Surfin’ Asturies

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Nun son pocos los rituales que fui abandonado colos años. Celebrar determinaes feches xuntándome con xente paecío a mi en dalgún aspectu, yera ún d’ellos. Otru consistía en pasar bien davezu un día en monte, nel cordal que separa los valles d’Ayer y Turón. Los dos los abandoné por motivos diferentes, cuasi opuestos. Continuar leyendo

Volver a empezar

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Ni gobierno a la valenciana ni pacto a la portuguesa. Salvo sorpresas de última hora, volveremos a votar dentro de unos meses. El gobierno en funciones seguirá en funciones hasta que se hayan abierto las urnas o peor aún, hasta que se hayan abierto los cielos, pues todavía nos quedará por delante otro largo y agónico proceso de investidura. Podremos darnos con un canto en los dientes si conseguimos desalojar a Rajoy de la Moncloa antes de octubre. De las iniciativas legislativas en curso, mejor ni hablamos.

Ese es al menos el panorama más verosímil después de que Podemos y el PSOE dieran por rotas las negociaciones para formar gobierno. Podemos ha anunciado que consultará a “las bases”. La consulta será, suponemos, un prodigio más de democracia interna, de esos que tanto abundan en los últimos meses. En la ciudad donde vivo, y aun fuera de ella, no ha faltado quien ha querido establecer comparaciones con la consulta por la que Xixón Sí Puede decidió no apoyar al candidato socialista a la alcaldía, pero, al margen de lo que cada uno quiera tener en el gobierno, lo cierto es que hay una gran diferencia entre un proceso y otro: así, los concejales de Xixón Sí Puede se comprometieron a acatar lo que se decidiera en aquella consulta, mientras que el grupo parlamentario de Podemos en las cortes españolas decidirá por su cuenta y riesgo el sentido de su voto, con independencia de lo que digan las bases.

Donde sí hay semejanzas es en que ambas consultas rubrican sendos fracasos. Tanto Podemos como Xixón Sí Puede, cada uno en su escala, tenían su razón de ser en el éxito electoral. No había plan B: se trataba de ser, como ya dije una vez, o César o nada. El candidato de Podemos llegó a decir que, si no ganaba, “igual se iba”. El de Xixón Sí Puede nunca dijo tal cosa, pero el resultado en ambos casos fue el mismo: ni ganaron ni dimitieron. En ambos casos quedaron por detrás de la fuerza ganadora (PP/Foro) y por detrás del PSOE. Como era de esperar, el PSOE jugó el triunfo que reserva siempre para estos casos: o nosotros, o el caos (la derecha); o con nosotros, o con el caos (la derecha); o gobierna el PSOE, o es que hay pinza (con el PP; de hacer pinza con Ciudadanos nadie ha dicho aún una palabra).

Xixón Sí Puede hizo, en su momento, lo que debía hacer. Lo hizo mal, cierto, con una consulta torpemente organizada, una política de comunicación chapucera y una soberbia digna de mejor causa, pero lo hizo. Podemos no lo hizo ni mal ni bien: ni en Asturies, tras las elecciones autonómicas, donde no hubo consulta alguna, ni en España, tras las legislativas, donde tampoco; en ambos casos se jugó a golpe de inspiración de la nomenklatura, con similares y desastrosos resultados. Similares en cuanto a los puntos obtenidos (ninguno) y desastrosos en cuanto a las formas, por las cuales Podemos quedó en evidencia como aspirante a matón de los billares y el PSOE demostró, una vez más, que los billares son suyos y que me vas a venir tú a mí con sonrisas del destino. Menudo es el PSOE para estas cosas.

Todos hemos conocido impostores. Los hay que hacen de ello un oficio, como los actores y casi todos los personajes públicos. Pero los hay, al mismo tiempo, solventes e insolventes. En Podemos hubo impostura el día que se decidió hacer como si el partido no hundiera sus raíces en la izquierda más extrema, con todo su legado moral y con toda una trayectoria de derrotas, impostando una altanería de casa grande como si sus dirigentes provinieran de largas y cruentas batallas coronadas por el éxito en lugar de proceder de las honradas profundidades de la UJCE e Izquierda Anticapitalista. Era lo que había que hacer, aunque algunos sobreactuaran (y siguen sobreactuando, sacudiendo sin rubor a todo aquel que huela a “izquierda perdedora”), y habría estado bien si hubiese resultado creíble. Pero ocurrió como cuando yo era un chaval y llegaba a los billares algún niño pijo disfrazado de quinqui: era cuestión de tiempo que el quinqui de verdad lo pusiera en su sitio.

