Cambio de hora

Estándar

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween.

Así que no me hagan mucho caso si les confieso que no me gusta un pelo el estilo de Gabriel Rufián. Ayer en el Congreso volvió a sacar su copichuela de Anís del Mono y, otra vez, caca, culo, pedo, mientras el chulo alfa de Eduardo Madina hacía ademán de levantarse de su escaño para darle dos hostias. Madina es un chulillo old style, todo amagar y ladrar cuando lo arropa la cuadrilla, pero Rufián tiene un problema más serio, porque es nuestro chulillo y nuestro problema, el del rojo que no tiene ni media hostia y pretende igualar fuerzas con su contrincante a base de ponerse épico y (contradictio in terminis) sincero. Ni puto caso le hicieron los que a partir del miércoles van a seguir cortando y recortando el bacalao. Hasta Rajoy puso cara de alivio, después de haberse pasado todo el discurso de Pablo Iglesias con cara de que quién me mandaría a mí venir al Congreso con un paraguas metido por el culo.

¿Es esto lo que toca? ¿Meterse con el bolchevismo mentolado de Rufián cuando por esa cámara ayer desfilaron dos Hernandos dos, sosteniendo el palio de un Rajoy que sale triunfante una vez más sin haberse tomado la molestia de enterarse de que se estaba rifando algo? Lo grave no es Rufián, ni mucho menos. Es solo que Rufián hace patente lo que menos necesita uno en vísperas de una batalla, a saber, darse cuenta de que la munición es de fogueo.

Lo rufianesco es un síntoma. Síntoma de debilidad y de inconsciencia de esa debilidad. No es la retórica del que no tiene nada que perder, sino la del que no tiene nada que ganar porque ha asumido que su sitio en el mundo es justo ese: cinco minutos de gloria o desahogo, ganarse el aplauso de los colegas, hacer ambas cosas con cara de trascendencia, como si el carril de aceleración de la Historia pasara por mi cuarto de baño. Si lo de ayer hubiese sido en OK Corral, Rufián habría sido el primero en caer de cabeza en el pilón del patio, con tres tiros por la espalda y sin que nadie se hubiera tomado la molestia de apuntarle.

Le dan el Nobel de Literatura a Bob Dylan y a Gabriel Rufián le darán el del político más irrelevante de la actual legislatura. Lo celebraremos. Nos pasaremos el resto de la legislatura dándonos palmadas en la espalda por lo bien que lo hizo Rufián y la cara que se les quedó a los intelectuales cuando le dieron el Nobel a Dylan, haremos porras a ver quién acierta cuánto tiempo de vida le queda al PSOE y sacaremos pecho cada vez que los diputados de Podemos abandonen el hemiciclo porque les pica el niqui. Todo bien, pero nos acaban de secuestrar el Congreso de los Diputados y parece que hayamos perdido el festival de Eurovisión.

Se me pasará. Mañana ya estaré bien y les diré que Dylan se merece el Nobel, Stoner es una gran novela y Rufián un orador de primera. Y que Oceanía siempre ha estado en guerra con Eurasia.

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