El tonto del pueblo

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La semana pasada, Owen Jones escribía a propósito de la masacre de Alepo y decía: “Aquellos que apoyaron las guerras en Irak y Libia se sienten desprestigiados por el derramamiento de sangre y las calamidades que se sucedieron. Aceptan que los campos de la muerte de Irak y el Estado desintegrado de Libia debilitaron sustancialmente los argumentos morales a favor de la intervención occidental”. Jones se refería a la postura de los parlamentarios británicos que tumbaron la propuesta de una intervención militar en Siria, pero la descripción se corresponde bastante bien con el estado de ánimo de muchas personas que aceptaron al menos la intervención en Libia como mal menor frente a la crueldad desbocada que reflejaban entonces los medios de comunicación.

Pero refugiarse constantemente en la pasividad con el argumento de que los bombardeos matan inocentes es algo que a la larga pasa factura y puede acabar alimentando demonios aún peores que los que trata de contener. Cierto que, en un contexto de atrocidades constatadas, autorías confusas, informaciones fragmentarias y contradictorias, intereses económicos no declarados e intrigas geopolíticas con agendas ocultas, el punto de vista individual, subjetivo, con toda la emotividad que lleva aparejada, tal vez debería quedar en suspenso. Pero esa actitud, con ser la más prudente, no deja de ser tan irresponsable como la del que apoya sin matices la causa de la guerra justa o la del que condena la injerencia extranjera en los asuntos de un Estado soberano. Al menos, en apariencia.

Confieso que, cuanto más me informo de lo que ocurre en Siria, menos me entero. A lo mejor el problema es mío y tengo que hacer algo con mis habilidades cognitivas, pero tengo la impresión de que mi perplejidad se corresponde con un estado de cosas efectivamente complejo, confuso y deliberadamente enrevesado. Y es difícil tomar partido en un escenario como este. Consuela, hasta cierto punto, pensar que daría igual el partido que uno tomara, habida cuenta de la propia insignificancia. Tal vez eso explique por qué los escenarios políticos complejos son el caldo de cultivo ideal para los discursos éticos: se diría que solo una escuadra de valores absolutos podría intervenir en lugares como Alepo sin dejar tras su paso un reguero de cadáveres. Pero tampoco es así: sospecho que más de un yihadista actúa movido por creencias que ponen en juego valores absolutos en un contexto de ignorancia tan palmaria como la mía pero más peligrosa, pues en mi caso no existe el riesgo de que mi entorno social y cultural acepte la decapitación del infiel como conducta plausible.

Cabe, no obstante, extremar la prudencia como escudo frente a la soberbia irresponsable del que carece de empatía. No me refiero al que detenta posiciones dogmáticas sobre quién es aquí el malo y quién el bueno, quién el opresor y quién el oprimido: me refiero al que no es culpable de haberse equivocado porque sencillamente no tiene la menor intención de ponerse en la piel de las víctimas del conflicto sirio. Me refiero a gente como Percival Manglano y a los que como él aprovechan la menor ocasión para llevar el agua a su molino de estupideces. El silencio es una postura muy digna cuando el que más habla es el tonto del pueblo.

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