El quinqui de nuestro cuento es el PSOE. Si tiene que arrojar a toda una ciudad y a sus propios concejales a los pies del PP, como hizo en Uviéu, lo hará. Está dispuesto a vencer o morir. Le importa un rábano aliarse con Ciudadanos y le importa otro rábano que Ciudadanos traicione su acuerdo a la primera de cambio, como hizo esta semana al votar en contra de la paralización de la LOMCE: entre quinquis, eso es lo esperable. Como también lo era que el niño pijo se llevara una buena paliza al haberse atrevido no solo a ponerse chulito con el más chungo del barrio sino a hacerlo sin tener con qué defenderse. Es entonces cuando te cogen entre cuatro, te sacan de los billares a hostias y te dejan en la acera cubierto de sangre y preguntándote cómo ocurrió.

Algo ha fallado en la poderosa máquina electoral que diseñara Íñigo Errejón, y no faltarán teorías de todo tipo: que si el fallo fue del maquinista, que si de los fogoneros, que si las vías estaban en mal estado o se había racaneado con las piezas, o simplemente que el chisme se quedó sin combustible cuando tocaba subir la cuesta más empinada. No importa gran cosa ahora mismo: el hecho es que, cuando uno diseña una herramienta y esta no funciona, lo más sensato que puede hacer es cambiarla por otra.

Podemos salió a surfear cuando empezaba a bajar la marea del 15M y logró pillar una gran ola en las elecciones europeas de 2014. Pero no supo mantenerse sobre la tabla y prefirió quedarse con los pies en remojo a la orilla del bipartidismo, aunque lo hiciera con un bañador con la cara de Gramsci estampada en el culo. Algunos dirán que no lo vieron venir y otros reconocerán que sí lo vieron pero prefirieron mirar a otro lado en aras de un bien mayor. Yo no sé si diré una cosa o la otra o las dos. Probablemente las dos, dependiendo del día.

Lo que sí sé es que dará igual lo que digan las bases el próximo 18 de abril, porque el resultado de esa consulta habrá que combinarlo con la habitual acidez de Pablo Iglesias, haya cal viva o no la haya. Y todos sabemos qué se obtiene cuando se mezclan ácidos con bases: sal más agua. Siempre podremos cocinar unos garbanzos y decir que son marisco.

[Artículo publicado en Asturias24.]

Déjala que caiga

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BANQUO: Habrá lluvia esta noche.
SEYTON: Déjala que caiga.
Shakespeare, Macbeth, Acto III, Escena 3

Llegó el gran día. El que se anunciaba como si fuese el fin de una era. El meteorito que acabaría con la hegemonía de los dinosaurios. El íncipit del proceso constituyente. El día D. La caída de Constantinopla.

El relato era verosímil hasta que la trama griega nos dejó en punto muerto. Desde entonces, a algunos aún se nos notan los efectos de esa ducha de agua fría con la que, confesémoslo, no contábamos: si la urna griega de Keats era la “inviolada novia del reposo”, las urnas del referéndum del 5 de julio no solo fueron violadas, sino también privatizadas. “Aquí como en Grecia”, decíamos no hace tanto. Dicho y hecho: aquí, como en Grecia, ya no parece que hoy vaya a ser el día de desbordar nada, de subvertir nada, y mucho menos cuando algunos de aquellos a quienes habíamos investido para ponerle cara al cambio decidieron que el cóctel aún andaba escaso de peronismo y generales de la OTAN. Aquí, ni referéndum.

Como era de esperar, hoy ganarán las clases medias, y ya veremos quién decide el IBEX 35 que gobierne y por cuánto tiempo. No parece probable que esta noche vayamos a celebrar la nacionalización de las eléctricas, la paralización de los desahucios, la derogación de los acuerdos con la Santa Sede y la huida de los reyes a Estoril.

