Autoparodia revertiana (sin fondo de arcabuces)

El crítico Vicente Luis Mora tiene por costumbre explicar, cuando reseña un libro, qué tipo de relación mantiene él con el autor y la editorial del libro en cuestión. Me parece una costumbre magnífica y digna de ser copiada. Así pues, ahí va. Relación con Arturo Pérez-Reverte: ninguna. No nos hemos visto en la vida. Rizando el rizo, sería justo mencionar que la revista digital de la que es cofundador, Zenda, publicó un par de reseñas de mi última novela, y las dos bastante elogiosas. De modo que, si por ahí hay algo que rascar, más tendría que ver con la gratitud que con el resentimiento. Nobleza obliga.

Habiendo aclarado todo esto, y habiendo anunciado que esto trata de Arturo Pérez-Reverte, es el momento de devolver esos gerundios al atestado de la Guardia Civil del que hayan salido y ponerse manos a la obra. No sé muy bien para qué, y la verdad es que debería encontrar otra cosa que hacer: tengo una novela recién terminada y estoy buscando editorial, de modo que no parece muy inteligente pasar la tarde buscándole las cosquillas a un tipo a quien es costumbre hacerle la pelota con alevosía y nocturnidad. Pero es un asunto de prejuicios. Míos. No con Pérez-Reverte, el pobre, que no me ha hecho nada, sino con los apellidos con guión intercalado. Ese es mi prejuicio. Los de Arturo, sus prejuicios, los tienen ustedes al alcance de sus ojos en la pieza literaria autoparódica (lo dice él, déjenme en paz) titulada Cristina Hendricks y nosotros. No voy a hacer un resumen porque gracias a la magia del link (no de Link, el de Zelda) se lo pueden leer en Zenda (no en Zelda) enterito.

A mí Pérez-Reverte me aburre, eso es cierto. No le veo la gracia ni a leer lo que escribe ni a comentarlo, ni mucho menos a criticarlo como si el tren de la Historia pasara semanalmente por su columna en El Semanal. Me parece un escritor prescindible, muy aseado, muy profesional, mediocre pero rentable. Quiero decir que si a mí me interesara el tipo de libros que escribe, lo consideraría lo más, tan solo por detrás de Corín Tellado. Lo que pasa es que no me interesa ni lo que escribe él ni lo que escribe Corín Tellado, y además no tengo tiempo. Comprendo perfectamente que si uno ya se ha leído todo Thomas Mann, las obras completas de Jane Austen y James Joyce, la Divina Comedia en su versión original y en sus diversas traducciones, más el corpus completo de William Faulkner y George Eliot, se sienta autorizado a tomarse un descanso y picotear la fruta prohibida de la literatura de consumo rápido y digestión pesada. Yo prefiero ver vídeos de perros en Youtube, pero comprendo que no todos tienen un gusto tan exquisito.

Pero las columnas de Pérez-Reverte sí las leo. Las leo por curiosidad: pocos fenómenos culturales me llaman tanto la atención como el florecimiento en España, de unos años para acá, de una corriente crítica con la “dictadura de lo políticamente correcto”. Esto es: muchachos (y alguna muchacha) con una fijación obsesivo-compulsiva con el feminismo y su presunta cruzada contra la libertad de expresión. Es un fenómeno viral, lo reconozco, producto de la desinformación, pero no solo: hay algo más, una pulsión exhibicionista tal vez, un deseo de reconocimiento que no encuentra nicho de mercado más rentable que este. Sea como fuere, mi curiosidad, de momento, no es el tema. Si algún día llego a alguna conclusión que merezca la pena compartir, lo haré.

Lo llamativo de la última pieza (¿cómo era?) autoparódica (¡eso!) de Pérez-Reverte no es de carácter cualitativo, sino cuantitativo. Es decir: cuenta lo mismo de siempre, pero esta vez pesa más. La voluntad de ofender, de escandalizar, de enfadar, de generar reacciones airadas, es tan evidente que se puede hasta oler, a pesar del tufo de fondo a Varón Dandy. Uno se pregunta qué es lo que puede mover a un adulto a escribir algo así. Alguien aquí se equivoca de planeta: no puede ser que, a unos pocos kilómetros, los franceses estén echando cuentas a ver qué tipo de patrón les dolerá menos y, a este lado de los Pirineos, la columna semanal de gran tirada de uno de los escritores más rentables del momento, miembro de la Real Academia Española y ex reportero de guerra, sea un remake de Calle Mayor pero con product placement y lenguaje trap, con sus señoritos provincianos, su camaradería pajillera y su resentimiento racial y todo. Se le podría aplaudir la frivolidad si tuviera veinte años o fuera, no sé, Juan Soto Ivars, pero ¿a Pérez-Reverte? ¡Si este tipo estuvo en lo más crudo de la cruda Yugoslavia! ¿Cómo es posible resetear a alguien hasta tal punto que se crea su propia caricatura y la represente con tanta facilidad? Tiene que ser un error. O una franquicia.

