Paisaje hegemónico con hijos y elefantes

gramsciPoco antes de morir, Antonio Gramsci le escribe a su hijo Delio una carta sobre elefantes. Es la típica regañina de un padre reprochándole a su hijo que pierda el tiempo con tonterías: “¿Cómo se puede perder el tiempo en formular hipótesis sin fundamento?”. Si uno se pone en la piel del pobre Delio, la respuesta es desoladora: tú le escribes a tu padre, que está preso, cuya condena no es que te haga la vida precisamente más fácil, teniendo en cuenta que es un preso comunista en la Italia de Mussolini; te sinceras con él y haces lo que él siempre te pide, a saber, compartir con él tus pensamientos, tus ideas, tus dudas, y sobre todo escribirle (hay una carta anterior, muy dura, en que el padre regaña al hijo por no escribirle lo suficiente), y hete aquí que la respuesta de papá, ese papá que ahora firma en caracteres cirílicos, consiste en ponerte a parir por perder el tiempo formulando hipótesis sin fundamento. No sé qué pensaría Delio, pero a lo mejor se le ocurrió una pequeña maldad que, hasta donde ha trascendido, no llegó a pasar a limpio: “Mira, papá, te recuerdo que hace unos años defendías que el fascismo no llegaría nunca a tener éxito en Italia, ¿quieres que sigamos hablando de hipótesis sin fundamento?”.

Lo que a Delio le preocupa, la supuesta hipótesis que no es tal, es la posibilidad de que los elefantes experimenten una evolución similar a la de los humanos. Que el elefante evolucione en la dirección y el sentido de una especie capaz de dominar el medio ambiente, manipularlo, construir; capaz de originar una civilización. Papá no lo ve claro. O, mejor, lo ve tan claro que se indigna ante la sola idea de una civilización elefantina. “Concretamente, el elefante no ha tenido el mismo desarrollo que el hombre, y desde luego no lo tendrá ya, porque el hombre se sirve del elefante, mientras que el elefante no puede servirse del hombre, ni siquiera para comérselo”. La idea de un elefante comiéndose a un hombre ni es casual ni es banal: es la piedra de toque de la argumentación gramsciana. El hombre no puede ser superado en complejidad ni dominio técnico de la Naturaleza por el elefante porque, para empezar, el elefante es un herbívoro. Los hombres podemos comer elefantes (otra cosa es que nos gusten) pero no podemos ser comidos por los elefantes, y esa diferencia cualitativa lo es también valorativa: en la cúspide de la cadena trófica, la civilización reluce como la creación de una especie carnívora.

¿Abrazaría Delio el veganismo? No con el consentimiento paterno, sin duda. En una carta dirigida a su cuñada Tatiana, Gramsci se pone de todo menos de perfil: “Tú, como todas las mujeres en general, tienes mucha imaginación y poca fantasía, la imaginación en ti (como en las mujeres en general) trabaja en un solo sentido, en el sentido que yo llamaré (te veo dar un salto)… protector de los animales, vegetariano, enfermerístico”. A las mujeres les ocurre lo mismo que a los elefantes: no comen hombres. Por eso no pueden ocupar la cúspide de la cadena civilizatoria, ni ellas ni los campesinos, aquellos aliados de la clase obrera contra quienes Gramsci se pone en guardia al imaginar un futuro en el que Delio deberá tener una preocupación fundamental, una misión política: reproducirse. Delio tendrá hijos, “porque si la ciudad quiere defenderse de la invasión del campo y no perder su hegemonía histórica, las nuevas generaciones tendrán que cambiar sus puntos de vista sobre la prolificidad […]. Si la ciudad crece por inmigración, y no por su propia fuerza genética, ¿podrá cumplir con su función dirigente o la ahogará, con todas sus experiencias acumuladas, la conejera campesina?”.

