Dylan, o De la frustración

[Este texto, en una versión abreviada, salió publicado en el número 79 de la revista El Cuaderno.]dylan

DYLAN[i], O DE LA FRUSTRACIÓN[ii]

-¿Adónde vas, Espeusipo[iii], con esas prisas? ¿Acaso ya nos hemos movilizado en apoyo a los tebanos?[iv]

-No, que yo sepa, maestro Platón. La ofuscación que me arrastra viene del temido futuro, no del odiado presente.

-¿Y qué nuevas son esas que aún tardarán en producirse?

-Una noticia que ha trascendido gracias al invento de Demócrito[v], ese telescopio[vi] que nos permite asomarnos a los siglos venideros sin ser detectados por sus habitantes.

-En más de un lío nos meterá el dichoso Demócrito si no se muere pronto, el muy imbécil.

-Puede ser, pero no por ello es menos inquietante lo que acaban de decirme. Resulta que dentro de dos mil trescientos años la Academia le dará a un tal Bob Dylan el premio Nobel de literatura. Continuar leyendo “Dylan, o De la frustración”

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La finca

1975

Tengo una finca. La he heredado de mis antepasados, unos auténticos hijos de puta. Mis vecinos (herederos a su vez de otros hijos de puta tan hijos de puta como mis antepasados) insisten en que mi finca está descuidada, y no les falta razón: mientras ellos modernizaban sus explotaciones, yo confié su administración a un tarugo a quien no me atreví a despedir porque temía que perdiera la cabeza y me partiera la crisma, así que tuve que esperar a que se muriera. Ahora no sé qué hacer: ¿contrataré a otro administrador, arriesgándome a que me salga tan tarugo como el anterior, o confiaré en la pericia de los jornaleros de mi finca?

1978

Después de todo, dejar que mis jornaleros gestionen mi finca no ha sido tan terrible. Todavía no ha mejorado la producción (de hecho hay quien dice que ha empeorado), pero es solo cuestión de tiempo. Ocurre que mis jornaleros le ponen ganas, pero les falta experiencia en lo de gestionar, y aunque algunos de ellos han aprendido algo en la taberna, escuchando a los jornaleros de mis vecinos, sus métodos siguen siendo anticuados y su entusiasmo, un tanto forzado, no demasiado convincente. Pero al menos trabajan, y eso ha reducido los recelos de mis vecinos, que temían ver la finca echada a perder (con la consiguiente desvalorización de sus propiedades). He recibido varias ofertas de administradores independientes y he sopesado algunas. Todavía estoy a tiempo de volver al viejo sistema.

1981

Demasiado tarde para contratar a un administrador independiente. Tendré que conformarme con lo que tengo.

1982

He confiado la gestión de la finca a los jornaleros más jóvenes. Se les llena la boca hablando de autogestión, socialización, propiedad comunal y qué sé yo qué más, pero a la hora de la verdad son dóciles y poco ambiciosos. Bueno, son bastante ambiciosos, pero se conforman con poco. Su cabecilla es un tarado mental, pero, chico, qué don de gentes, hasta cuando se pone en plan capataz le ríen las gracias. Hay gente con suerte.

1996

Me hago viejo. Eso sí, la finca produce por primera vez en cien años. Algo podré dejarles a mis herederos. Con los jornaleros me llevo mejor que nunca, ahora resulta que les caigo bien y todo, me hacen fiestas, me invitan a las bodas de sus hijas. El grupo dirigente ya no es tan joven, así que me he visto obligado a cambiarlo. Resultó que mucha autogestión y mucha propiedad comunal, pero al final los cabecillas se embolsaban la mitad del jornal de los demás jornaleros. No es que me importara gran cosa (yo llevo haciéndolo a gran escala desde que tengo uso de razón), pero los demás empezaban a olerse la tostada y no quiero líos, fundamentalmente no quiero líos. He puesto al frente de la explotación a otro tarado. Es un poco más tarado que el anterior, pero ahora la finca es productiva y no hay que ser un lince para mantenerla como está.

