De re publica

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Podemos, tú antes molabas

Se diría que el último año ha durado veinticuatro meses. Nada es lo que era hace un año, y sorprendentemente ha aumentado el número de personas que desearían que todo volviera a ser como hace un año. La culpa es, cómo no, de Podemos. Añoran los palmeros del PP aquella época, no tan lejana, en que no tenían que esconder su logotipo en la propaganda electoral. Los turiferarios del PSOE añoran los buenos tiempos en que su intención de voto caía en picado pero no tenían que esforzarse en parecer lo que no son. En Izquierda Unida hay quien añora la época en que sus dirigentes no se vapuleaban en público, pero para eso hay que remontarse a 1986 y en aquel entonces, doy fe, Podemos no existía. Salvo de esto último, Podemos es responsable de todos los males recientes de la política española. Ojalá no hubiera aparecido nunca.

Se da también un género de añoranza que busca en Podemos lo que hace un año, más o menos, se imaginó que Podemos era o podía ser. Y por supuesto no faltan quienes añoran ese verano del amor en que Podemos, sin candidatos, ni programa, ni convocatorias electorales, rozaba la mayoría absoluta en todos los sondeos.

Hasta aquí, la vox populi. Que en buena medida sigue siendo, al igual que hace un año, lo que los medios difunden y las encuestas cuantifican, aunque siga sin estar claro cuáles son las fuentes de unos y de otras. Un siniestro guión, con su chispa de ingenio, que está influyendo sin duda en la opinión pública, pero que no puede tomarse como instantánea de un momento histórico. Los poderes fácticos han tardado en reaccionar, pero lo han hecho, y se han esmerado en seguir estrictamente los consejos de la Escuela de las Américas en cuestiones de contrapropaganda. No tiene mucho sentido replicar, salvo que uno sea propietario de un periódico, y ni siquiera: aquellos que se acercaron a Podemos atraídos por el dulce aroma del éxito, o por el lenguaje altisonante en materia de castas, volverán a hacerlo el próximo 25 de mayo si Podemos obtiene un buen resultado este domingo, y de lo contrario pasarán a engrosar las filas del desencanto militante, solo que con un nuevo partido que añadir a los de siempre. Podrá sonar despectivo, incluso a alguien le parecerá contraintuitivo, pero el éxito a cualquier precio no es un objetivo legítimo en política: los cambios políticos se apoyan en cambios sociales, y si no hay una base social que los sustente, los primeros serán tan duraderos como un castillo de arena.

Poco a poco iremos viendo cuánto hay de arena y cuánto de cemento en la base social de Podemos, pero es pronto para hacerse una idea. Y lo es porque se dan en estos momentos tres factores que, combinados, no permiten diagnosticar cómo estamos: 1) la contraofensiva mediática, 2) lo reciente (y complejo) de los procesos de organización interna de Podemos, y 3) lo vertiginoso (y no menos complejo) de los procesos electorales en marcha. Hacer conjeturas en esas circunstancias es perder el tiempo.

No es perder el tiempo, en cambio, contribuir a que la burbuja explote de una vez: reconocer que, efectivamente, Podemos está compuesto por personas, de hecho es el único partido, que yo sepa, donde no se ha reservado el derecho de admisión, y eso conlleva unos riesgos, el primero de ellos, y no el menos importante, ser una imagen fiel de la sociedad en que vivimos y de la gente que la compone. Podemos no nació para mejorar la naturaleza humana, ni para expedir certificados de pureza, y si nos ha defraudado darnos cuenta de que también entre nosotros hay gente mezquina, y si resulta que Podemos nos gustaba porque no conocíamos personalmente a Pablo Iglesias pero ya no nos gusta porque sí conocemos en persona al secretario general de nuestra localidad y es un perfecto gilipollas, lo que estamos haciendo entonces es aplaudir lo que ya había, a saber: una partitocracia separada de la gente corriente por una muralla de asesores de imagen.

Bajar de esa nube de efervescencia emocional será, entonces, hacerlo con todas las consecuencias, y asumir que no éramos más puros hace un año, cuando no habíamos traicionado ningún ideal evanescente ni habíamos conseguido que el tonto del pueblo acaudillara una CUP. Será asumir que hace un año ni el PP ni el PSOE estaban dispuestos a ceder un milímetro en su plan de invasión del bolsillo ajeno y que no dudarán en recuperar el terreno perdido a poco que perciban la menor flaqueza. Será, en fin, no dar por sentado que en las catacumbas vivíamos mejor, porque estábamos a dos telediarios de que nos desahuciaran también de las catacumbas.

Tengo cuarenta y cinco años. Nunca antes había visto a las elites de este país comportarse de la forma en que lo están haciendo: con vileza, con torpeza, con miedo. Nunca había asistido a un espectáculo tan bochornoso como el que están dando los beneficiarios del régimen, sabedores de que, esta vez, no habrá pactos en restaurantes de lujo que garanticen sus puestos de trabajo. No es la primera vez que me miran con la agresividad de quien, sin dudarlo, me pegaría un tiro, pero sí que es la primera vez que detrás de esa mirada se oculta la certeza de que no habrá balas suficientes.

En la novela Jonathan Strange y el señor Norrell, John Segundus hace una pregunta: desea saber “por qué los magos modernos no eran capaces de practicar la magia que describían”. Es la misma pregunta que muchas personas llevábamos años haciéndonos, solo que referida, no a la magia en sí misma, sino a la política entendida como arma de construcción masiva, no como postureo de almas bellas instaladas en la marginalidad de lo simbólico. Lo que a muchos nos atrajo de Podemos fue que por fin era posible hacer magia. No importa que por el camino hayamos descubierto algunas verdades sobre el comportamiento humano. Nuestra responsabilidad no es hacia los errores del pasado, sino frente a los terrores del futuro. Toca ejercerla sabiendo que el momento es ahora.