Naturalmente, no era una posibilidad remota. Y ya sabíamos que las probabilidades de que esto acabara así eran muy elevadas, incluso antes de que Syriza empezara a privatizar aeropuertos y Pablo Iglesias a acudir a funerales de Estado. Tal vez nos hayamos pasado de ilusos, pero no tanto como para echarnos a llorar ante el primer proceso constituyente que se nos va al carajo. Porque esto que llevo escrito no es todo el relato: aunque nada cambie hoy, todo ha cambiado ya. Y si esta noche no llegamos a celebrar el triunfo de la sensatez, estoy convencido de que, al menos, podremos brindar por el fracaso de la desfachatez.

Durante cuatro años y un día, un gobierno mediocre, compuesto en su mayor parte por integristas cristianos y, en su totalidad, por naderías integrales, ha aprovechado la insólita circunstancia de contar con mayoría absoluta para cercenar derechos fundamentales, inmiscuyéndose en asuntos tan graves como la salud o la atención a las necesidades básicas de la gente más pobre, relegando a las mujeres a un papel secundario y subordinado, utilizando su influencia sobre los medios de comunicación para exacerbar las tensiones territoriales, asesinando inmigrantes en las fronteras, desviando fondos públicos a bolsillos privados, afianzando la tutela eclesiástica sobre el sistema educativo, precarizando y destruyendo empleos y laminando la investigación científica, por mencionar solo lo anecdótico. Para ello ha contado con la connivencia no solo de los más de diez millones de votantes que quisieron que esto fuese así, sino también del “principal partido de la oposición”, como dicen los medios, instigador en agosto de 2011 de una reforma constitucional que ponía nuestra salud y nuestro bienestar al servicio de la cuenta de resultados de la banca.

Nos han tomado el pelo durante cuatro años, riéndosenos en las barbas, haciéndose selfies y todo mientras se cachondeaban de las familias desahuciadas, de las personas dependientes a las que abandonaban a su magra suerte, de una clase trabajadora abocada a una economía de subsistencia y de una clase media paralizada ante el recibo de la luz. Con todo, se han reído cada vez con menos convicción, superados por sucesivas oleadas de movilizaciones que provenían de aquel 15 de mayo de 2011 y que fueron cristalizando en dispositivos novedosos y eficaces. Salvo alguna cosa: ni los grandes sindicatos han estado a la altura de las exigencias, ni las mareas ciudadanas han logrado parar el desprestigio del movimiento sindical, y eso es algo que pagaremos, sin duda, si no le echamos fontanería con urgencia.

Muchas expectativas puestas en las elecciones de hoy se verán irremediablemente defraudadas: es lo que ocurre cuando uno espera que las personas cambien de la noche a la mañana, sobreponiéndose a sus hábitos antiguos y recientes, haciendo tabla rasa de sus comportamientos pasados, tanto los electorales como los otros. No, esos cambios son lentos y hay cosas que no pueden esperar: si uno aspira a un vuelco electoral, debe partir de lo que hay, y no ha habido mutaciones prodigiosas. Como la izquierda, en general, lleva decenios instalada en las antípodas del principio de realidad, es normal que el baño de masas produzca monstruos y se confunda (confundamos: no me excluyo) el pragmatismo con la indecencia, el entusiasmo con el triunfalismo, la lealtad con la adulación y el mérito con la gazmoñería. Es una pena, pero “entre la pena y la nada, elijo la pena”, escribió Faulkner, y así va uno a votar, con pena, depositando en una urna cada vez más griega una papeleta que, francamente, da un poco de pena, pero es eso o la nada, eso o resignarse a otro gobierno de naderías absolutas.

Si un niño está habituado a hacer su santa voluntad, de capricho en capricho, no podemos exigirle que de pronto se comporte con modales victorianos, tendremos que conformarnos con pequeños avances, con progresos a escala, y si una sociedad infantilizada lleva treinta años votando Pepsi o Coca-Cola, es absurdo esperar que de repente vaya a optar por abolir la monarquía o por instaurar la renta básica universal. Aun así, sería un mérito colectivo haber mandado al bipartidismo a las cloacas de la historia. No por eso va uno a conformarse: puede que hoy nos vayamos a la cama con una sonrisa de alivio por haber conseguido que el niño recoja sus juguetes, pero no renunciamos a verlo convertido en el niño mejor educado del mundo. Si nos rendimos, mañana volverá a tenerlo todo hecho un asco y le echaremos la culpa a la tele, a las malas compañías o a la herencia recibida. Pero la culpa será solo y exclusivamente nuestra.

[Artículo publicado en Asturias24.]