2004

Debí contratar al lince. El tarado casi me cuesta la vida. Resultó ser tan corrupto como el tarado anterior. Además, se rodeó de viejos colaboradores del tarugo que se me murió (él mismo era un admirador declarado del tarugo que se me murió). Después, a su condición de tarado hay que sumar un carácter violento que casi me cuesta un disgusto con mis vecinos. Las condiciones de trabajo de mis jornaleros han empeorado sensiblemente, pero no me deshago del tarado por esa razón, sino porque sus métodos se han vuelto tan autoritarios que temí que lo lincharan. Algo que decir en su favor: la finca produce más que nunca. Esperemos que el nuevo no la cague. Es un tarado también, pero este por lo menos se lava y se afeita, de hecho es el primero de mis capataces que no parece recién salido de una fosa séptica.

2011

Estoy en un lío. Mucho producir y de repente no hay nadie que quiera comprar lo que produce mi finca. Me sobra producción. A mis vecinos les pasa igual. Y el tarado aseadito no supo verlo a tiempo. Y cuando lo vio, se me vino abajo. Por primera vez desde que se me murió el tarugo, tengo pesadillas en las que mis jornaleros me rebanan el pescuezo. Se han vuelto un tanto levantiscos. Dicen que gasto mucho, como si fuera asunto suyo. También están cabreados con el capataz aseadito. Los más acomodados le echan la culpa a él y reclaman al capataz anterior, al de los malos modales. Ahora tengo uno nuevo, un viejo amigo del de los malos modales. Tarado en grado superlativo. Le he encargado que se deshaga de la mitad de mis jornaleros. Espero que cumpla, porque me gustaría volver a tener una finca rentable antes de morirme.

2013

Esto va cada vez peor. Echo de menos al tarugo que se me murió. Serán cosas de la vejez, pero me parece que me equivoqué de medio a medio. En fin. Ahí viene mi yerno. Espero que traiga buenas noticias.

Primera página

Siempre había tenido mala letra y siempre se había avergonzado por ello.

Ahora, cada vez que estrenaba un cuaderno, llenaba la primera página de borrones, tachaduras y signos indescifrables. Así, cualquier cosa que escribiera después, por muy torcidos que estuvieran los renglones, sería siempre, inevitablemente, más armónica que el principio.

Algo así debió de sentir Hesíodo cuando puso al Caos como origen de todas las cosas.

 

Mongolia patria querida

[Aprovechando que mañana miércoles, a les 20 hores, se presenta nel CSOA La Madreña d’Uviéu la revista Mongolia, recupero equí un artículu de 2007, publicáu (con otru títulu) nel selmanariu Les Noticies.]

MONGOLIA PATRIA QUERIDA

De nueche, les pistes del Aeropuertu Internacional Chinggis Khaan son como les de cualquier otru aeropuertu: negres, con puntinos lluminosos, y pequeñes. Mui pequeñes. X** nun sabe cómo va arregláseles esti avionón pa entecuallase neses minipistes de Scalextric. Ye un avión mastodónticu de fabricación rusa. De fabricación soviética. La nueche mongola ye tan negra como la de cualaquier otra parte, y X** ta empezando a preguntase qué lu fexo venir tan llueñe, qué se-y perdió a él nesta esquina del planeta. Nun se piense qu’a X** nun-y presta viaxar. Lo que ye difícil ye qu’a X**-y preste tar en dalgún sitiu.

A X** tiénenlu por escritor, y como escritor lu invitaron a esta ciudá insólita. Pero a X** dan-y noxu los llibros de viaxes, les estampes de turista, les guíes. Siempres-y prestó más Tucídides qu’Herodotu. Ye por eso que lo primero que fai, namás poner pie en suelu mongol, y envede quedar mirando pa un paisax que, polo demás, a estes hores de la nueche ye intercambiable col de cualquier país del mundu, ye pasar pal bar del aeropuertu y pidir una cerveza. Y prender un cigarru. Y eso que X** nun fuma. Bueno, fuma poco. Fuma de xemes en cuando, namás cuando se ve a les seis de la mañana na barra d’un chigre de Mongolia, ensin entender una sola pallabra de cuanto se fala alredor d’él y mirando a los llaos a ver si dalguién vieno a recibilu.

