No ha sido el señor D’Hondt

El Partido Popular ha vuelto a ganar las elecciones. Era difícil otro resultado sin que mediara una catástrofe biológica, tipo peste bubónica: una sociedad no cambia tanto en seis meses. Igual de previsible era que los demás partidos mantuviesen su cuota de poder, salvo Ciudadanos. (Hay algo en Ciudadanos que se impugna a sí mismo, igual que lo había en UPyD, y ese es ahora mismo uno de los asuntos que más me intriga de la política española, pero no es de eso de lo que tratan estas líneas. Cada cosa a su tiempo.)

Estas líneas tratan del resultado de Unidos Podemos, de su relación con el electorado del PSOE y con la evolución de Podemos desde su creación hace dos años y medio. Y no pretendo disfrazarlas con retórica pseudocientífica (las ciencias sociales, para quien las trabaja): es personal, no son negocios.

Los resultados de Podemos en las elecciones del 20D fueron los que cabía esperar en un contexto de renovación generacional de las elites políticas españolas. Ni más ni menos. Podrían (deberían) haber sido otra cosa, pero se quedaron en eso. Ya era un paso adelante con respecto al panorama del que salíamos, a saber, una gerontocracia turnista hábilmente manejada por los poderes económicos, tanto dentro de la legalidad como fuera de ella. Pero era insuficiente, y no en virtud de deseos ultraizquierdistas o nostalgias de la marginalidad, como se ha venido repitiendo con absurda insistencia desde las cúpulas de Podemos. Era insuficiente porque el llamado “régimen del 78” posee suficiente combustible para aguantar así otros diez años, e incluso más. Una impugnación sistemática de su pilar más débil, a saber, la monarquía, podría haberlo hecho caer. Cierto que hacía falta pulir el instrumento, transformar aquel Podemos embrionario de la primavera de 2014 en una “maquinaria de guerra electoral”. Nada que objetar. El problema es no haber sabido leer que lo que convirtió a Podemos en una amenaza para el bipartidismo era justamente lo que podía suministrar las piezas de esa maquinaria. Y entre esos factores me gustaría destacar tres: la horizontalidad, la transversalidad y la diversidad.

Horizontalidad. Desde mayo de 2011, la celebración de primarias abiertas en los partidos políticos para la confección de listas electorales, y para la elección de cargos orgánicos, fue una reclamación que desbordó los foros de debate del 15M. Podemos la adoptó en sus inicios, pero paulatinamente fue convirtiendo esas primarias en un foco de turbulencias. Es comprensible que se intentara reglamentar aquel caos primigenio, pero es incomprensible que, al hacerlo, se eliminara uno de los rasgos que hacían a Podemos diferente de los demás partidos a ojos del electorado (hasta el punto de que muchos otros partidos tuvieron que adoptar medidas similares, aunque fuese por pura cosmética). Y es importante dejar claro que lo de menos es el quién (solo relativamente: convendría analizar la procedencia de clase de los diputados electos, por ejemplo, o la relación de los distintos cargos orgánicos con el mundo del trabajo, o el papel de las mujeres en el nuevo star system): importa más el cómo. En 2014, Pablo Iglesias era para mí un perfecto desconocido. A quienes votamos por Podemos en las elecciones europeas de aquel año nos daba igual quién figurase en lista alguna, y no teníamos ninguna intención de perder el tiempo investigando quién era quién. Pero podía haberse intuido que esa tarea la harían los medios por nosotros. Y podría haberse previsto que la soberbia del equipo de Iglesias, sus actitudes despóticas dentro del partido en vísperas del congreso de Vistalegre, y no digamos ya en sus postrimerías, dañarían notablemente la imagen de Podemos. La perversión del sistema hasta llegar a los dislates de la confluencia con IU (me refiero a la confección de listas, no a la confluencia en sí) solo añadió gravedad al asunto, pero el daño ya se había hecho antes.

