El tonto del pueblo

La semana pasada, Owen Jones escribía a propósito de la masacre de Alepo y decía: “Aquellos que apoyaron las guerras en Irak y Libia se sienten desprestigiados por el derramamiento de sangre y las calamidades que se sucedieron. Aceptan que los campos de la muerte de Irak y el Estado desintegrado de Libia debilitaron sustancialmente los argumentos morales a favor de la intervención occidental”. Jones se refería a la postura de los parlamentarios británicos que tumbaron la propuesta de una intervención militar en Siria, pero la descripción se corresponde bastante bien con el estado de ánimo de muchas personas que aceptaron al menos la intervención en Libia como mal menor frente a la crueldad desbocada que reflejaban entonces los medios de comunicación. Sigue leyendo “El tonto del pueblo”

Creo que mi vecino es Donald Trump

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir. Sigue leyendo “Creo que mi vecino es Donald Trump”

La Fundición: una antología personal

Los dominios de la extinta Fundición Príncipe de Astucias han vuelto al limbo y, con ellos, cientos de horas de trabajo y cachondeo. No me apetece esperar a ninguna efeméride para rescatar aquí algunas piezas que a mi juicio están entre lo mejor de lo que hicimos/hicieron entre 2012 y 2015. Recojo muestras de Alejandro Nafría, Juan Carlos Gea, Gallota, Silvia Cosio, Nacho Quesada, Goyo Rodríguez, Jandro Llaneza, Rubén Megido, Toño Velasco, Javi Guerrero, Ruma Barbero, Emiliano Alonso, Alberto Pieruz, Álvaro Noguera, Milio Loquemefaltaba, y otras con guión de Boni Pérez, Aitana Castaño, Enrique del Teso o de un servidor. Por si se nos olvida lo mucho que nos dio Rajoy (aunque no se nos olvidará fácilmente: ahí sigue).

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Cambio de hora

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween. Sigue leyendo “Cambio de hora”

Cuando la tuna te dé serenata

La novela más desconcertante que he leído es Robinson Crusoe. Es sencillamente asombrosa: no solo es la historia de un tipo que se pasa veintiocho años completamente solo, sino que también, y muy especialmente, es la historia de un tipo que cree que contarnos con detalle lo que le sucedió durante esos veintiocho años es, por alguna razón, interesante y no solo eso, también divertido. Encima, logra que sea interesante y divertido y lo hace sin renunciar a su condición de solitario absoluto, esto es, incluso cuando tiene que narrar algún encuentro con otro ser humano, ya sea al final del libro o al principio, se las ingenia para hacerlo como si hablara solo. Es algo insólito. Mucho más insólito si observamos que, en una novela, el mejor procedimiento para perfilar la identidad de un personaje consiste en hacerlo contrastar con otros. El protagonista de una acción existe contra alguien, se va haciendo a medida que interactúa con aquellos a los que se opone: sin Creonte, Antígona sería una moralista insoportable, y los personajes de Dostoyevski nos darían bastante pena si no interactuasen unos con otros revelando, entre tanto, que son mucho más complejos de lo que parece haber creído su autor. En cambio, Robinson ¿contra quién existe? ¿Quién es su antagonista en esa isla desierta? Sigue leyendo “Cuando la tuna te dé serenata”

Apostilla (lingüística) a El ojo vago

Mockup_Portada_EL OJO VAGO

El ojo vago es mi primera novela escrita en castellano. Después de un cuarto de siglo escribiendo y publicando casi exclusivamente en asturiano, supongo que algo tendré que decir al respecto.

Antes de 2011 nunca me había planteado en serio que el asturiano dejara de ser mi lengua literaria. Justo ese año empecé a notar que algo había cambiado. Intenté aclarar mis ideas en una especie de confesión que titulé Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos y que entregué, una vez finalizada, a la crítica roedora de los ratones, que diría Marx. A lo mejor un día rescato lo que queda de ella y la aireo un poco. Pero aún no.

Por el momento, bastará con esbozar las conclusiones de aquel ensayo. Muy resumidas, son las siguientes: 1) El desprecio histórico de los intelectuales asturianos hacia la lengua asturiana tiene un origen de clase pero funciona al mismo nivel que los mecanismos de represión de los impulsos sexuales. 2) Esos mecanismos establecen una cierta equivalencia entre la lengua de las clases populares, la sexualidad femenina y la suciedad del mundo campesino, poniendo en el otro fiel de la balanza a la lengua castellana junto con la ambición de poder del macho burgués asturiano y su obsesión por alejarse lo más posible del mundo campesino. 3) Ese distanciamiento, esa obsesión por la pureza y la limpieza, abre una herida, genera una frustración, un complejo. 4) Al constituirse como imagen invertida de ese sistema de pensamiento, el asturianismo cultural ha reproducido también esa herida interna, generando imágenes y anhelos de pureza y orgullo profundamente insatisfactorios. 5) Todo ello puede resumirse en el mandamiento único del superego asturiano, a saber: “Habla bien y folla mal”.

Vale. Supongo que a estas alturas ya no queda nadie por aquí que se lo tome en serio. El Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos pretendía, fundamentalmente, hacer reír. Hacerme reír a mí, y hacer que me riera de mí mismo.

Empecé a escribir El ojo vago en 2012, pero solo empecé a dedicarle tiempo en 2013. Para entonces ya había descartado y casi olvidado la mayoría de las memeces que componían el Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos, pero no así la enseñanza paralela que extraje de aquella experiencia: que podía utilizar el castellano para reírme de cualquier solemnidad que se pusiera a tiro.

La mayoría de las novelas que releo con frecuencia tienen que ver con la risa, de un modo o de otro: La conciencia de Zeno, Pálido fuego, Matadero Cinco, El lamento de Portnoy (y buena parte de la obra de Philip Roth), Yo serví al rey de Inglaterra (hay una cita de esta novela al comienzo de El ojo vago). Incluso el Faulkner que más me gusta es el que sabe hacer reír, el que se vale de la socarronería y la retranca. Y luego está Terry Pratchett, al cual solo me arrebataréis de mis frías manos muertas.

Medirse con los grandes exige un material que uno no tenga reparos en retorcer y manipular. Hacer comedia en asturiano, en cambio, me parece tan arriesgado como diseñar una fuente ornamental de nitroglicerina: material inflamable. Tal es el peso del desprecio hacia el idioma asturiano: acostumbrados a ver en él un vehículo para lo cómico, algo que hace reír por su mero uso, es verdaderamente difícil apropiarse de él en clave cómica sin caer en el cliché, sin convertir la burla en una burla hacia el idioma. No digo que no pueda hacerse, sino que es difícil; requiere una concentración y un cuidado que yo no podía garantizar cuando empecé a escribir El ojo vago. Además, sentía curiosidad por saber si sabría trabajar el metal después de tantos años esculpiendo en mármol.

Ya está. Hasta aquí mis aclaraciones sobre esa traición lingüística (veo venir la acusación a todo tren por las vías habituales). Desde luego, lo más recomendable es tomárselas tan en serio como las jeremiadas del Ensayo sobre la sexualidad de los asturianos: puede que estos sean los motivos, puede que sean otros, puede que no los haya.

En el fondo, tal vez la única razón de peso para usar un idioma u otro sea aquella que el filósofo Lluís Álvarez esgrimía para justificar escribir en asturiano: porque a uno le da la gana.

Por lo demás, en El ojo vago hay reencarnaciones, sí, unas cuantas, y sale David Bowie, y (cómo no) también sale un cuervo.