Naide. Media docena de paisanos fumando como carreteros y bebiendo como cosacos y, qué remediu, con pinta de cosacos. Pero nenguna muyer. Y tenía que venir a recibilu una muyer. Perderíase. Mongolia ye tan grande… X** pide una segunda cerveza y una especie de tortu con dalgo percima que paez bacalao pero que, efectivamente, nun lo ye.

La traductora-cicerone-azafata de congresos y posiblemente tamién organizadora esclusiva d’esti congresu en concreto, que respuende al nome (o lo que seya) de Pel, ye una oriental d’ente venti y cuarenta años que X** clasifica na categoría de les becaries con poca imaxinación pa otra cosa que nun seya reblagar camín d’una plaza de profesora titular en dalguna universidá infrafinanciada. Llega tarde, a la cuarta cerveza, y X**, ente’l sueñu y l’alcohol y el falsu bacalao, nun tien la llingua mui aquello pa presentaciones intelixentes n’inglés, conténtase con dexar que Pel lu arrastre hasta un taxi y qu’esti lu lleve a un hotel que podía tar perfectamente a les afueres de Guadalajara pero que ta, presumiblemente, a les afueres d’Ulan Bator, o d’Ulaanbaatar, como pon na tarxeta de l’habitación.

X** piensa, enantes de quedar completamente grogui, que ye una absoluta falta de decoru pela so parte nun amosar el menor interés poles ocupaciones de Pel y pol congresu al que tien d’asistir. Pero Pel, al día siguiente, va tener tiempu asgaya pa dexa-y claro a X** hasta qué puntu tán fuera de llugar esos parzamiques nestes llatitúes, y tamién va tener tiempu y ocasión de demostra-y que, amás d’imaxinación, nun anda tampoco mui sobrada de conocimientos sobre lliteratures minoritaries: X** apaez conseñáu, nos programes de mano que reparten a la entrada de la sala de conferencies, como “famosu escritor neozelandés”, y asitiáu, na mesa onde va tener llugar el debate inaugural, a la mandrecha del so presuntu compatriota Chris Else, un políu sesentón que se da un aire a Ned Flanders y que nun apara de mirar pa X** como si ún de los dos-y debiera perres al otru. Pero munches, munches perres.

Asina que X** nun anda mui sobráu d’alternatives. Dicir lo que seya, nel so inglés macarrónicu, lo suficientemente ambiguo como pa que’l públicu, incluyendo a Pel y a Chris Else, nun quede cola sensación de que los asturianos son los más fatos del Pacíficu Sur.

X** ponse de pie. Enfrente, un ventanal que mira asoráu pa un cielu azul partíu en dos pola estatua ecuestre del héroe nacional Damdin Sukhbaatar. X** carraspia. Diz, nel so inglés dylanianu:

-Siéntome especialmente mongol, equí ente ustedes.

Marmullos d’aprobación. X** sorrí autocompasivu. Agora sólo hai que contar lo de siempres. Lo de la opresión llingüística, y tal y cual. A fin de cuentes, esti ye un país que dominó Asia entero pa depués marafundiar tol so padremuñu. Si ellos nun entienden lo que pasa n’Asturies, X** nun sabe quién lo va entender.

La mina, otra vez (y las que haga falta)

Las cifras, por sí solas, no dicen mucho. Hay que poner delante de cada cifra un rostro, y delante de cada rostro un nombre y, a su lado, una familia entera en la mayoría de los casos. Las cifras del carbón hace tiempo que dejaron de añadir ceros a nuestra cuenta de bajas, y sin embargo esos rostros tiznados siguen apareciendo y mostrándonos la cara cruda de una injusticia perpetrada sotto voce. En términos cuantitativos, son muchos más los puestos de trabajo que las comarcas mineras han perdido en las últimas décadas que los que quedan aún y pueden perderse. También entonces, hace 20, 25 años, había gobernantes que exigían sacrificios.

