La gaseosa de los campeones

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El Partido Popular ha ganado las elecciones con 119 escaños. El PSOE ha obtenido 92, por los 57 de Ciudadanos, los 52 de Podemos, los 15 de Izquierda Unida-Unidad Popular y los 15 de En Comú Podem. La suma de PP y Ciudadanos alcanza la mayoría absoluta. La patria goza de calma.

Y no, ni usted ha leído mal ni yo estoy borracho, y mucho menos manejo datos confidenciales que el ministerio del Interior ha tenido a bien escamotearnos para hacer que los próximos meses sean un poquito más interesantes. La realidad es que el PP ha ganado con 123 escaños y que, sumándole los 40 que ha obtenido Ciudadanos, no da para una mayoría absoluta. El PSOE ha obtenido 90 y Podemos se ha quedado con 42, En Comú Podem con 12 e Izquierda Unida-Unidad Popular, con una pareja de diputados madrileños. Por lo demás, entran en el Parlamento otras siete formaciones, entre ellas la gallega En Marea (6 escaños) y la valenciana Compromís-Podemos-És El Moment (9 escaños), que recogen parte de lo que han perdido Podemos e IU-UP entre un párrafo y otro.

La estimación inicial estaba basada en los resultados oficiales del escrutinio, pero aplicándole un reparto de escaños según una circunscripción única. Por eso echaba usted de menos al diputado de Coalición Canaria, el más barato del mundo. Por eso tenía usted la sensación de vivir en un país ligeramente inclinado a la derecha pero con un bonito jardín a la izquierda y un coqueto adosado catalán. Seguramente a usted no le importe demasiado, pero el país donde yo vivo se parece bastante al que recoge esa descripción. En cambio, la foto finish que nos proporcionan los resultados oficiales es, como siempre, un poco más movida, menos fiel a los porcentajes de voto, y deja en penumbra algunas zonas del futuro más próximo.

Sin duda sabe usted que esa maravilla de la circunscripción provincial se la sacaron de la manga nuestros padres fundadores con la finalidad de favorecer la estabilidad del reino, premiando a los partidos más votados con un plus de representatividad, un poco como en Grecia, donde regalan cincuenta escaños al vencedor, pero disimulando y permitiendo que el reparto se haga entre dos. Romper esa barrera metafísica de la circunscripción provincial ha sido el sueño de las izquierdas durante décadas. No tanto de las derechas: estas siempre han sido mucho menos renuentes a aliarse en fenómenos blockbuster como UCD o PP. El PSOE, desde su no menos metafísica ubicación ideológica, ha hecho siempre como si le beneficiara, y lo cierto es, como acabamos de ver, que ni le beneficia ni le perjudica: le da lo mismo. Hace tan solo dos años, Izquierda Unida acariciaba la posibilidad de traspasarla: las encuestas le daban un 16 por ciento de sufragios, suficientes para no ver escurrirse cientos de miles de votos por los sumideros del sistema electoral. Entonces llegó Podemos.

Podemos fue, desde el principio, un experimento, y como tal merece ser evaluado. La hipótesis: que desbordando las constricciones impuestas por el aparato de Izquierda Unida había lugar para un crecimiento exponencial de la izquierda a la izquierda del PSOE. En parte, funcionó: se rompió el corsé de las circunscripciones y se superó el porcentaje mínimo para entrar a pescar en los caladeros del bipartidismo. En parte, también, fracasó: la suma de los porcentajes de voto de Podemos e IU-UP es prácticamente idéntica a la que arrojaban los sondeos para IU justo antes de la irrupción de Podemos.

Cierto que la influencia de Podemos en el escenario político español desborda sus resultados electorales. No obstante, lo que nació y se definió tantas veces como una “maquinaria de guerra electoral” (Errejón), como maquinaria de guerra electoral ha de juzgarse. Y si bien no podemos ignorar que el considerable adelgazamiento del bipartidismo le debe mucho, tampoco podemos hacer como si acabáramos de inventar las metáforas bélicas: cuando uno piensa en maquinarias de guerra, piensa en Rommel, en Stalin o en Napoleón, no en Federico Trillo invadiendo Perejil.