Transversalidad. Se abusó de expresiones poco afortunadas, como la dichosa centralidad del tablero, pero la hipótesis de partida era correcta: desde la dicotomía izquierda/derecha era prácticamente imposible desbancar a las elites en la arena electoral. Los nuevos movimientos sociales llevaban en su agenda un talante pragmático difícil de comprender para quienes provenimos de marcos mucho más ideologizados, pero más eficaz y, sobre todo, más eficiente en el horizonte epocal del nuevo precariado. Y aquí entra en juego (lo había prometido) la relación con el electorado del PSOE: un electorado para el cual las marcas ideológicas son fundamentales, y con el cual no cabe entrar en disputa por apropiarse de ellas. Pues bien: desde las elecciones autonómicas de 2015, Podemos se ha empeñado en embestir al PSOE no como si lo mereciera (que seguramente lo merece) sino como si esa fuese su principal razón de existir. La noción gramsciana de hegemonía, de la que tanto se abusa en la papirotecnia de Podemos (un tanto superficialmente, y otro día hablaremos de la solvencia intelectual de los sabios de la tribu), fue sustituida, en la práctica, por una noción de hegemonía más propia de las ciencias biológicas: aplastamiento del competidor en su propio nicho ecológico. Resultado: el PSOE te arrastra a su agenda, te impone su marco de discusión, amplifica cualquier punto débil (y hace bien) con la intención de repeler a la especie invasora. Mientras tanto, en una galaxia muy cercana, Mariano Rajoy y su perro Rico se dan un paseo sin que nadie les estorbe.

Diversidad. Es curioso que, de todos los presuntos significantes vacíos que podían haberse abandonado en la deriva de Podemos hacia su conversión en franquicia, solo uno siguió aprovechándose hasta el final, a saber, el significante “patria”. No diré que es la expresión de un centralismo escasamente disimulado (salvo en Cataluña, donde a la fuerza ahorcan, después de las meteduras de pata de Iglesias en la campaña autonómica), porque parece que ese centralismo no pasa factura, a tenor de lo visto en Euskadi, pero sí me interesa subrayar con qué se ha querido rellenar ese vacío: con una versión de El pueblo unido jamás será vencido interpretada por Julio Anguita. Si hace unos meses podíamos recordarle a Íñigo Errejón que España no es Ecuador, en estos últimos meses alguien debería haberle recordado a Pablo Iglesias que España tampoco es el Chile de 1970. La imagen de Podemos se ha vuelto cada vez más uniforme, más gris, menos representativa de una sociedad y unas clases populares cuyos memes identitarios son incompatibles con los lemas de las izquierdas tradicionales. Lo cual no sería excesivamente grave si el funcionamiento de Podemos le permitiera ajustar esa imagen, y el discurso subyacente, a las demandas de un cuerpo político-electoral que participara activamente en las decisiones del partido. Lo que ocurre es que no hay tal ajuste, porque el funcionamiento de Podemos hace tiempo que se alejó de esos espacios de conflicto para replegarse en habitáculos virtuales en los que no circula el aire, solo las consignas. Esa burbuja virtual es incapaz de incorporar no ya la discrepancia sino la simple divergencia. Se ha vuelto expresión de un pensamiento gregario que replica en todos sus niveles la obsesión por la fotografía totalitaria: los selfies de los fans con sus ídolos y los retratos de grupo con notables al frente y de espaldas a su público.