O César o nada

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Pa entender el turdeburde que vive’l Xixón post 24M, nun nos queda otro que retroceder al mes de mayu de 2011. El descontentu ciudadanu que daquella cuayaba nes movilizaciones qu’agora conocemos como 15M, articulóse en Xixón de manera mui diferente a como lo fixo n’Uviéu o n’Avilés. De mano, igual porque en Xixón la estrema izquierda nun sufriera un colapsu equivalente al de les otres ciudaes, la novedá de lo nuevo yera menos novedosa, o dicho d’otra manera: el 15M xixonés yera un poco un mayu xixonés de los de tola vida. Esa foi la primer diferencia. La segunda, non menos importante, foi qu’en Xixón ganó Foro l’alcaldía.

Foro ganó l’alcaldía, que non les elecciones, porque primero ganó la hexemonía, porque supo rentabilizar electoralmente la reconfiguración social y económica que sufriera la ciudá, y porque aprovechó la insólita capacidá del PSOE local pa pegase tiros a sigo mesmu y non solo nos pies. Al PSOE, hasta 2011, rentába-y electoralmente sopelexar izquierdismu interclasista una vez cada cuatro años, pero la táctica dexó de funcionar en cuantes que la ciudá s’enllenó d’edificios barcu y barrios residenciales a mayor gloria d’un par d’empreses constructores anguaño inesistentes. Ye lo que tien fabricar una ciudá sobre’l molde ficcional d’una utopía hanseática: que munchos habitantes acaben creyendo’l mitu y cuenten tar viviendo en Lübeck. El resultáu ye lo que tenemos agora: dos ciudaes superpuestes, peligrosamente encolingaes sobre l’escobiu qu’atraviesa Asturies. Hai más o menos un añu, a miles de viandantes d’izquierda entró-yos l’horror vacui y, buscando un poste o dalgo a lo que se garrar, toparon con Podemos.

Cualquiera que xurgue un poco nes intimidaes de Podemos n’otres ciudaes, non solo d’Asturies, va descubrir que les bases nitroxenaes del partíu son bastante asemeyaes nunes y n’otres. Xixón ye de les poques ciudaes del so tamañu onde esi ADN ta alteráu. Pero la culpa d’eso, francamente, nun la tien Mario Suárez del Fueyo. Primero hubo años d’entreguismu d’Izquierda Xunida al PSOE y del PSOE a los Masavéu, y hubo tamién un rosariu de cambios xeneracionales importantes pa una ciudá d’un cuartu de millón d’habitantes y ensin campus universitariu (sí, yá sé que Viesques): Xixón foi vaciándose de población precisamente pel segmentu d’edá pel que primero debía anovase la izquierda local. Nin l’elitismu del PSOE, nin la estratexa (comprensible) de resistencia numantina del sindicalismu d’izquierda, fixeron muncho por mirar pa los barrios del interior nin pa lo qu’ellí taba ocurriendo, como tampoco pa la zona rural, retratada por un prócer d’Izquierda Xunida como una especie de ciudá xardín insolidaria y mezquina que más valía desaniciar.

Cierto que nada d’eso ye un misteriu mui misteriosu, y qu’esi estáu de coses tuviéronlu presente bien de votantes tradicionales del PSOE que, de la que Podemos asomó’l focicu, hai poco más d’un añu, punxéronse a aplaudir a rabiar, convencíos de qu’había anovamientu pa la izquierda local, anque viniera de fuera del partíu al que munchos d’ellos facíen responsable (porque lo yera) d’esa pérdiga de poder municipal y hexemonía social o viceversa. D’ehí l’escrache mediáticu que viven estos díes los conceyales electos de Xixón Sí Puede. Da lo mesmo que’l PSOE tuviera cuatro años p’analizar por qué perdió la xoya de la corona y obrar en consecuencia envede presentar a un candidatu a l’alcaldía del que lo menos que se pue dicir ye que mui nuevu en política nun ye. Total, la llectura que fixeron hai cuatro años foi que perdieron por culpa de gobernar con Izquierda Xunida, y tanto lo repitieron qu’hasta Izquierda Xunida acabó creyéndolo. Igual va pasar agora con esti escalforiáu llamamientu a la intifada contra Foro: si ganen los malos, la culpa va ser de Podemos.