Tal vez Podemos haya servido más como catalizador de procesos de confluencia que como maquinaria electoral: he ahí los resultados de En Comú Podem, de En Marea y de la irrepetible (por lo largo del nombre) candidatura valenciana. Un dato revelador es que en los tres casos existía y existe un núcleo irradiador no vinculado al partido de Pablo Iglesias, llámese Compromís, Anova o (indirectamente, al no concurrir a estas elecciones) la CUP.

Claro que a Podemos le ha hecho daño la irrupción de Ciudadanos: la estrategia de soltar lastre izquierdista, aplazando debates pendientes como el del modelo de Estado, estaba llamada a fracasar en cuanto el adversario se percatara de que esa función podía cumplirla mucho mejor un artefacto político morigerado y cañí, de esos que nadie asociaría con Cuba o Venezuela. Otro experimento fallido, no obstante: también Ciudadanos logra superar la barrera de las circunscripciones, algo que no logró la especie que antes poblaba su mismo nicho ideológico, UPyD, pero su único éxito ha sido el de lograr alcanzar la irrelevancia antes de que nadie hubiese averiguado para qué servía.

Me imagino que, al finalizar el escrutinio, muchos votantes de izquierdas habrán pensado lo mismo que el dueño de Mercadona al ver (aproveche: puede que esta sea la única expresión literal que hay en todo el artículo) cómo Albert Rivera se quedaba atrapado en una puerta giratoria: “los experimentos, con gaseosa, joven”, como dijera Eugeni d’Ors. Puede ser: con el bipartidismo de capa caída y sintiendo que su supervivencia solo depende de la buena salud de los votantes más veteranos, tanto el PP como el PSOE mantienen el tipo sin habérselo jugado. Pierden, pero nadie les gana. Y no obstante, no salen vencedores. Es una de las muchas paradojas de este 20 de diciembre. Después de todo, ni el copago ni los recortes en sanidad han diezmado al electorado senior, de quien depende la subsistencia del partido que más ha hecho por joderle la salud, y no deja de ser cierto que, de no ser por el celo de nuestros padres fundadores en diseñar una legislación electoral que reforzara el bipartidismo y el voto conservador, hoy tendríamos una mayoría absoluta de las que le gustaban a Fraga. Téngalo usted en cuenta la próxima vez que alguien (yo mismo, sin ir más lejos) le discuta las bondades del régimen del 78.

Déjala que caiga

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BANQUO: Habrá lluvia esta noche.
SEYTON: Déjala que caiga.
Shakespeare, Macbeth, Acto III, Escena 3

Llegó el gran día. El que se anunciaba como si fuese el fin de una era. El meteorito que acabaría con la hegemonía de los dinosaurios. El íncipit del proceso constituyente. El día D. La caída de Constantinopla.

El relato era verosímil hasta que la trama griega nos dejó en punto muerto. Desde entonces, a algunos aún se nos notan los efectos de esa ducha de agua fría con la que, confesémoslo, no contábamos: si la urna griega de Keats era la “inviolada novia del reposo”, las urnas del referéndum del 5 de julio no solo fueron violadas, sino también privatizadas. “Aquí como en Grecia”, decíamos no hace tanto. Dicho y hecho: aquí, como en Grecia, ya no parece que hoy vaya a ser el día de desbordar nada, de subvertir nada, y mucho menos cuando algunos de aquellos a quienes habíamos investido para ponerle cara al cambio decidieron que el cóctel aún andaba escaso de peronismo y generales de la OTAN. Aquí, ni referéndum.

Como era de esperar, hoy ganarán las clases medias, y ya veremos quién decide el IBEX 35 que gobierne y por cuánto tiempo. No parece probable que esta noche vayamos a celebrar la nacionalización de las eléctricas, la paralización de los desahucios, la derogación de los acuerdos con la Santa Sede y la huida de los reyes a Estoril.

Naturalmente, no era una posibilidad remota. Y ya sabíamos que las probabilidades de que esto acabara así eran muy elevadas, incluso antes de que Syriza empezara a privatizar aeropuertos y Pablo Iglesias a acudir a funerales de Estado. Tal vez nos hayamos pasado de ilusos, pero no tanto como para echarnos a llorar ante el primer proceso constituyente que se nos va al carajo. Porque esto que llevo escrito no es todo el relato: aunque nada cambie hoy, todo ha cambiado ya. Y si esta noche no llegamos a celebrar el triunfo de la sensatez, estoy convencido de que, al menos, podremos brindar por el fracaso de la desfachatez.

