De re publica

Déjala que caiga

BANQUO: Habrá lluvia esta noche.
SEYTON: Déjala que caiga.
Shakespeare, Macbeth, Acto III, Escena 3

Llegó el gran día. El que se anunciaba como si fuese el fin de una era. El meteorito que acabaría con la hegemonía de los dinosaurios. El íncipit del proceso constituyente. El día D. La caída de Constantinopla.

El relato era verosímil hasta que la trama griega nos dejó en punto muerto. Desde entonces, a algunos aún se nos notan los efectos de esa ducha de agua fría con la que, confesémoslo, no contábamos: si la urna griega de Keats era la “inviolada novia del reposo”, las urnas del referéndum del 5 de julio no solo fueron violadas, sino también privatizadas. “Aquí como en Grecia”, decíamos no hace tanto. Dicho y hecho: aquí, como en Grecia, ya no parece que hoy vaya a ser el día de desbordar nada, de subvertir nada, y mucho menos cuando algunos de aquellos a quienes habíamos investido para ponerle cara al cambio decidieron que el cóctel aún andaba escaso de peronismo y generales de la OTAN. Aquí, ni referéndum.

Como era de esperar, hoy ganarán las clases medias, y ya veremos quién decide el IBEX 35 que gobierne y por cuánto tiempo. No parece probable que esta noche vayamos a celebrar la nacionalización de las eléctricas, la paralización de los desahucios, la derogación de los acuerdos con la Santa Sede y la huida de los reyes a Estoril.

Naturalmente, no era una posibilidad remota. Y ya sabíamos que las probabilidades de que esto acabara así eran muy elevadas, incluso antes de que Syriza empezara a privatizar aeropuertos y Pablo Iglesias a acudir a funerales de Estado. Tal vez nos hayamos pasado de ilusos, pero no tanto como para echarnos a llorar ante el primer proceso constituyente que se nos va al carajo. Porque esto que llevo escrito no es todo el relato: aunque nada cambie hoy, todo ha cambiado ya. Y si esta noche no llegamos a celebrar el triunfo de la sensatez, estoy convencido de que, al menos, podremos brindar por el fracaso de la desfachatez.

Durante cuatro años y un día, un gobierno mediocre, compuesto en su mayor parte por integristas cristianos y, en su totalidad, por naderías integrales, ha aprovechado la insólita circunstancia de contar con mayoría absoluta para cercenar derechos fundamentales, inmiscuyéndose en asuntos tan graves como la salud o la atención a las necesidades básicas de la gente más pobre, relegando a las mujeres a un papel secundario y subordinado, utilizando su influencia sobre los medios de comunicación para exacerbar las tensiones territoriales, asesinando inmigrantes en las fronteras, desviando fondos públicos a bolsillos privados, afianzando la tutela eclesiástica sobre el sistema educativo, precarizando y destruyendo empleos y laminando la investigación científica, por mencionar solo lo anecdótico. Para ello ha contado con la connivencia no solo de los más de diez millones de votantes que quisieron que esto fuese así, sino también del “principal partido de la oposición”, como dicen los medios, instigador en agosto de 2011 de una reforma constitucional que ponía nuestra salud y nuestro bienestar al servicio de la cuenta de resultados de la banca.

Nos han tomado el pelo durante cuatro años, riéndosenos en las barbas, haciéndose selfies y todo mientras se cachondeaban de las familias desahuciadas, de las personas dependientes a las que abandonaban a su magra suerte, de una clase trabajadora abocada a una economía de subsistencia y de una clase media paralizada ante el recibo de la luz. Con todo, se han reído cada vez con menos convicción, superados por sucesivas oleadas de movilizaciones que provenían de aquel 15 de mayo de 2011 y que fueron cristalizando en dispositivos novedosos y eficaces. Salvo alguna cosa: ni los grandes sindicatos han estado a la altura de las exigencias, ni las mareas ciudadanas han logrado parar el desprestigio del movimiento sindical, y eso es algo que pagaremos, sin duda, si no le echamos fontanería con urgencia.

Muchas expectativas puestas en las elecciones de hoy se verán irremediablemente defraudadas: es lo que ocurre cuando uno espera que las personas cambien de la noche a la mañana, sobreponiéndose a sus hábitos antiguos y recientes, haciendo tabla rasa de sus comportamientos pasados, tanto los electorales como los otros. No, esos cambios son lentos y hay cosas que no pueden esperar: si uno aspira a un vuelco electoral, debe partir de lo que hay, y no ha habido mutaciones prodigiosas. Como la izquierda, en general, lleva decenios instalada en las antípodas del principio de realidad, es normal que el baño de masas produzca monstruos y se confunda (confundamos: no me excluyo) el pragmatismo con la indecencia, el entusiasmo con el triunfalismo, la lealtad con la adulación y el mérito con la gazmoñería. Es una pena, pero “entre la pena y la nada, elijo la pena”, escribió Faulkner, y así va uno a votar, con pena, depositando en una urna cada vez más griega una papeleta que, francamente, da un poco de pena, pero es eso o la nada, eso o resignarse a otro gobierno de naderías absolutas.

Si un niño está habituado a hacer su santa voluntad, de capricho en capricho, no podemos exigirle que de pronto se comporte con modales victorianos, tendremos que conformarnos con pequeños avances, con progresos a escala, y si una sociedad infantilizada lleva treinta años votando Pepsi o Coca-Cola, es absurdo esperar que de repente vaya a optar por abolir la monarquía o por instaurar la renta básica universal. Aun así, sería un mérito colectivo haber mandado al bipartidismo a las cloacas de la historia. No por eso va uno a conformarse: puede que hoy nos vayamos a la cama con una sonrisa de alivio por haber conseguido que el niño recoja sus juguetes, pero no renunciamos a verlo convertido en el niño mejor educado del mundo. Si nos rendimos, mañana volverá a tenerlo todo hecho un asco y le echaremos la culpa a la tele, a las malas compañías o a la herencia recibida. Pero la culpa será solo y exclusivamente nuestra.

[Artículo publicado en Asturias24.]