Las primeras asambleas de Podemos a las que asistí me resultaron chocantes por lo que tenían de ingenuo, de poco histriónico, de ceremonial: pretendían trasladar los espacios abiertos y los ritmos de discusión de las plazas de mayo de 2011 a un ámbito donde todavía no funcionaban los grupos de Telegram. La asamblea de Vistalegre me resultó chocante por lo que tenía de fastuoso, de high-tech político, de derroche de I+D+i en el campo del combate ideológico. La última reunión de Podemos a la que asistí, como invitado, en vísperas de la dichosa confluencia con IU, tuvo lugar en un ambiente oscuro, cerrado y húmedo, tal vez por casualidad (o porque era invierno), y en ella se sucedieron soporíferos discursos de sedicentes líderes a los que solo escuchaban sus más fieles seguidores (y sus asesores contratados) mientras la mitad de los espectadores se entretenía difundiendo chismes sobre la otra mitad. Me pareció que, como broche final a una trayectoria decadente, no encontraría otro igual. Me equivocaba: faltaba el escrutinio de los votos.

Ecualízame esto

Les elecciones que vienen van ser, según dicen, les definitives. Nun s’especifica en qué sentíu van ser definitives, pero caún supón el d’él y, de xuru, acertará. Na intimidá de les sos moliciones, Rajoy verá pasar tola so vida política per delantre, probablemente’l biopic más aburríu de ver si nun ye ún el protagonista, y sentirá, seique, que pue xugar una prórroga y, con un poco de suerte y otro poco d’abstención, nun pasar a penaltis. Pa Pedro Sánchez y Albert Rivera ye, a priori, una mala noticia, porque van tener que pasar fuera de la caxa más tiempu del previstu y eso a nengún xuguete-y sienta bien, cuantimás si la so finalidá ye facer guapo nel armariu d’un coleccionista. IU y Podemos, bien, en xeneral. La familia bien tamién. El tiempu, regular.

A efectos prácticos, tocante a cómo organizar ún la so cotidianidá y los decibelios del entornu hasta que pase’l 26 de xunu, pue prevese una campaña onde’l mieu y l’entusiasmu van tener que convivir cola dexadez y la frustración, lo que vien a ser tanto como asumir que siguimos n’estáu d’intriga y plasmu, unos por mor de lo mucho que cambió la sociedá estos años y otros por culpa de que la sociedá nun cambió tanto como ellos esperaben. Lóxicamente, los fans del bipartidismu rogarán por confirmar en xunu que’l réxime nun taba muertu, solo apigazando, y qu’hai vida depués de la siesta. Del otru llau de la trinchera, viviráse la esperanza de ver por fin al bipartidismu non solo contra les cuerdes sinón enriba la lona. Pero en dambos dos llaos del frente xeneracional va ser difícil evitar un tastu amargu: nada nun va ser igual si’l bipartidismu se recupera, pero tampoco si cai va ser too tan diferente como cuidábemos hai unos meses.

Con too y con ser un elementu fundamental pa entender les aristes del cambiu social, nun ye’l bipartidismu la pieza clave na evolución de la cosa pública española. Si lo fuera, ¿cómo esplicar que l’artillería apunte solo contra Podemos envede apuntar, a la vez, contra Podemos y Ciudadanos? La demonización de Podemos, por muncho qu’empecemos a vela como un ingrediente normal y normalizáu d’esti procesu, nun ye nin lo primero nin lo segundo, y tamién indica que lo que les elites traten de blindar nun ye’l mapa de redes clientelares de PP y PSOE sinón unos intereses que puen convivir fácilmente col concursu de Ciudadanos (igual que toos estos años convivieron perfectamente con CiU en Cataluña y col PNV nel País Vascu). Solo nos requexos menos ventilaos de los dos grandes partíos suañen los androides con oveyes eléctriques, ello ye, con una prollongación artificial de la so utopía panameña. El restu yá se fixo a la idea de qu’hai que cambiar les cortines de la transición, y igual tamién les ventanes y retocar un poco la pintura del techu, anque’l naranxa quede un poco fuerte pa una casa tan blanca y tan pura. El morao, en cambiu, conozse que ye más peligrosu que l’amianto. D’ehí que nun vaya a abocanar mañana esi runrún constante contra Podemos: si al PSOE-y funcionó alcuando la consigna “que vien la derecha”, al PP y a Ciudadanos pue beneficialos la correlativa “que vienen los comunistes”; ta por ver cómo va articular el PSOE esti ingrediente nel so relatu de campaña, una y bones hasta agora taba esplotando’l potencial desmovilizador de la indefinición de Podemos na exa esquierda-derecha.