Durante cuatro años y un día, un gobierno mediocre, compuesto en su mayor parte por integristas cristianos y, en su totalidad, por naderías integrales, ha aprovechado la insólita circunstancia de contar con mayoría absoluta para cercenar derechos fundamentales, inmiscuyéndose en asuntos tan graves como la salud o la atención a las necesidades básicas de la gente más pobre, relegando a las mujeres a un papel secundario y subordinado, utilizando su influencia sobre los medios de comunicación para exacerbar las tensiones territoriales, asesinando inmigrantes en las fronteras, desviando fondos públicos a bolsillos privados, afianzando la tutela eclesiástica sobre el sistema educativo, precarizando y destruyendo empleos y laminando la investigación científica, por mencionar solo lo anecdótico. Para ello ha contado con la connivencia no solo de los más de diez millones de votantes que quisieron que esto fuese así, sino también del “principal partido de la oposición”, como dicen los medios, instigador en agosto de 2011 de una reforma constitucional que ponía nuestra salud y nuestro bienestar al servicio de la cuenta de resultados de la banca.

Nos han tomado el pelo durante cuatro años, riéndosenos en las barbas, haciéndose selfies y todo mientras se cachondeaban de las familias desahuciadas, de las personas dependientes a las que abandonaban a su magra suerte, de una clase trabajadora abocada a una economía de subsistencia y de una clase media paralizada ante el recibo de la luz. Con todo, se han reído cada vez con menos convicción, superados por sucesivas oleadas de movilizaciones que provenían de aquel 15 de mayo de 2011 y que fueron cristalizando en dispositivos novedosos y eficaces. Salvo alguna cosa: ni los grandes sindicatos han estado a la altura de las exigencias, ni las mareas ciudadanas han logrado parar el desprestigio del movimiento sindical, y eso es algo que pagaremos, sin duda, si no le echamos fontanería con urgencia.

Muchas expectativas puestas en las elecciones de hoy se verán irremediablemente defraudadas: es lo que ocurre cuando uno espera que las personas cambien de la noche a la mañana, sobreponiéndose a sus hábitos antiguos y recientes, haciendo tabla rasa de sus comportamientos pasados, tanto los electorales como los otros. No, esos cambios son lentos y hay cosas que no pueden esperar: si uno aspira a un vuelco electoral, debe partir de lo que hay, y no ha habido mutaciones prodigiosas. Como la izquierda, en general, lleva decenios instalada en las antípodas del principio de realidad, es normal que el baño de masas produzca monstruos y se confunda (confundamos: no me excluyo) el pragmatismo con la indecencia, el entusiasmo con el triunfalismo, la lealtad con la adulación y el mérito con la gazmoñería. Es una pena, pero “entre la pena y la nada, elijo la pena”, escribió Faulkner, y así va uno a votar, con pena, depositando en una urna cada vez más griega una papeleta que, francamente, da un poco de pena, pero es eso o la nada, eso o resignarse a otro gobierno de naderías absolutas.

Si un niño está habituado a hacer su santa voluntad, de capricho en capricho, no podemos exigirle que de pronto se comporte con modales victorianos, tendremos que conformarnos con pequeños avances, con progresos a escala, y si una sociedad infantilizada lleva treinta años votando Pepsi o Coca-Cola, es absurdo esperar que de repente vaya a optar por abolir la monarquía o por instaurar la renta básica universal. Aun así, sería un mérito colectivo haber mandado al bipartidismo a las cloacas de la historia. No por eso va uno a conformarse: puede que hoy nos vayamos a la cama con una sonrisa de alivio por haber conseguido que el niño recoja sus juguetes, pero no renunciamos a verlo convertido en el niño mejor educado del mundo. Si nos rendimos, mañana volverá a tenerlo todo hecho un asco y le echaremos la culpa a la tele, a las malas compañías o a la herencia recibida. Pero la culpa será solo y exclusivamente nuestra.

[Artículo publicado en Asturias24.]