De los deberes (I)

En mayo de 2013 se convocó la primera huelga conjunta de la comunidad educativa en España: no solo el profesorado y el alumnado la secundaron, sino también las familias, los padres y las madres. La experiencia se repitió en octubre de ese mismo año. A lo largo de 2013, 2014 y 2015, no solo los estudiantes y los docentes salieron a la calle contra la LOMCE y los recortes en educación, sino también, y muy especialmente, esos padres y esas madres de quienes constantemente se reclama una mayor implicación en la educación de sus hijos e hijas.

Pertenezco a un colectivo, el del profesorado de la enseñanza pública, cuya oposición a la LOMCE podría haber sido mucho más contundente y decidida. Se trata del mismo colectivo que ha visto cómo aumentaba su jornada laboral y se incrementaba su carga de trabajo a causa de los cambios introducidos por el gobierno del Partido Popular. Los estudiantes y sus familias no fueron a la huelga ni a parar el tráfico en las concentraciones de la Marea Verde por solidaridad con nosotros, o no solo por eso, sino para manifestar su rechazo a una ley que supone un desvarío absoluto y que no solo no mejorará la calidad de la enseñanza sino que la empeorará notablemente (de hecho, ya lo está haciendo), pero indirectamente también se protestaba contra el deterioro sufrido por las condiciones laborales del profesorado.

Hace unas semanas tuvo lugar la primera huelga de deberes en la historia de la educación española. De repente, parece que haya un enfrentamiento entre el profesorado y esas familias cuya implicación aplaudíamos en 2013 como un gran avance. ¿O tal vez no es así? ¿No estaremos otra vez dejándonos llevar por ese fetichismo de los conceptos que identifica y enfrenta colectivos sin ver en ellos fisura alguna, los profesores contra las familias, como totalidades en las que no cabe distinguir ni matices ni subconjuntos? Me temo que algo de eso hay: es más sencillo enfrentar si no se hacen distingos.

Me cuesta creer que un profesor que haya aplaudido la implicación de las familias en el rechazo a la LOMCE se sienta ahora agredido por que esas mismas familias le pidan que no ponga tantos deberes. A no ser que no se trate de las mismas familias o de los mismos profesores. Me temo que no podremos salir de dudas al respecto, aunque no es demasiado verosímil que los padres y las madres convocantes sean firmes partidarios de la LOMCE y las reválidas. No me siento autorizado a afirmar que los profesores más beligerantes con la huelga de deberes sean al mismo tiempo los más entusiastas de la nueva ley de educación, pero tampoco tengo razón alguna para pensar lo contrario.

Naturalmente, me baso en mi experiencia personal: yo agradecí en 2013 esa implicación de las familias y no me siento ahora, en 2016, agredido por una huelga de deberes que, por otra parte, como padre de una alumna de Primaria, me siento inclinado a apoyar.

Que esta huelga de deberes se produzca ahora, y no antes, tiene que tener una explicación, y no me vale el recurso a la relajación de las costumbres, ese que sale a la luz cada vez que queremos una explicación sencilla para una situación compleja, ya sea la caída del Imperio romano, la Reforma luterana o la Revolución francesa. Los más críticos con la iniciativa están más ocupados combatiendo las razones de los convocantes que analizando las causas de la convocatoria. Sin embargo, algunos de ellos han deslizado aquí y allá algún dato significativo para tratar de entender por qué ahora: precisamente el aumento de la carga laboral del profesorado, el cambio producido en los planes de estudios, la obligación de desarrollar unas programaciones didácticas que en ocasiones parecen diseñadas no tanto para instruir como para destruir vocaciones docentes y estudiantiles. Efectivamente, lo que antes no estaba y ahora sí es la dichosa LOMCE.

La LOMCE estresa al profesorado. No es de extrañar. Ya es más de extrañar que ese estrés no se vuelque en combatir su aplicación sino que se descargue aumentando las tareas de los alumnos. O sería de extrañar si el colectivo al que pertenezco se hubiera caracterizado por defender con uñas y dientes la calidad de la educación, pero no es el caso, y bien que lo siento: las huelgas del profesorado en España son algo ocasional, tímido y casi anecdótico, y dan una impresión objetiva de desencanto, sumisión y aceptación de cuantos cambios legislativos nos sean impuestos. En privado, e incluso en público, nos podemos pasar horas señalando la responsabilidad de los inspectores, de los equipos directivos, de las familias, de los estudiantes, de las leyes, pero casi nunca nos señalamos a nosotros mismos, los únicos de cuya conducta somos parte responsable.

Desde luego, la culpa no es de IKEA. Que el anuncio de esa compañía en que se demoniza las tareas escolares coincida en el tiempo con la primera huelga de deberes no debería distraernos: también IKEA lanzó hace unos años aquello de la “república independiente de mi casa” y nadie en su sano juicio acusaría a los suecos de estar alentando el Procés Constituent en Cataluña. Correlación no es causalidad.

Ni la campaña de IKEA obedece a ideales pedagógicos ni la huelga de deberes es la punta de lanza de la multinacional sueca contra el sistema educativo español. No obstante, en el anuncio de IKEA, cuyas tiendas están abiertas hasta las diez de la noche, están muchas de las claves que permiten entender la oportunidad de esta huelga y el debate subsiguiente. Permítaseme añadir un tercer ingrediente: se llama Sánchez-Dragó.

Sánchez-Dragó declaraba a la prensa un día de estos su oposición a la sanidad pública. “La sanidad pública no debería existir”, afirmó, confirmando las peores sospechas sobre su estabilidad mental. Allá Sánchez-Dragó con sus ilusiones anarcoinfantiloides sobre sus posibilidades de supervivencia en una sociedad a lo Mad Max (y sus deseos de que, encima, sus libros tengan lectores en ese escenario postapocalíptico). Lo sintomático, aquí, es ese individualismo al que una gran mayoría social se apunta en mayor o menor medida. Ese individualismo exacerbado e ingenuo constituye el marco de la discusión, no una de las partes enfrentadas, y eso es justamente lo más preocupante de todo este asunto: que tanto los defensores del derecho de las familias a tener tiempo libre como los paladines de la cultura del sacrificio y el esfuerzo hacen causa común a la hora de señalar al individuo soberano como sujeto y objeto de la educación. Aquí hay un problema, y no es de esos que se arreglan fácilmente.

Así que vayamos por partes.

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