Equí ta’l drama pa Pedro Sánchez: ¿cuánta esquierda pue denunciar en Podemos ensin ser víctima del efectu boomerang? Si’l PSOE se posiciona mui pa la esquierda, por muncho que llogre destacar les abundantes concesiones de Podemos y allegaos, nun va ser fácil que lu vea naide como’l cume del bolxevismu, nin siquiera de la socialdemocracia (les llinies coloraes que trespasó Podemos nes sos renuncies yá les crució’l PSOE de llargo hai munchu tiempu), y pue llevar más d’un renegral por aciu del fueu amigu-enemigu de Ciudadanos-PP. Pela cueta, si se suma a la estratexa mediática de sacar a Pablo Iglesias tan manzorgu que paeza Kim Jong-Un, el PSOE va perder l’apoyu d’esi sector de votantes que, a fuerza de votar esquierda deshidratada, va preferir la deshidratación de Podemos primero que’l refrescante, húmedu y xugosu, pero mui de dereches, refrescu de naranxa de moda en Ferraz. Cualquier movimientu na exa esquierda-derecha ye un mal movimientu pal PSOE, tanto los qu’él faiga como los que-y vengan impuestos pol desplazamientu del tableru. Curiosamente, el PSOE ye agora’l más interesáu n’esplotar esa centralidá del tableru que tanto criticó, anque tenga vedao mandase del elementu principal d’esi conceptu, a saber, l’apelación al común, a les víctimes de la crisis, mientres siga posicionándose del llau de los sos beneficiarios.

¿Cómo va facer el PSOE  pa ecualizar esi ruíu mediáticu? La única salida, pamidea, ye que nun faiga nada: quedar, como Rajoy, a veles venir, y apostar, tolo más, por ridiculeces como esa de la pinza Podemos-PP que, nun entornu tan polarizáu, solo pue beneficiar a Podemos y al PP. Podemos yá-y quitó al PSOE tolo qu’esti podía vender: populismu, responsabilidá, modernez, los tres pegoyos de la retórica felipista son agora padremuñu de Podemos. Quéda-y a Pedro Sánchez sopelexar una bandera d’España más grande que la de Rajoy, pero con tientu, que tamién ehí, a poco que la ximielgue, queda ensin ella.

 

Estilos de dicción

Por momentos no tengo muy claro que la mejor idea para seleccionar a los representantes del pueblo sea el sufragio universal. Cierto que no hay un sistema mejor, salvo el sorteo (soy un firme partidario del sorteo, dicho sea entre paréntesis pero completamente en serio, aunque ahora no venga a cuento); sin embargo, creo observar una cierta discordancia entre los procedimientos de elección de cargos públicos y el aparato propagandístico que estos últimos utilizan para hacerse los elegibles. Así, es un tanto absurdo que desconozcamos los méritos por los cuales un individuo va a ser nombrado director general o ministro de algo (y que, incluso conociéndolos, no podamos pronunciarnos al respecto), mientras que aquellas personas que se postulan para diputados y diputadas llegan a sernos inverosímilmente familiares, como si importara la formación o la trayectoria profesional de unos representantes que, para serlo, deberían esforzarse precisamente en lo contrario, en ser menos ellos mismos y ser más los demás. Pero así son las cosas, y no parece que podamos hacer mucho por evitar, a corto plazo, que todo dios se siga liando con los límites entre el poder legislativo y el ejecutivo, empezando por quienes ejercen uno u otro (del poder judicial, mejor ni hablamos: me gustaría acabar este artículo sin abusar de los exabruptos y de los paréntesis, aunque ya sea un poco tarde para lo segundo).

