Mi ministro favorito

Se comenta por ahí que hay quien duda de si los centollos son animales o no, igual que hay quien afirma sin sonrojo alguno que los toros no sufren cuando los maltratan con arte y donosura. Descontando estas dolorosas excepciones, la mayoría de la gente está al corriente de los avances científicos de los últimos trescientos años y sabe que hay animales vertebrados e invertebrados y que entre estos últimos los hay sin esqueleto, como las lombrices, las babosas y los pulpos, y los hay con esqueleto externo o exoesqueleto, como los dichosos centollos, las arañas y los artrópodos en su conjunto.

Lo que también sabe la mayoría de la gente es que los ministros, y los políticos profesionales en general, pueden llevar cáscara o no llevarla. Se distingue a la perfección un político con exoesqueleto de un político absolutamente invertebrado, tanto por dentro como por fuera. Y tal vez por eso, a la hora de votar, los comportamientos oscilan entre el voto masivo al molusco sin concha (muy apreciado por electores empeñados en votar a aquellos que más se les parecen) y la preferencia por el artrópodo convicto y confeso (más valorados por quienes votan al concepto y no a la persona): hay personajes públicos muy dados a exhibir exoesqueleto e incluso a identificarse con este, mientras que hay otros más proclives a andar por la vida como moluscos sin concha, sin disimulos ni hostias, o sin disimulos pero con hostias, si es el caso de algún aficionado a comulgar en público como el actual ministro de interioridades, el menos quitinoso y el menos artrópodo de todo el gabinete de Mariano Rajoy.

Pertenezco a ese exclusivo club de quienes prefieren la derecha sin complejos y la liturgia en latín y con mucho colorido. No me gusta el papa Francisco, igual que no me gustaba Juan Pablo II: demasiado disfraz, demasiado postureo de pontífices a la altura de los tiempos. Demasiado exoesqueleto. De hecho, el de Juan Pablo II fue el exoesqueleto más logrado de todos, una auténtica armadura con forma de automóvil mediante la cual pretendía parecer cercano a las muchedumbres mientras se aislaba convenientemente de ellas tras un cristal blindado. Nuestro parque móvil ministerial, sin llegar a rozar las excelencias de aquel papa-transformer, nos dio el mejor ejemplar de político blindado: Alberto Ruiz Gallardón, el ministro biónico, ni siquiera toleraba una arruga en su disfraz. Comparados con él, tanto Aznar como Pedro Sánchez (dos verdaderos exoesqueletos sin político dentro) parecen espontáneos y auténticos, hasta cercanos incluso, si es que a uno le gusta estar cerca de esas cosas.

Don Jorge Fernández Díaz, nuestro ministro de asuntos íntimos, es tal vez el menos crustáceo de la historia ministerial española, con la posible excepción de aquel Fernando Morán que tantas satisfacciones nos dio. No es posible imaginarse un ser humano menos propenso a esconder sus opiniones o sus manías que don Jorge, lo que le convierte, de lejos, en mi ministro favorito, pues es todo ventajas: te evita discusiones absurdas (nadie se esfuerza en convencerte de que este individuo es progresista o pertenece a la “derecha civilizada”, como se decía tan a menudo del caído Gallardón), te ahorra un potosí en asesores de imagen (eso espero, al menos, porque sería tirar el dinero aún más de lo acostumbrado) y te protege contra la tentación de buscar en sus acciones o en sus declaraciones tanto dobles sentidos como objetivos inconfesables: el buen señor es muy de confesarse.

Por todas esas razones, su entrevista con Rodrigo Rato ha alcanzado el rango de asunto de Estado y se ha saldado con una comparecencia parlamentaria escandalosa y poco menos que terrorífica. He aquí la única desventaja de este tipo de ministros: mienten mal, mienten ridículamente mal, y están tan habituados a pensar que solo tienen que rendir cuentas ante Dios que, en el fondo, les importa un rábano que les pillen. Por eso sus deslices no suelen ser aventuras individuales, de las que se saldan con una dimisión y un exilio dorado, sino dramas colectivos, que arrastran a un gobierno entero al precipicio. Aunque siempre cabe la posibilidad de que en el último minuto los aplaste alguien de su propio partido, por la buena marcha del negocio, tampoco esos aplastamientos salen gratis: si Rajoy ya parece estar asqueado hasta cuando sonríe, imagínense la cara que pondría si tuviera que andar con los restos gelatinosos de un ministro pegados a la suela del zapato. Tanto ha avanzado la degradación zoológica de este gobierno que es difícil, casi imposible, aventurar qué ocurrirá en los próximos días. Lo único que parece seguro es que Rodrigo Rato seguirá de vacaciones.

