De los deberes (II)

No se subraya lo suficiente que, en España, desde la suspensión del servicio militar obligatorio, la única obligación jurídica constrictiva del tiempo es la escuela. Del tiempo del que uno dispone y con el que uno negocia en el mercado de trabajo. En un marco de economía de mercado, ninguna institución estatal que constriña el tiempo está destinada a perdurar, salvo que sea absolutamente funcional, como lo fue el ejército durante décadas. Si el sistema educativo se ha salvado de la poda, es solo porque viene revestido de una funcionalidad a prueba de bomba: la reproducción simbólica de la sociedad, por utilizar la célebre expresión de Bourdieu y Passeron: la escuela como institución donde uno aprehende la estructura de las relaciones entre clases sociales, donde la acepta, se habitúa a ella y adquiere los elementos discursivos de los que depende su legitimación. A esta función fundamental se añade otra, secundaria, a saber, la transmisión de unos saberes cuyo peso y preponderancia varían con el paso del tiempo.

Así, cuando algunos profesores se quejan de haber perdido autoridad, esa queja hay que tomarla como lo que es: una señal. Nos quejamos cuando algo nos duele, y nos duele algo cuando nuestra salud no es óptima. Los profesores que ven como algo negativo esa pérdida de autoridad sobre sus alumnos, no están lamentándose de un deterioro de su calidad de vida, o no solo, sino que alertan de la pérdida de fundamento de la institución a la que pertenecen.

Si la educación es el último bastión constrictivo del Estado, no es absurdo preguntarse si estos “ataques” a la autoridad educativa no estarán enmascarando el último envite del mercado contra las constricciones heredadas. Así fue como el servicio militar dejó de ser obligatorio: cierto que fue determinante la resistencia de miles de jóvenes insumisos, pero también es cierto que esa constricción limitaba considerablemente el desarrollo de las fuerzas productivas en la sociedad española de finales del siglo XX. ¿Eran compatibles el desarrollo de la libre empresa, la flexibilización de los horarios laborales, el fomento de la formación continua, la inoculación de espíritu emprendedor y todas las demás zarandajas liberales, con la costumbre de tener a miles de reclutas perdiendo nueve meses de su vida sin hacer nada productivo? Por supuesto que no lo eran.

Ahora bien, quien está en condiciones de deslegitimar una institución tan venerable como la escuela no es, ni puede serlo, el conjunto de los estudiantes, por la sencilla razón de que estos, al contrario que los insumisos al servicio militar, carecen de los instrumentos de presión para hacerlo. Para empezar, los estudiantes siempre han puesto en cuestión la legitimidad de la escuela: es consustancial a su posición en el juego educativo, y en ocasiones ese cuestionamiento también es funcional: lejos de preocuparse, las autoridades educativas acostumbran a tomarse bastante a la ligera el abandono escolar cuando quienes lo practican son las clases trabajadoras, precisamente aquellas donde tradicionalmente ha sido mayor esa resistencia a la autoridad educativa. Ninguna de las medidas adoptadas en las últimas décadas para reducir ese abandono ha surtido efecto: los alumnos más conflictivos (disruptivos, o sea) siguen siendo expulsados de los institutos, solo que ahora el procedimiento para hacerlo es más largo, más costoso, más legalista, pero igual de eficaz. Si las cifras de abandono escolar son actualmente menos escandalosas que hace unos años, eso es debido, en parte, a esa ingeniería burocrática que facilita el maquillaje de los datos, pero también, en buena medida, a que las clases trabajadoras han interiorizado la creencia generalizada en la movilidad social y en la utilidad de las titulaciones académicas, justo a la vez que las clases medias han empezado a darse cuenta de la devaluación de esas titulaciones y de que la movilidad social, en efecto, existe, pero solo hacia abajo.

Son las familias, y más concretamente las familias de clase media, quienes están en condiciones de servir de instancia deslegitimadora del sistema educativo. Por lo pronto, poseen motivos más que suficientes para hacerlo: los deberes son un buen ejemplo, pero no el único.