Lo peor que pue pasar ye que tengan parte de razón, pero non polo qu’ellos barrunten: en ciudaes como Xixón, el papel de Podemos yera ser o César o nada, porque pa eso se inventó esti artefactu, pa dexar que xugara tamién una mayoría social que nun tien nada que ganar del conflictu ente los dos bloques del réxime, pero de poco podía valer si nun se cambiaba’l tableru de xuegu, si los actores diben ser, individual o colectivamente, los mesmos de los últimos venti años. Nun facía falta ser politólogu pa ver que, nesi contestu, el resultáu diba ser un repartu de cuotes tan difícil de xestionar como’l que tenemos delantre. Cómo salir agora d’esti impasse ye difícil de pescudar, a nun ser que tengamos a mano un DeLorean y un puñáu de plutonio. La única salida razonable, a lo menos pa Xixón Sí Puede, ye aplicar lo que Podemos siempre dixo que diba facer en casos como esti, a saber: una consulta popular pa decidir si se pauta y con quién. Toles demás soluciones posibles impliquen, amás d’un incumplimientu grave de les propies premises, atribui-yos poderes sobrenaturales a los que dicen saber interpretar a pelo la voluntá y los deseos de 30.000 votantes.

¿Por qué votamos lo que votamos?

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Hace veinte años, cuando el Partido Popular ganó las elecciones en Asturies, coincidí en Turón con un interventor del PSOE visiblemente indignado. No entendía qué estaba pasando, por qué, según sus palabras, los obreros votaban a la derecha. Todo un clásico del felipismo, aquel hombre: su partido había firmado la sentencia de muerte de la minería asturiana, pero todavía no comprendía por qué los mineros y sus familias no aplaudían hasta despellejarse las palmas de las manos.

Varios años más tarde, un 14 de marzo de 2004, en otro colegio electoral, muy lejos de Turón, pude oír a un interventor del PP maldecir a ETA y a los sinvergüenzas que, como yo mismo, no se creían la versión oficial sobre los atentados del 11-M. Una conjura internacional había sembrado Madrid de cadáveres con la única finalidad de que el PP perdiera las elecciones. Como yo soy muy de primeras impresiones, me creí su indignación igual que me había creído la de aquel socialista turonés. Eran indignaciones gemelas: lo que uno siente cuando la mayoría le lleva la contraria, una mayoría a la que uno se imagina inmadura, alienada, manipulada o sencillamente imbécil.

Hace cuatro años, lo que aún no se llamaba 15-M rebosaba las plazas de las ciudades y las redes sociales, exhibiendo un rechazo frontal hacia la partitocracia española. El “no nos representan” lo coreaban hasta los niños, y estoy seguro de que era completamente cierto que no nos representaban. Varios meses después, Mariano Rajoy ganaba las elecciones con una mayoría absoluta digna de mejor causa, y entre los simpatizantes del PSOE comenzaba a circular la especie de que aquel resultado había sido obra del 15-M y este, a su vez, de alguna oscura trama que algún día saldría a la luz.

Todo el mundo cree saberlo todo sobre las motivaciones de sus vecinos, y las motivaciones que dirigen el voto no son una excepción. Desde los hacedores de encuestas hasta los consumidores de telerrealidad, no hay nadie que albergue la menor duda sobre los porqués y los cómos de nuestras elecciones políticas. El grado de dogmatismo de esas explicaciones es directamente proporcional al grado de simpatía por un partido, y no importa si este último pertenece al selecto club del bipartidismo asimétrico o al no menos selecto de los eternos aspirantes. De hecho, a juzgar por la displicencia que se gastan últimamente Cayo Lara y Rosa Díez, uno se sentiría autorizado a afirmar que el dogmatismo es tanto mayor cuanto menores son las expectativas de éxito, pero la verdad es que también en el PP y el PSOE se percibe a la legua que adoran las explicaciones unidimensionales y despectivas.

Las campañas electorales son una auténtica prueba de fuego para los modelos de pensamiento pluralistas. La efusividad demoscópica no ayuda a desterrar los relatos lineales donde uno es el héroe y todos los demás un hatajo de acémilas. La realidad suele imponerse cuando se hace público el escrutinio, pero pocas veces se impone también la necesidad de revisar ese relato de campaña que es en parte responsable de los malos (y también de los buenos) resultados: lo habitual es que uno se obstine en el error y que continúe despreciando a quienes pensaron de forma diferente.

