Autor: Xandru Fernández

Podemos hacerlo mejor

marcha cambioHace un año, los recién nacidos círculos de Podemos avalaban a sus candidatos para las primarias a las elecciones europeas. Parece que ha pasado un siglo y, lo que es peor, parece que nos hemos pasado ese siglo celebrando primarias. Corremos el riesgo de cambiar un grito de protesta por un grito primario. El “no nos representan” podría convertirse fácilmente en la utopía de una ciudadanía autorrepresentada que solo se reconocerá en el espejo a condición de que el eje de simetría no distinga la derecha de la izquierda. A duras penas nos da tiempo a respirar.

Las prisas no son buenas consejeras. El refranero popular, tampoco. De hecho, en ocasiones la importancia de una decisión es función directa de su carácter de urgencia: cuando el artificiero duda entre cortar el cable rojo o el azul, no cabe pedir más tiempo, puesto que, con suficiente tiempo, cualquiera echaría a correr y no sería necesario cortar ningún cable. Así las cosas, uno no puede escudarse en las prisas para justificar sus errores. Si cortas el cable equivocado, no hay DAFO que recomponga los trozos.

Podemos ha demostrado que en muy poco tiempo se pueden hacer grandes cosas. Aquellas primeras primarias, ciertamente, olían bien. Si salían mal, ningún órgano vital se vería afectado. Al igual que pasaría después con las elecciones europeas, lo novedoso del experimento era lo que lo hacía atractivo: cualquier partido político que pasase después por unas primarias, lo haría a la sombra de Podemos, y la calidad democrática de esos procesos selectivos se mediría siempre por su semejanza con aquellas primarias de Podemos. Ni IU ni el PSOE podían remontar ese marcador.

Pero Podemos no podía ser ajeno a ese altímetro participativo: cada movimiento suyo también sería comparado con aquellas primarias lustrales y no hacía falta ser adivino para darse cuenta de que siempre saldríamos perdiendo en cada comparación. Hubo turbulencias cuando Pablo Iglesias nombró a aquel equipo técnico que organizaría la asamblea constituyente del partido, y hubo también tensiones cuando se optó por elegir a los integrantes de su consejo ciudadano mediante un sistema de listas que, sí, eran abiertas, pero eran listas. El mismo procedimiento se siguió para elegir a los órganos internos a nivel local y a nivel autonómico, y el mismo, o similar, se ha seguido ahora para configurar las candidaturas a las elecciones autonómicas, primero en Andalucía y a continuación en todas aquellas comunidades donde las habrá el próximo mes de mayo.

Estos procesos generan fricciones. Es lógico. En primer lugar, Podemos depende en gran medida de la proyección mediática de un grupo de personas a las que se pone en situación de decidir quiénes son elegibles, a pesar de que esa condición se le presuponga formalmente a todo el mundo. En segundo lugar, la competencia entre equipos fuerza el alineamiento y la confrontación entre grupos de afines, lo cual no es preocupante porque divida, sino porque une: reconduce la diversidad inicial y la distribuye en bloques. En tercer lugar, y como consecuencia de lo anterior, a las inevitables frustraciones personales hay que añadir un nuevo elemento desmovilizador: si en aquellas primarias de hace un año cualquier persona podía sentirse representada puesto que, como un espejo, lo que devolvía aquella imagen era la multiplicidad de una sociedad disconforme con etiquetas y categorías predefinidas, en cambio ahora la formación de equipos ha llevado forzosamente a la creación de retratos de grupo mucho más homogéneos y donde, por tanto, más difícil se hace el reconocimiento inmediato de uno mismo. Si a todo esto añadimos el efecto amplificador de las redes sociales, fundamentales en el modus operandi de Podemos, nos dan los idus de marzo de 2015 con varios errores en el sistema de archivos.

Por si esto fuera poco, todos estos movimientos internos tienen lugar en medio de una fuerte marejada: como era de prever, quienes se sienten más amenazados por el avance de Podemos han empezado a movilizarse, y no hay día que no venga acompañado de ráfagas de metralleta mediática. El cierre de filas, inevitable, no ayuda a combatir la campaña de desprestigio, y es muy probable que estemos contribuyendo a hacerla más intensa y más extensa: Monedero no es Bárcenas, pero tampoco es el subcomandante Marcos, por muchos memes épicos que fabriquemos. Tampoco tiene por qué serlo, y de hecho parte de la gracia de Podemos radica en haberse alejado de un imaginario izquierdista en descomposición. Pero hay margen para soltar lastre sin perder el control del globo, y a estas alturas de la travesía convendría haber aprendido a identificar aquella parte de la carga que no se puede dejar caer salvo que el objetivo sea flotar indefinidamente en la estratosfera.

Podemos hacer las cosas mucho mejor. Para empezar, podríamos despejar cualquier duda sobre el carácter humano de este y de todo proyecto político. Aunque no es inevitable que Podemos llegue a buen puerto, a veces tiene uno la sensación de que nos hemos abandonado a una especie de determinismo fantástico, como si en algún lugar estuviese escrito que tuviéramos que ganar. No lo está, y no solo por causas exógenas: una estrategia brillante puede dejar de serlo en cuanto deja de ser flexible. De un modo análogo, extirpar la confrontación programática por temor a alejarse de la “centralidad del tablero” puede ser útil en momentos de agitación civil extrema, pero es peligroso si conduce a anular la discrepancia, especialmente cuando el dogma es más cosmético que ideológico. En otras palabras, cuanto más se baje el listón de las aspiraciones políticas, más fácil será que otras formaciones lleguen a él y lo sobrepasen.

Utilizo esa primera persona del plural no solo porque sería insultante por mi parte el fingir a estas alturas que observo imparcialmente un proceso en el que no he tomado partido: me presento a las primarias para la candidatura autonómica asturiana, de modo que no pretendo situarme ni al margen ni por encima de algo que últimamente, más que definirme, me estigmatiza. Creo, además, que es conveniente insistir en que nada nos caerá del cielo, ni el cielo mismo: con todas nuestras mezquindades, nos toca impugnar el previsible argumento de que Podemos defraudará porque no se puede cambiar la naturaleza humana. Claro que se puede; lo que no se puede cambiar son las leyes de la termodinámica, y es termodinámicamente cierto que todo sistema tiende al desorden y que la organización de un conjunto requiere un gasto de energía proporcional a la entropía que se pretende corregir. Habría sido un error confiar en la asamblea interminable como método de intervención democrática, pero no sería menos grave creer que todo Podemos cabe en un puñado de estructuras orgánicas. Eso sirve para los partidos con redes clientelares, no para un instrumento cuya función es disolver esas redes.

Cierto, todo va muy rápido, hay prisas de muy diverso género que se llevan por delante buenas dosis de sentido común, y sabemos que muchas malas decisiones no se habrían tomado si hubiese habido tiempo, más tiempo, para la reflexión. Pero esa no es razón para seguir cortando los cables equivocados.

Podemos (sabemos) hacerlo mejor. Toca apostar por quererlo.