¿A quién molestan los deberes escolares? Ciertamente, no a los alumnos que no tienen la menor intención de hacerlos. No es ninguna novedad. Tampoco lo es que gran parte de los alumnos lleguen a clase con los deberes sin hacer. Cualquier profesor medianamente despierto puede constatar que, por lo general, los alumnos que traen los deberes sin hacer pertenecen a familias que no se preocupan por las tareas escolares o que no están en condiciones de supervisarlas: familias refractarias a la escuela o familias donde los horarios laborales impiden a los padres y a las madres ayudar a sus hijos e hijas con esas tareas. Hasta ahora, esa situación incidía en el rendimiento académico de los estudiantes: a menor apoyo familiar, menor rendimiento escolar, notas más bajas, probabilidades más altas de abandono temprano. Puesto que también se cumplía la correlación entre esas actitudes y la pertenencia a las clases trabajadoras, la situación que he descrito reforzaba la función selectiva de la escuela: los alumnos que pasaban a Secundaria con un desfase curricular significativo y cuyas probabilidades de terminar la Secundaria eran bastante reducidas, acabarían desempeñando una profesión no cualificada igual que sus padres.

Si he utilizado el pasado para referirme a esa situación no es porque esta no se siga dando, sino porque, mientras no cambió nada más, ni hubo huelgas de deberes ni las quejas del profesorado superaban los límites de lo admisible. Tengamos en cuenta que esas quejas no fueron socialmente significativas hasta que empezaron a provenir de los profesores de Secundaria: los maestros de Primaria se han quejado siempre, en general, de esa constante resistencia del alumnado y de las familias a aceptar la autoridad escolar, y si no se han quejado más, esto es, si esa resistencia no llegó nunca a unos niveles críticos, ello es debido a que se mantenía, hasta hace muy poco tiempo, la autoridad pedagógica que la legitimaba internamente. Para decirlo rápidamente, la mayoría de los padres y las madres de clase trabajadora, pero también de las clases medias, sabía menos que los maestros de sus hijos e hijas. Otra dificultad, añadida a las anteriores, para ayudar en casa con las tareas escolares: a partir de cuarto curso, la competencia de muchos padres y muchas madres no alcanzaba el nivel exigido por la escuela a sus alumnos, de ahí que estos tuvieran que arreglárselas solos, de ahí también que, ante una calificación, un examen, un trabajo escolar, las familias prefiriesen inhibirse frente a la actuación de los maestros, pues se les reconocía a estos una competencia científica de la que los padres y las madres carecían.

Esto ya no es así, en absoluto: los colegios están llenos de niños y niñas cuyos padres y madres poseen una titulación académica de nivel superior a la de los maestros. Sería ingenuo suponer que esto no iba a influir en la autoridad pedagógica. Cuanto más ascendemos en la pirámide social, más evidente es ese cambio social: acostumbrados a unas clases medias que, hasta no hace mucho, eran monolingües (o bilingües forzosas si su lengua materna era una lengua minorizada) y carecían de formación reglada en sus profesiones, no nos hemos dado cuenta de que, en la actualidad, no solo esas clases medias sino buena parte de las clases trabajadoras poseen unos conocimientos y dominan unas destrezas que capacitan a esos padres y a esas madres para juzgar la competencia de los maestros de sus hijos e hijas.

Houston, tenemos un problema.

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2 comentarios sobre “De los deberes (II)

  1. Xandru, da gusto leer como escribes y digo que estamos en un proceso institucional de des.escolarización inconsciente. Bordiau y Passaron a la Historia indefinible. Lxs hijxs de la midle class se llevan a sus padres, ex.cesivamente democráticxs por delante, cuando se rebelan.
    El estado actual funciona grazie a los funcionarixs. Desclasados, cultigados y ausentes de cualquier servicio social, militar, civil, creativo.
    El individuo flotante en crisis de personalida está en boga.
    Los eeberes con el funcionamiento del estado es el de la evolución consciente mental, espiritual, creativa y artística.
    ¡Puxa asturxs! y Bi.Bac el Universo Galáctico!!!!!!!!!!!!

    1. “El individuo flotante en crisis de personalidad” es una cita sin nombre del libro de Pablo Huerga Melcón titulado ” El fin de la Educación”, La cita ya tiene nombre y el fin de la educación está en crisis.

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