En el fondo, no es la adhesión a unas siglas o a un programa lo que activa en nuestro cerebro la decisión de emitir un voto u otro. Tiene más peso el rechazo hacia otras siglas u otros programas. En casi todas las elecciones gana el mismo candidato: el miedo. El miedo a esta o aquella alternativa, no la confianza en la opción que uno defiende. Ocurre, no obstante, que el miedo es un poso de emociones que sedimenta de forma diferente en cada individuo, alimentándose de nuestra biografía. No es probable que una campaña electoral sacuda todos esos temores por igual, pero es un hecho que casi todas lo intentan, en mayor o menor medida. El propio calendario electoral parece diseñado para que el miedo se exprese sin coacciones: nada mejor que una presunta jornada de reflexión para que la razón política se diluya y afloren esos condicionantes prepolíticos que el domingo decidirán quién se va y quién se queda.

Fuego griego

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Al final de la Segunda Guerra Mundial, los aliados se esmeraron cuanto pudieron en desarmar a las fuerzas de la resistencia antifascista, muy especialmente a los comunistas. No dudaron en aliarse con los vencidos en aquellos países donde los movimientos populares podían constituir una seria amenaza, como Italia, Francia o Grecia. En suelo griego, y pertrechados en el Hotel Grande Bretagne de Atenas, los británicos trabajaron duro para restaurar la monarquía e instaurar un gobierno anticomunista con Yorgos Papandreu a la cabeza. En diciembre de 1944, por orden de Winston Churchill, una manifestación ciudadana fue duramente reprimida en la plaza Syntagma, frente a lo que era, en aquel entonces, el Palacio Real. Veintitrés manifestantes fueron asesinados.

Desde el año 2010, la plaza Syntagma se ha convertido en el kilómetro cero de la rebelión griega contra los planes de la Troika. Allí se suicidó en 2012 Dimitris Christoulas, un farmacéutico jubilado, símbolo a la par que víctima de un estado de cosas que forzosamente habría de cambiar so pena de catástrofe. “Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún días las armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945”, dejó escrito en una nota de despedida.

En la izquierda griega está muy arraigado el imaginario antifascista. Varias guerras civiles dan cuenta del compromiso de esa izquierda con la democracia, frente al evidente lazo que une a las derechas con los gobiernos autoritarios. La izquierda griega tiene un relato coherente, convincente y emocionante. Es un relato lineal, sin sobresaltos, que visibiliza las heridas abiertas en la sociedad griega desde la Segunda Guerra Mundial y hace suya una reclamación universal de soberanía que recogen casi todas las interpretaciones del Derecho Internacional. Asume que la lucha de clases en Grecia no ha sido clausurada ni superada en ningún momento y que el bando ganador solo ha podido serlo gracias a la injerencia militar extranjera y al secuestro de las libertades. En Grecia no hay transiciones modélicas que vender, ni virtudes dinásticas que maquillar, y el nivel de intolerancia política, que no social, hacia el cinismo y la marrullería supera todo lo que estamos acostumbrados a experimentar en las izquierdas más occidentales.

Manolis Glezos, eurodiputado de Syriza, es uno de los rostros de ese relato: con tan solo dieciocho años, en 1941, se arriesgó a quitar la esvástica de la Acrópolis, y desde entonces su compromiso político no se ha movido de esa convicción antifascista por la que fue premiado con prisión tanto por las fuerzas de ocupación alemanas e italianas como por sucesivos gobiernos hasta 1974. No es que España, Francia o Italia no puedan recurrir a un ejemplo similar, sino que las izquierdas occidentales carecen de un relato donde luchadores antifascistas como Glezos puedan representar algo más que iconos venerables pero rescatados de un tiempo olvidado y hasta ajeno.

De ahí la presencia, inquietante para muchos militantes de las izquierdas españolas, de Pablo Iglesias en el acto central de la campaña de Syriza: es Podemos quien construye un relato alternativo al de las izquierdas pactistas y las transiciones responsables, y es de hecho Podemos quien asume como un trámite insoslayable el de reconstruir esa narrativa errática y fragmentaria que le ha dado al PP la hegemonía. Pero no es Pablo Iglesias ni es Podemos la fuente de legitimidad para que el relato funcione y sea, más que un eficaz aparato de propaganda, la respuesta orgánica a una urgencia social. El narrador implícito de ese relato se llama 15M, y al igual que Syriza encontró en la plaza Syntagma de Atenas los adoquines con que construir su discurso, los de Podemos provienen de las plazas ocupadas en la primavera de 2011.

