a tener un rostro propio después de haber adoptado el de la multitud. Así lo comprendió también Alan Moore al cubrir el rostro del héroe de V de Vendetta con la máscara de Guy Fawkes: el efecto multiplicador de esa máscara sobre la multitud que planta cara a la policía al final de la película de James McTeigue (no así en la novela gráfica original) no es, sin más, el de infundir pavor sino, antes bien, el de superponer una nueva identidad, ni individual ni colectiva sino genérica. No es de extrañar que esa muralla de Fawkes se haya convertido en referencia iconográfica de la ola de protestas de los últimos años, igual que la muralla de trabajadores de Pellizza da Volpedo cumplió esa función en tiempos no tan lejanos pero ya no coetáneos. La multitud de Pellizza ya no es nuestra, aunque siga habitando el inconsciente mitológico de una parte de la izquierda política y sociológica.

No ha muerto la clase obrera: se ha cambiado de ropa. Ha dejado de tener ese rostro uniforme, cariacontecido, el semblante adusto (lo he mirado: que es excesivamente rígido, áspero y desapacible en el trato) de un pater familias con conciencia histórica. No es mal sustituto esa máscara blanca, circense, en la que pueden confluir identidades diversas con sus diversas lenguas, sexualidades, pigmentaciones y destrezas. Ahora, hablar de clase obrera en los términos de Pellizza da Volpedo, teniendo en mente esa pintura y no los talleres brasileños de Inditex o las motos agónicas de TelePizza, es algo parecido a utilizar el telégrafo para dar un aviso urgente: menos y más que obsoleto: una boutade.

Recientemente he visto El Cuarto Estado luciendo como fondo de pantalla en el ordenador del presidente socialista asturiano, Javier Fernández. Sosteniendo esa pantalla, a modo de plinto, se hallaba el Diccionariu de la Llingua Asturiana, cumpliendo así el cometido que uno da a los libros que no piensa abrir jamás. La imagen me pareció excesivamente elocuente, tanto que parecía obedecer a un cálculo preciso, a una intención provocadora. Ignoro si hubo tal cosa y no me importa demasiado: en su conjunto, esa imagen ilustra la noción de clase trabajadora que poseen ciertos personajes poderosos que se dicen de izquierdas, a saber, un icono puramente ornamental y, además (así lo atestigua el diccionario yacente), privado de voz y de palabras. Como si hubiésemos vuelto a la casilla de salida y necesitáramos, después de todo un siglo, que Pellizza da Volpedo, o alguien como él, nos pintara de nuevo.

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[Publicado en A Quemarropa, 11 de julio de 2016.]

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