A Delio no le habría resultado muy difícil convertirse en una conocida variedad de hijo de padre con carisma: hijo desencantado de las ideas del padre por proximidad con el carácter del padre. Proximidad, en todo caso, ficticia: apenas convivieron, ni siquiera antes de su detención tuvo Gramsci contacto con su hijo mayor, que ya por entonces vivía en Moscú mientras el padre dedicaba su tiempo a organizar el incipiente comunismo italiano. ¿Habrían mejorado las cosas con una convivencia tradicional, habrían estrechado lazos ese padre y ese hijo, condenados a entenderse bajo un mismo techo? No lo sabemos. La transmisión intergeneracional del compromiso político es un lujo de las derechas. La transmisión intergeneracional del materialismo histórico es una especie de ficción, como el unicornio o el elefante con ruedas al que Gramsci califica de “tranvía natural”.

¿Y los demás hijos de Gramsci, qué hacemos con esos exabruptos, con esa visión de las mujeres, con ese desprecio del campesinado? No sería la primera vez que tonterías semejantes se convierten en dogmas de fe y guías de conducta para los seguidores de una doctrina o un líder: particularmente la izquierda no le hace ascos a la idolatría (las derechas suelen ser, en esto, más pragmáticas, salvo en sus variedades fascistas, que son justo lo contrario). No obstante, no parece que los seguidores de Gramsci se caractericen por su celo patriarcal, y es sabido que la noción gramsciana de lo nacional-popular anula hasta cierto punto (hasta un punto muy grande) cualquier macarrada que Gramsci haya podido escribir contra los campesinos. Con todo y con eso, son siempre borrones en una hoja de servicios, manchas de tinta que quedan en los márgenes de una obra ya de por sí fragmentaria y propensa a dejarse interpretar de muy diversas maneras. Manchas útiles, en todo caso: nos alejan de la tentación de divinizar a un intelectual al que deberíamos considerar, como a cualquier intelectual, más como una herramienta que como un modelo de vida.

Más preocupante es la negativa cerril, la obstinación en arrumbar esa quimera del elefante creativo, aunque también es cierto que, unas líneas más abajo, Gramsci matiza su desdén anterior: “Quién sabe si algún viejo y sabio elefante, o algún joven elefantito ocurrente, no formula hipótesis desde su punto de vista sobre por qué el hombre no se ha convertido en un proboscídeo”. Y añade: “Espero una carta larga sobre el tema”. Ahí está la clave: escribe. Escribe largas cartas, Delio, aunque sea sobre hipótesis sin fundamento. La correspondencia de Gramsci con su hijo revela que el padre no se encuentra del todo cómodo haciendo de padre pero aspira, de un modo muy evidente, a hacer de maestro. De nuevo oímos las protestas futuras de ese Delio elefantito convertido en elefante con ruedas al más puro estilo del futurismo ruso o italiano: ¿por qué no pude tener simplemente un padre? ¿No era suficiente con escribirle, no era suficiente con que criticara mis ideas o se burlara de ellas, tenía también que censurar mi estilo, mi aplicación, siempre dando órdenes como si en lugar de un hijo yo fuera una agrupación del PCI a la que le hubieran salido facciones?

Gramsci ha tenido suerte con sus hijos. No sé si fue también el caso con sus hijos biológicos, ese Delio, ese otro Julik al que nunca conoció, pero sus herederos intelectuales fueron más benévolos con él que con cualesquiera otros fetiches intelectuales de aquellos que condicionaron el desarrollo filosófico y político del comunismo europeo (Lukács, sin ir más lejos, correría peor suerte, se vendería peor, por así decir, en el mercado de las ideas del marxismo occidental). Tal vez influya que, como ocurre también con Walter Benjamin, el carácter fragmentario, inconcluso siempre, de sus escritos, nos obliga siempre a reescribirlos. Constantemente nos dice lo mismo que a Delio: “Espero una carta larga sobre el tema”. Largas o cortas, le escribimos cartas. Aunque sea sobre hipótesis sin fundamento.

[Publicado en A Quemarropa, 3, 9-7-2017.]