Nadie sabe en qué consistía exactamente el fuego griego, aquella mezcla inflamable con que los bizantinos achicharraban a sus enemigos. El secreto mejor guardado de la tecnología militar sigue siendo un enigma. Lo que no es ningún enigma es que el éxito previsible de Syriza responde a causas objetivas y a la honestidad de un relato coherente. Se trata otra vez de evitar que la esvástica siga ondeando en la Acrópolis. Podemos ponernos exquisitos con las simbologías, pero no es otra cosa.

Confluyan con precaución

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Parece que a Podemos le va a resultar más difícil explicar cómo funciona qué cuál es su programa. Las últimas horas nos han servido un quintal de ejemplos de que un millón doscientos mil votos son demasiados como para ignorar los clichés más habituales en las discusiones políticas, no digamos ya en los medios. Acostumbrados como estamos a que las declaraciones públicas de los dirigentes de los partidos procedan formalmente de una deliberación interna (cliché: no es precisamente infrecuente que esos dirigentes declaren lo que les viene en gana, calibrando solo los equilibrios de poder de los que depende su posición), puede provocar cierta estupefacción que Jiménez Villarejo opine según qué cosas (cliché: tampoco es infrecuente que confundamos la representación política con la ideológica, como si al dar nuestro voto a un candidato para que represente nuestra voluntad le autorizáramos también a ser portavoz de nuestras opiniones). No menos acostumbrados a que los partidos sean organizaciones con carné y cuotas (cliché: es facilísimo sacarse el carné de un partido, a pesar de dar la impresión de ser clubs privados y selectos), no es menor la perplejidad que provoca ser invitado, sin más, a participar en un círculo o asamblea (cliché: no es del todo cierto que la burocracia de los partidos sea el gran obstáculo a la participación ciudadana). Pero cuidado: no es desdeñable el peso de los clichés dentro de Podemos, y es así que hemos podido recabar opiniones contrarias a una confluencia con Izquierda Unida desde el argumento del asamblearismo (como si a Izquierda Unida o a quien fuese le costara mucho aplicar el clásico método del desembarco de militantes y colonizar uno a uno los círculos de Podemos) o desde el pseudoargumento de la pureza (como si los círculos estuviesen abiertos a todos salvo a aquellos manchados por no se sabe qué impurezas). Cierto que, tanto dentro como fuera, estos ejemplos son menos que anecdóticos, pero abren más de un interrogante sobre el tipo de relación que se quiere articular entre movimiento partido e instituciones.

No es ningún secreto que el horizonte de Podemos es el de un proceso constituyente, y no es ningún misterio que en un proceso constituyente el músculo es parte del mensaje. Leer este momento en clave frentista, bajo consignas del tipo “parar a la derecha”, por muy tentador que pueda ser, ni es meritorio, ni realista. No es realista porque quedarse en construir una mayoría parlamentaria y una opción de gobierno de izquierda bloquearía cualquier posibilidad de hacer saltar el marco constitucional (aunque otra cosa es que pueda hacerse saltar ese marco sin construir esa mayoría). No es meritorio porque, como decía aquel personaje de Braveheart, no nos hemos vestido así para nada: se ha puesto en marcha algo demasiado grande como para pretender redirigirlo ahora hacia un vis a vis de mayorías y minorías.

Es inevitable que en la fase actual del movimiento (más de afluencias que de confluencias, me parece) triunfen en Podemos los discursos apofáticos, más efectivos en negar que Podemos sea esto o aquello que en definirlo con claridad y exactitud. Pero Podemos no es un incognoscible, de modo que algún paso habrá que dar hacia una clarificación colectiva, extramuros, que no requiera un curso acelerado de política spinozista. Personalmente creo que el modelo organizativo de Podemos aguantará sin demasiadas tensiones, no por su solidez, sino por su capacidad de adaptación e innovación. No obstante, habrá que prepararse para pulir algún tipo de discurso catafático, del tipo “esto es así” (un discurso que recoja la realidad efectiva, conductual, de Podemos), que evite los debates estériles, sobre todo en los medios. Las experiencias del 15M y de las CUP así lo aconsejan.