En nuestro caso, poblaciones enteras de decenas de miles de habitantes iniciaron un trayecto humillante a través de un páramo de prejubilaciones que calmaron los ánimos e inyecciones millonarias de fondos europeos en proyectos inviables y, en muchos casos, tan superfluos como la Ciudad del Tenis que agoniza –era de esperar– en mi pueblo. Cuando yo nací, había en Turón cuatro pozos mineros y 20.000 habitantes que vivían, directa o indirectamente, de la mina. Hoy tenemos una Ciudad del Tenis que no pisa ninguna de las escasamente 4.000 personas que allí quedan. Un disparate tras otro, pero ese fue el pacto: asumir una muerte lenta, con paliativos, manteniendo algunas explotaciones a medio gas por su valor estratégico, y con el futuro planificado, pautado en plazos predefinidos.

De repente, quienes impusieron ese sacrificio deciden reinventar las reglas del juego y acortar los plazos del cierre total. Supongo que cualquiera habría podido anticipar las consecuencias: si al enfermo agonizante, sedado hasta las trancas, le cortas el gotero de morfina, comienzan las convulsiones. Así han empezado a agitarse otra vez esas regiones oscuras, horadadas, pobladas por gente que sabe, por pura experiencia, que la definición de “traidor” es “aquel que abandona a un compañero”. Es gente que se siente traicionada y estafada en sus tres puntos cardinales: el pasado, el presente y el futuro.

Es gente que recupera sin apenas pensárselo gestos atávicos, tácticas y estrategias de un combate que no había concluido sino que había quedado aplazado. Gente, en ocasiones muy joven, que no vivió los conflictos de hace 20 o 25 años, pero que es capaz de recordar lo que la memoria colectiva ha custodiado: cómo cortar una carretera, cómo enfrentarse a un contingente armado, cómo defender lo poco que uno tiene. Está en el aire, en el polvo del carbón que cubre las cunetas, las orillas de los ríos. Está en el orgullo de clase que se ha respirado desde la cuna. Y no está en venta.

[Texto publicado en Diagonal, número 179, julio de 2012, con fotografías de Olmo Calvo, David Fernández y José Alfonso. Siga el enlace.]

El verano del Skylab

Ahora que de nuevo nos anuncian que un satélite está a punto de precipitarse sobre nuestras cabezas, recupero un texto de 2007 que publicó en su día El Comercio. Así, de paso, lo firma alguien, y no como en la edición digital del afamado decano de la prensa asturiana.

EL VERANO DEL SKYLAB

Había sido una noche toledana. El telediario nos había puesto los pelos como escarpias. En mis sueños, una nube de gas y escombros devoraba los cimientos de mi casa, tragándome a mí y a mis padres y a mis hermanas: todo el valle, todo Turón era pasto de las llamas, un cráter donde había habido un valle, una llaga de troncos cenicientos y helechos carbonizados donde, hasta hacía tan sólo unas horas, habíamos jugado a ser los hombres de Harrelson. Así eran los telediarios en 1979: cuando no era ETA, era el Skylab.

El Skylab era una estación espacial estadounidense. La primera estación espacial estadounidense, puesta en órbita en 1973. Por lo que podíamos deducir de los inexactos partes en blanco y negro de Rosa María Mateo, algo se había escacharrado en el interior metálico de la augusta nave, y amenazaba con precipitarse sobre la Tierra. Aunque su destino final parecía ser -y al final sería- el hemisferio Sur, los locutores españoles no las tenían todas consigo -la ciencia aún podía equivocarse, no así la palabra de Dios- y especulaban sobre las consecuencias de un impacto colosal sobre el magno solar de la Restauración borbónica. De modo y manera que el sábado nos fuimos a la cama con una soberana cagalera, y así amanecimos el domingo entre olores variopintos que no eran precisamente los del azufre y la destrucción, pero que tampoco auguraban nada bueno.

Olor a tortilla y a filetes de carne empanados: empieza el desfile. Legañas, mal humor, discusiones, barahúnda de sandalias que se arrastran y hocicos que se chocan en el pasillo de casa, y en la escalera, y en el portal, y calle abajo hasta encajarlo todo y encajarnos todos en las entrañas del autocar donde con más resignación que entusiasmo nos precipitamos rumbo a otra jornada playera con Hunosa, la gran familia. Viva Hunosa. Cada domingo un destino: La Isla, Santa María del Mar, Verdiciu, Xivares, Rodiles, L’Aguilar, y así hasta completar todo el verano de excursión por un litoral asturiano que ya empezaba a abrir sus brazos a la especulación inmobiliaria aunque ésta aún no había hecho sino asomar las uñas de los pies.