Debido a la porosidad de esa membrana que separa (es un decir) a los parlamentarios de los gobernantes, se comprende que los portavoces de los distintos partidos, sus cabezas de lista, se nos hagan visibles en todo el esplendor de sus trayectorias vitales y profesionales, puesto que va implícito en su condición portavocil y capital que, si les adorna la suerte, llegarán a formar gobierno y a tener ocasión de demostrar que saben dirigir algo ligeramente más complejo que un equipo de fútbol-sala. Pero al resto de diputados, a los de cuello para abajo, lo único que debería exigírseles es integridad. Saber si son de fiar, si serán capaces de no ser tanto quienes son y sí ser más quienes los han elegido. No es de extrañar que en democracias más fogueadas que la nuestra sea motivo de dimisión o cese fulminante cualquier desliz que ponga en entredicho la calidad moral de los representantes públicos. En nuestra orgánica democracia de gasógeno, en cambio, viene a dar más o menos lo mismo que un candidato tenga cuentas pendientes con el fisco, con la justicia o con todo ello a la vez, pues nuestro modelo no ha sido nunca el tribuno sino el gobernador civil, y ya podemos darnos con un canto en los dientes que no siga siendo obligatorio el bigotillo de ajusticiar.

La creciente intromisión de los medios en la configuración del espacio político no ha hecho más que agravar todo lo anterior: se sobreentiende que con el escaño va un abono de temporada para tertulias radiofónicas o televisivas, además de la preceptiva cuenta en Twitter. No obstante, y a pesar de esa presión mediática que más de uno encontraría insoportable y poco digna de un adulto, da la impresión de que puede más la inercia (o la pereza) que el orgullo de salir con bien del escrutinio público. Así, la mayoría de sus señorías se acogen a uno u otro de los tres paradigmas discursivos más populares y, por lo mismo, más triviales: el zafio, el recurrente y el cursi.

La zafiedad es el refugio de quien ni sabe ni le importa que se sepa que no sabe. Cuando se alía con una buena mano de prejuicios, da como resultado un tipo de animal político tan mediocre como peligroso, pues lo mismo te suelta un “te quiero un huevo” en la intimidad que un “que se jodan” en sede parlamentaria. En momentos de tribulación, antaño llamados de crisis institucional, estos comportamientos son insólitamente exitosos, mucho más que los del estilo recurrente o (anglicismo mediante) recursivo, caracterizado por montar mentalmente cadenas de tecnicismos y construir con ellos un discurso vacío tanto de contenidos como de emociones: la típica “razón de Estado” que le permite a uno (siempre que uno sea, qué sé yo, José Luis Rodríguez Zapatero) decir en plena tormenta perfecta que “nuestros bancos y cajas, a diferencia de lo que ha ocurrido con las entidades de no pocos países europeos, no han evidenciado problemas de solvencia”.

En cuanto al cursi, una especie relativamente nueva (si exceptuamos a Federico Trillo) en la política española, parece olvidar que la mayoría de las personas no viven en permanente estado de exaltación partidista, y así se aferra a una retórica que no solo produce vergüenza ajena sino que es, además, ineficaz e inútil, y que a duras penas consigue sacarle del mal trago. En cualquiera de los tres casos se trata de disimular una ignorancia, de pasar por sabios y expertos en todo, lo cual es una lástima, pues una exhibición de ignorancia sería doblemente esperanzadora: de un lado, porque nos permitiría medir la altura moral de ese que dice representarnos (la sinceridad es una virtud, al contrario que el abuso de paréntesis), y de otro porque, al no someterse a la dictadura del conocimiento simulado (al negarse a hacer de morlaco, de robot o de rapsoda varado en la orilla del porvenir), serviría para hacer oír la voz de los que nunca son llamados a esos plenos, a esas comisiones, a esas tertulias, precisamente la voz que uno más echa de menos en momentos como este.

