Creo que mi vecino es Donald Trump

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir.

Vaya por delante que no me alegro en absoluto de la victoria de Trump. Objetivamente es una mala noticia. Pero tampoco es que me hubiese alegrado la victoria de Hillary Clinton: sencillamente, no me habría inquietado tanto, eso es todo: Clinton representa la permanencia, la continuidad no respecto a las políticas de Barack Obama sino con relación a lo que uno espera de los juegos del poder en los Estados Unidos. “Ha ganado Wall Street”, diríamos, maquillando de indignación lo que no sería sino alivio, y no faltaría quien se jactara de haberlo previsto, habida cuenta de que el establishment lo tiene todo atado y bien atado. En cambio, con Trump ha ganado la incertidumbre, y por eso a esos niños, y a los adultos de los que sacan sus impresiones sobre política internacional, les da la sensación de que todo es posible, hasta una Tercera Guerra Mundial. El diario El País lo recogía así en su edición digital: “Trump, un populista con un discurso xenófobo y antisistema, rompe los pronósticos de los sondeos y logra una victoria que aboca a su país a lo desconocido”.

No solo El País ha vendido la especie de que Trump representa el triunfo del populismo, de la América profunda, de la xenofobia estructural de una gran parte de la clase trabajadora norteamericana. Pero el próximo presidente de los Estados Unidos no es ningún granjero de Tennessee que destila whisky en un alambique clandestino mientras su hermana mayor y a la vez segunda esposa da a luz a su sexto hijo deficiente en un rincón de la pocilga. Donald Trump es un neoyorquino cuya fortuna asciende, según la revista Forbes, a 4.100 millones de dólares, esto es, está mucho más cerca de parecerse a Clinton que al honrado Cletus de Los Simpson. No es posible que cuando incidimos en su condición de “antisistema” nos estemos refiriendo al sistema capitalista o al de libre mercado, antes acertaríamos si nos refiriéramos al sistema métrico decimal.

Naturalmente, el sistema que supuestamente pone en jaque Donald Trump se sitúa en el orden del discurso y no en el de la distribución de la riqueza. Ahí radica la principal semejanza de fenómenos como el suyo con el fascismo histórico, en su condición de antagonistas de lo que resulta aceptable desde las convenciones de las democracias representativas. Más allá de esto, las semejanzas se desdibujan, por más que, a fuerza de manejar una noción débil de “fascismo”, tendamos a meter en ese saco a cualquier personaje u opción política con tintes autoritarios.

Es más que probable que el futuro nos acabe juzgando con dureza por no haber opuesto más resistencia a Donald Trump (o a Manuel Valls), pero si queremos que ese juicio no sea todavía más lapidario haríamos bien en replantearnos las dimensiones de las catástrofes y en empezar a dirigir nuestras reacciones conforme a hechos probados y no en función de las alharacas de los grupos empresariales de opinión. Convendría analizar a quién beneficia que la única alternativa a Trump en estos comicios fuese una candidata que, para empezar, se ganó su nominación haciendo trampas y cuyas ideas (y prácticas, pues no en vano ha formado parte de varias administraciones en los últimos años) no distan tanto de las del candidato ganador.

Los europeos hemos sobrevivido a Boris Yeltsin, a Silvio Berlusconi y (de momento) a Vladimir Putin. No es imposible que Trump haga saltar la casa por los aires, pero que sea él quien lo haga, y no haya sido uno de los citados, tiene más que ver con la suerte que con la racionalidad o la oportunidad. Mientras eso ocurre, recordemos que si entre Europa y África no hemos construido un muro es solo porque la Naturaleza ha dispuesto todo un Mar Mediterráneo que se cobra cerca de 4.000 víctimas mortales al año y que, para los que sobreviven al mar, España dispone de varios Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) que son periódicamente objeto de denuncias por parte de organismos internacionales. Ninguno de esos hechos probados ha servido para sensibilizar al electorado español contra los partidos políticos y los candidatos que defienden esas prácticas. Tengámoslo en cuenta la próxima vez que acusemos a Cletus de algo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s