A tumbarse al sol, a levantar castillos de arena, a jugar al fútbol con una pelota ridícula y a nadar con un estilo misérrimo entre pedrero y pedrero. Y el pater familias, claro, a discutir y a emborracharse subrepticiamente en el establecimiento de hostelería más cercano, donde correrían los naipes y los vasos de tubo y algún duelo al sol por miradas indiscretas o comentarios poco caballerosos acerca de este o aquel bikini.

Docenas de autocares cargados de familias mineras hacían aquella ruta cada domingo. Imagino que los incondicionales de cada una de aquellas playas sentirían que el mundo se abría bajo sus pies al contemplar aquella marabunta de proletarios campar por sus respetos a la sombra de unas sombrillas que de encaje, poco, y de seda, menos aún. Tambores de guerra. Tambores playeros. El viaje de ida era lo mejor de la jornada -el de la vuelta, ya sabíamos cómo iba a ser: cánticos patrocinados (como el Club Patín Mieres, al menos hasta esa temporada) por Gin Kiber, la ginebra del país y de los Bernaldo de Quirós-: veíamos desfilar verdes colinas y montañas boscosas, y si el viaje era largo -todos lo eran, sólo que algunos más que otros- hacíamos un alto para desayunar en algún bar siempre demasiado pequeño, donde empezaban ya nuestros padres a llamarse a voces los unos a los otros, subían los decibelios irremediablemente, y ya era hora de que alguien pusiese fin a aquellos ritos de la Edad del Bronce. Si tenía que caerse un Skylab para dejar de ir a la playa, bienvenido sería.

El Skylab cayó, un 11 de julio, en Australia, un poco lejos para mi gusto. Justo un año después del famoso accidente del camping de Los Alfaques, que tanto me había impresionado. En aquellos momentos no caí en la cuenta, naturalmente: es hoy cuando ato cabos, carbonizados cabos de mi infancia, mientras desfilan ante mis ojos con mayor nitidez que entonces los peludos torsos de cientos de mineros con sus hijos a cuestas, las sufridas espaldas de cientos de mujeres con sus maridos a cuestas, la superficie perlada de una playa asturiana con nuestras sombras a cuestas, y todas esas voces se confunden en la lejanía con el zumbido de una estación espacial que sin prisa, pero sin pausa, corre a precipitarse contra nuestras vidas. Así de arrasados quedamos, nosotros y nuestra conciencia de clase. Carbonizados en efigie, hechos de carbón y en carbón -qué remedio- conservados.

Cacahuetes

Dos escritores.

¿Cómo te va? ¿Dónde te metes, que no nos vemos nunca?

No salgo mucho. Prefiero quedarme en casa, escribiendo.

¿Qué quiere decir eso? ¿Quieres decir que yo no escribo?

No quería decir nada. Sólo lo que he dicho, que no salgo mucho y que me paso el día escribiendo.

Tienes razón. La vida literaria a veces es muy poco literaria. No nos deja mucho tiempo para escribir.

No era eso lo que quería decir.

Somos como marionetas del mercado editorial. Todo el día en el escenario, de feria en feria, como fenómenos. Como monstruos. Exponiendo ante el público nuestras deformidades. Para que el público nos arroje cacahuetes. ¿Quieres cacahuetes?

No. No quiero cacahuetes.

Eran cacahuetes metafóricos. Yo los cacahuetes de verdad no puedo ni olerlos. Les tengo intolerancia.

Tal vez sea eso lo que me pasa a mí con los cacahuetes metafóricos.

¿Puedo citar eso?

¿Te parece ingenioso?

Sí.

Entonces no, no puedes citarlo.

Te entiendo perfectamente. Cuando uno tiene una idea, esa idea es suya y nadie tiene derecho a robársela.

Cabrón desmemoriado.