 

Retratu de grupu en bancu d’acusaos

Hai un fechu diferencial asturianu. Resulta qu’en tol reinu d’España la pallabra “marea” suena a reivindicación social, ye parte de la sutura política con que se pensó estos últimos años la crisis del réxime, mientres qu’equí tien visos de vergüenza, o más bien ye síntoma y consecuencia de la sinvergonzonería política y empresarial que nos gobierna dende tiempos non necesariamente meyores. “Marea” soldóse d’una vez pa siempre con “casu” y, na memoria d’estos años, la nuestra indignación nun va ser causa de nenguna marea nin verde nin blanca nin de nengún otru color sinón efectu xudicial d’un empoderamientu más básicu y tradicional, a saber, el de les elites y los sos mercenarios funcionariales.

El xuiciu del casu Marea ta siendo menos espectacular de lo que merecen tanto’l guión como les dotes interpretatives de los sos actores. Ex cargos d’una conseyería d’educación sienten delantre’l xuez al par d’empresarios d’aquellos que marcaben la pauta y yeren l’exemplu del triunfu social nos años del boom inmobiliariu. Con ellos sienta tamién delantre’l xuez un estáu d’ánimu, una manera de guardar silenciu: el laissez faire énte los trebeyos de los poderosos. ¿De qué otra manera hai qu’entender qu’en tantos años lo que yera cuasimente vox populi nun algamara a sustanciase en sumariu nengún, nin siquiera nuna investigación policial d’eses qu’acaben con sobreseimientu y hasta con aplausu y homenaxe, lléase casu Campelo? Pescudar el grau de conocencia qu’había na comunidá educativa de los fechos que se xulguen estos díes ye dalgo más qu’un exerciciu interesante de memoria. Pertenez a eso que podíemos llamar “socialización de la vergüenza”.

Sicasí, que fueren munchos los conocedores nun quier dicir que fueren tantos los instigadores, los beneficiarios o los delincuentes. Cualquier funcionariu pue dexar constancia de los fumos y maneres que gasten los llamaos “superiores” a la que ven qu’un “subordináu” amenaza con espresar una dulda o una oxeción. D’esto nun yera escepción la conseyería d’educación de los años d’Areces, onde por mor d’un mecanismu perconocíu, y consistente en fuxir p’arriba y quemar pontes a midida que’l suxetu se distanciaba de la tiza, nun faltaben nin siquiera los modales cuarteleros a la hora de tapar boques critiques. A naide que trabaye na educación asturiana-y va chocar gota esi rosariu d’irregularidaes que vien nos periódicos. Seique-y choque únicamente que nun sían más los implicaos.

Esa foto de familia, cuasi obscena, d’acusaos que se faen les víctimes, que se les dan d’ofendíos, que se vienden unos a otros con tal de salvar, hipotecándola, lo poco que-yos queda de dignidá, ye mal consuelu y dixerse mal por munchu ánimu revanchista qu’ún quiera echa-y al asuntu. Nesa foto apaecen los mesmos rostros cuasimente qu’en munches inauguraciones de cursu, onde aprovechaben pa inaugurar aularios o anunciar secciones billingües, dotaciones informátiques o programes de recuperación pal alumnáu en riesgu d’abandonu. Ente una foto y otra nun cai solo’l prestixu de los retrataos, nun ye solo la escayencia d’un grupu d’aprovechaos lo que contemplamos agora nesa composición goyesca: lo que va d’un tiempu a otru, d’una semeya a otra, ye la vida llaboral del políticu profesional nun ecosistema onde, hasta agora, eses conductes yeren aplaudíes, imitaes y premiaes con votu masivu y repartu de prebendes. Bien valía enmarcala y regala-y una copia a cada conseyeru, director xeneral y xefe de serviciu cola lleenda clásica de les calaveres medievales: “Como te ves yo me vi. Como me ves te verás”. Pa evitar que se repita (más) la historia.