Yo me figuro que a Pérez-Reverte le queda pequeña su condición de escritor corintelladesco: no solo quiere hacer best sellers, también quiere la porción de gloria literaria que, según él, le corresponde. Tiene la fama pero quiere el prestigio. Muy bien. Que haya elegido esa manera de labrárselo, a saber, representar el papel de chulo cazallero de la prensa dominical, es muy legítimo. Que decida convertir en personajes a sus amigos más jóvenes es, también, problema suyo, y si acaso de sus amigos: ellos sabrán con quién se juntan. Pero hay algo, solo una cosa, que es, además, problema mío. Tiene que ver con los guiones. Y con los prejuicios.

Cuando Pérez-Reverte andaba por los Balcanes, yo estaba en la universidad. Llegaba a casa después de clase y salía él en el Telediario. Por aquel entonces yo andaba a vueltas con ciertos problemas de identidad que se pueden resumir diciendo que no quería dejar de ser lo que era pero tampoco parecer lo que se esperaba que pareciera. Y ahora que los verbos están tan ocupados desenredándose, expliquémoslo con un ejemplo.

Una compañera mía de facultad, de casa grande, apellido guionizado y noviete estudiando Telecomunicaciones, tenía la costumbre de visitar a los profesores, después de cada examen, para protestar por mis notas. Sí, por las mías, no por las suyas. Las suyas estaban bien. Lo que no estaba bien es que yo, con mi procedencia (de barrio obrero), mi manera de vestir (del súper de HUNOSA), mi lenguaje corporal (del idioma ya ni hablemos) y mis muy escasas expectativas de ascenso social, sacara mejores notas que ella. Esto es cierto, lo juro por Gustavo Bueno. También es cierto que nunca me lo tomé como un ataque personal. Era algo cosmológico: el capitalismo barría a las gentes como yo, iba contra las leyes de la termodinámica favorecer un desclasamiento que, por si fuera poco, yo no deseaba en absoluto. Por entonces, además, comprendí que uno no dejaba de ser quien era ni traicionaba ninguna procedencia social por el mero hecho de no comportarse como un perdulario. Me paseaba orgulloso con mis tejanos del súper y mis greñas Rosendo Mercado style, pero hacía todo lo posible por no escupir en el suelo ni hacer ruidos raros cuando me cruzaba con una chica. Digamos que hacía todo lo posible por no hacer lo que se esperaba que hiciera por mi procedencia social y que, dicho sea de paso, tampoco era lo habitual entre la gente de mi clase.

A mí que uno se las dé de gallito para que le aplaudan me da bastante igual. Pero, igual que se me encienden las luces de emergencia cuando veo apellidos con guiones intercalados, me zumban los oídos cuando un grupo de señoritos se comporta como ellos creen que se comporta el populacho. No lo llevo bien. Lo llevo peor cuando todo forma parte de una ficción, autoparódica o no. Me apetece que me convoquen de personaje secundario a esa fiesta de la testosterona y sacar a pasear al mangui que todavía llevo dentro, ahí debajo, todo reprimido, esperando su momento de machacar niñatos. Si prefiero que se quede con las ganas es porque sé que solo estamos oyendo los regüeldos del señorito que se sabe acabado y dedica sus últimos días a seleccionar a sus herederos y a foguearlos en la escuela de la vida, o de eso que él cree que es la vida. Pero confieso que me quedé tan hecho polvo, tan desfondado, tan frustrado por no poder dar rienda suelta a toda esa mala hostia, que no tuve más remedio que leer a Antonio Lucas entrevistando (o algo así) a Raúl del Pozo. Un clavo saca a otro clavo. De lo que me reí hablamos otro día.

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