Vistalegre II: Más allá de la cúpula del Telegram

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No me saco de la cabeza aquella escena de Morir todavía en la que el psiquiatra (Robin Williams) explicaba al detective (Kenneth Branagh) cómo dejar de fumar: “Uno es fumador o no fumador. No hay término medio. El truco consiste en averiguar qué es lo que uno es, y serlo”.

Averiguar qué es lo que uno es, y serlo. De eso tratará el próximo congreso de Podemos, el llamado Vistalegre II, aunque muchos de los protagonistas e invitados al concilio aún crean que se trata de otra cosa, de algo así como reconstruir, reorganizar, rediseñar o alguna otra tarea con el prefijo re-. Otros, más experimentados pero igual de ingenuos, esperan saldar cuentas pendientes desde el primer Vistalegre. Son estos últimos los que más comulgan con la radiografía del partido que está en todos los medios de comunicación y que lo muestran como un agregado de tres facciones y media: la facción pablista (sector UJCE y allegados, incluidos algunos arrojados garzonistas), la facción anticapi (a la que se sumaría cierto sector quincemayista, desencantado con la deriva del partido y que ya estaba con un pie fuera del mismo, si no con los dos: este sector es la media facción) y la facción errejonista (muy homogénea, bastante más que cualquiera de las otras dos por separado). La alianza de las dos primeras facciones (y media) parece ponérselo difícil a la tercera, cuyos presuntos integrantes acaban de firmar un manifiesto alertando del riesgo de una involución democrática en Podemos. Es curioso esto, y bastante gracioso, como si la trayectoria de Podemos hasta ahora fuese la de una praxis democrática inmaculada, pero no es del pasado de lo que toca hablar ahora.

O sí. Hablemos del pasado. Del primer Vistalegre. De allí salió un partido que hasta entonces no existía, que solo consistía en la coexistencia de aspiraciones y percepciones facetadas: cada activista de Podemos veía en Podemos lo que quería ver, y es normal, puesto que no había una esencia construida, nada a lo que poder identificar con “el espíritu del Partido”, por emplear la venerable expresión del PCUS en su XX Congreso. Más que un espíritu, era un agregado de espectros.

De Vistalegre salió la “maquinaria de guerra electoral” y luego vino todo lo demás, la disolución de los círculos (que se llamó “validación”, a la orwelliana), la dimisión de Monedero, la cooptación de cargos internos, etcétera. Podemos devino lo que ahora es, y dejó de ser definitivamente lo que nunca había sido por mucho que algunos de sus militantes y simpatizantes lo hubieran/hubiéramos creído o imaginado.

Hasta que algo falló en la maquinaria de guerra y Podemos no solo no ganó las elecciones sino que se quedó en un decepcionante tercer puesto. No faltaron entonces los análisis y a ellos me remito, incluso a los más disparatados. Me contentaré con señalar dos elementos importantes: el primero de ellos, que solo mencionaré, la desarticulación de los círculos, que centrifugó a buena parte de la masa crítica que había proporcionado a Podemos un tejido conjuntivo sin el que aún no podía valerse por sí mismo; el segundo, sus carencias programáticas. Este último punto merece un párrafo aparte.

Podemos no es un partido de programa. En este aspecto difiere notablemente de los partidos de la izquierda histórica. No es solo así por el peso de las tesis laclavianas-errejonistas (aquello de los significantes vacíos, el populismo y todo lo demás), sino por las particularidades de su construcción, en la que han intervenido tradiciones de pensamiento y activismo político difícilmente conciliables. Teniendo como horizonte un proceso constituyente y la articulación de una mayoría social que lo protagonice, la carencia de líneas programáticas fuertes no es necesariamente un drama, sino que puede ser justo lo contrario. Pero hay tres aspectos en los que esa carencia se vuelve dramática, y son los que tienen que ver con la forma de Estado, con el encaje en Europa y con el modelo territorial. En el primero, Podemos reveló sus limitaciones al no cuestionar decididamente el “núcleo irradiador” de la transición, a saber, la monarquía. En el tercero, sembró más de una duda razonable acerca de lo que en la mente del intelectual orgánico de Podemos significan cosas como “patria”, “pueblo” o “derecho a decidir”. Pero fue el segundo aspecto el que puso de manifiesto una debilidad estructural en el discurso del partido, debido precisamente a lo mucho que ese discurso depende de la crítica a las políticas de austeridad y al papel subsidiario del Estado español en el escenario macroeconómico europeo; que en mitad del proceso de crecimiento de Podemos se produjera el referéndum griego y la consiguiente pérdida de credibilidad de Syriza, no hizo más que echar sal en una herida que ya existía, pero supuso un golpe simbólico de considerable importancia.

Un congreso de Podemos donde no se aborden esas tres cuestiones es, a mi modo de ver, tan útil y apasionante como el congreso del PP que se celebrará en las mismas fechas. Pero algo saldríamos ganando (el sujeto es problemático: no es Podemos, no es la izquierda, no son las clases populares, pero es todo ello a la vez) si al menos en Vistalegre II llegara Podemos a averiguar lo que es y se decidiera a serlo. Averiguar lo que es, no empeñarse en ser lo que no es, ni en aparentar lo que no quiere ser, ni en convertirse en lo que no puede ser. Podemos no es el partido-movimiento que existió como posibilidad (solo como posibilidad) en sus orígenes, tampoco es el apéndice instrumental de un movimiento ciudadano que solo opera como referencia simbólica de (algunos de) sus discursos, y desde luego no es el nuevo rompepistas de la izquierda española, por mucho que se empeñen Pablo Iglesias y Alberto Garzón. Respecto a esto último, cabe la posibilidad, en efecto, de que Iglesias se lleve el gato al agua y se apropie del nombre y del poder institucional de Podemos para reinaugurar Izquierda Unida, pero estoy convencido de que esa posibilidad implica la destrucción de Podemos, y también creo que eso es algo que anticapitalistas y quincemayistas saben perfectamente, lo mismo que saben que Iglesias no ha sido hasta ahora un rehén de Errejón sino, básicamente, un freno y un peligro.

Para llegar a ser lo que es, Podemos desahució a muchos de sus militantes, los dejó fuera, así es, y con ellos bloqueó muchas posibilidades de lo que podría haber sido, pero esas posibilidades no van a volver por muchos cambios que se introduzcan en Vistalegre II, pues no pertenecen a lo que es Podemos, sino a lo que no es. La dialéctica es así. Lo demás es idealismo. Cierto que Podemos posee tal capacidad de arrastre y, por así decir, infección, que a esos desahuciados, entre los que me cuento, les está costando un triunfo recomponer sus brújulas, pero estas no se arreglarán por arte de magia favoreciendo un cisma en Podemos y convirtiéndolo en el nuevo contenedor de la izquierda soviet style donde todos tengan su voz y ninguno una mínima capacidad de transformación social. En cambio, no solo Podemos ganaría si supiera mirarse al espejo y asumir que, con todos los errores cometidos, su razón de ser sigue siendo la que era antes del primer Vistalegre: antes podría plantar cara a los retos que tiene pendientes (los tres, en primer lugar, que he señalado) y antes podrían esas otras voces reorganizarse civil y civilizadamente, porque ya hace tiempo que es necesario algo más (o algo menos) que Podemos.

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