Autoparodia revertiana (sin fondo de arcabuces)

El crítico Vicente Luis Mora tiene por costumbre explicar, cuando reseña un libro, qué tipo de relación mantiene él con el autor y la editorial del libro en cuestión. Me parece una costumbre magnífica y digna de ser copiada. Así pues, ahí va. Relación con Arturo Pérez-Reverte: ninguna. No nos hemos visto en la vida. Rizando el rizo, sería justo mencionar que la revista digital de la que es cofundador, Zenda, publicó un par de reseñas de mi última novela, y las dos bastante elogiosas. De modo que, si por ahí hay algo que rascar, más tendría que ver con la gratitud que con el resentimiento. Nobleza obliga. Continuar leyendo “Autoparodia revertiana (sin fondo de arcabuces)”

El tonto del pueblo

La semana pasada, Owen Jones escribía a propósito de la masacre de Alepo y decía: “Aquellos que apoyaron las guerras en Irak y Libia se sienten desprestigiados por el derramamiento de sangre y las calamidades que se sucedieron. Aceptan que los campos de la muerte de Irak y el Estado desintegrado de Libia debilitaron sustancialmente los argumentos morales a favor de la intervención occidental”. Jones se refería a la postura de los parlamentarios británicos que tumbaron la propuesta de una intervención militar en Siria, pero la descripción se corresponde bastante bien con el estado de ánimo de muchas personas que aceptaron al menos la intervención en Libia como mal menor frente a la crueldad desbocada que reflejaban entonces los medios de comunicación. Continuar leyendo “El tonto del pueblo”

Creo que mi vecino es Donald Trump

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir. Continuar leyendo “Creo que mi vecino es Donald Trump”

La Fundición: una antología personal

Los dominios de la extinta Fundición Príncipe de Astucias han vuelto al limbo y, con ellos, cientos de horas de trabajo y cachondeo. No me apetece esperar a ninguna efeméride para rescatar aquí algunas piezas que a mi juicio están entre lo mejor de lo que hicimos/hicieron entre 2012 y 2015. Recojo muestras de Alejandro Nafría, Juan Carlos Gea, Gallota, Silvia Cosio, Nacho Quesada, Goyo Rodríguez, Jandro Llaneza, Rubén Megido, Toño Velasco, Javi Guerrero, Ruma Barbero, Emiliano Alonso, Alberto Pieruz, Álvaro Noguera, Milio Loquemefaltaba, y otras con guión de Boni Pérez, Aitana Castaño, Enrique del Teso o de un servidor. Por si se nos olvida lo mucho que nos dio Rajoy (aunque no se nos olvidará fácilmente: ahí sigue).

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Cambio de hora

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween. Continuar leyendo “Cambio de hora”

Cuando la tuna te dé serenata

La novela más desconcertante que he leído es Robinson Crusoe. Es sencillamente asombrosa: no solo es la historia de un tipo que se pasa veintiocho años completamente solo, sino que también, y muy especialmente, es la historia de un tipo que cree que contarnos con detalle lo que le sucedió durante esos veintiocho años es, por alguna razón, interesante y no solo eso, también divertido. Encima, logra que sea interesante y divertido y lo hace sin renunciar a su condición de solitario absoluto, esto es, incluso cuando tiene que narrar algún encuentro con otro ser humano, ya sea al final del libro o al principio, se las ingenia para hacerlo como si hablara solo. Es algo insólito. Mucho más insólito si observamos que, en una novela, el mejor procedimiento para perfilar la identidad de un personaje consiste en hacerlo contrastar con otros. El protagonista de una acción existe contra alguien, se va haciendo a medida que interactúa con aquellos a los que se opone: sin Creonte, Antígona sería una moralista insoportable, y los personajes de Dostoyevski nos darían bastante pena si no interactuasen unos con otros revelando, entre tanto, que son mucho más complejos de lo que parece haber creído su autor. En cambio, Robinson ¿contra quién existe? ¿Quién es su antagonista en esa isla desierta? Continuar leyendo “Cuando la tuna te dé serenata”