Derecha de punta fina

Cuando la realidá se pon difícil d’entender, siempre ye útil encomendase a Forocoches. Sobre Ciudadanos atopa ún discusiones interesantes nesa nueva Atenes de la cibernética, y nun lo digo con retranca: hailes muncho más interesantes que na mayor parte de los foros de discusión onde pue ún participar ensin pagar matrícula (y hasta pagándola). Yo atopé, ente otres coses, una comparativa escelente y pertrabayada de los programes electorales de Ciudadanos y Podemos. La única tacha ye que Podemos nun tien tovía un programa electoral stricto sensu, pero sacante eso la comparativa prometía discusiones de nivel, vete a saber de qué nivel. Solo por aciu d’esa asimetría yá ganaba Ciudadanos na comparanza: de Podemos esbillárense solo les midíes más xenériques que perfilara esti partíu pa les elecciones europees, mientres que les propuestes de Ciudadanos taben actualizaes al día del post, tabulaes y numberaes. Quedaba too mui guapo. Y lo mesmo que pasaba con UPyD cuando UPyD importaba dalgo, munches d’eses midíes, bien vistíes, pintaben absolutamente defendibles. La mayor parte d’elles yeren (son) un despropósitu absolutu, pero tanto rellucíen que paecíen, cuando menos, escandinaves. Esperaba ún atopar de siguío un volume bien grande de manifestaciones de foreros posicionándose a favor de, por exemplu, la investigación médica d’enfermedaes rares, el fomentu del software llibre nes escueles o l’accesu gratuitu a los museos, midíes bien razonables y que, per otra parte, yá incluyía Izquierda Unida nel so programa en 2011. Nostante, nun me sorprendió gota que la mayoría de los comentarios s’interesaren por otru tipu de propuestes, a saber: les rellacionaes cola inmigración y los nacionalismos.

Un tema recurrente nes tertulies polítiques españoles ye l’ausencia (n’España) d’una derecha civilizada al estilu de la derecha “europea”. Cuando se diz esto, polo xeneral, naide nun ta pensando na derecha húngara, sinón más bien na francesa, y piénsase más bien nuna derecha tipu De Gaulle o Chirac, y non tanto en Maurras o Le Pen. Mientres la gran esperanza de civilizar a les dereches hispániques foi Alberto Ruiz Gallardón, alentóse nos medios la creyencia de que nel PP, como en San Agustín, habitaben dos almes, una franquista, tradicionalista y de les JONS, y otra demócrata, lliberal y europeísta. Esi mitu funcionó hasta que foi público y notorio que tamién Gallardón gastaba alzacuellos: d’otra manera nun s’esplica qu’UPyD nun perpasara al PP yá nes elecciones de 2011. Sicasí, nun hai que desdexar, como factor mui influyente nel fracasu del partíu de Rosa Díez, qu’a fuerza de defender la desapaición de les fronteres interiores dexaron abandonada la defensa de les fronteres esteriores. Que ye xusto lo que Ciudadanos ximielga como reclamu, amás d’una xenérica apelación a la rexeneración democrática que, n’España, ye tan nuevo y atrevío como reivindicar la Dama d’Elche.

Si Ciudadanos llega a tener más ésitu qu’UPyD, cosa que ta por demostrar, obtendráse pol mesmu preciu la constatación de qu’esi desiderátum d’una parte de les clases altes españoles, a saber, un partíu de dereches que nun paeza escesivamente antediluvianu, ye tanta quimera n’España como en Francia o n’Hungría: nengún proyectu qu’atente contra los intereses de les clases populares pue tener nengún ésitu a nun ser que xorrasque lo más inflamable de les pasiones sociales, yá seyan estes relixoses, identitaries o xenófobes. Lo que de momentu diferencia a Ciudadanos del PP ye qu’a los primeros nun se-yos ve la sotana. Pa tolo demás, la diferencia ye tan simple como que’l BIC naranxa escribe fino y el BIC cristal escribe normal.

Incitación al odio

Mientras la policía registraba la sede del PP en busca de facturas falsas, el consejo de ministros aprobaba la penalización del aborto. No es que estos dos hechos guarden relación alguna, pero la realidad, al yuxtaponerlos, los ha convertido en la cara y la cruz del medallón que mejor retrata a este gobierno: una cara más dura que el cemento y una cruz que ríete tú de la de Cuelgamuros.

Una ley de “protección de derechos del concebido” solo puede ocurrírsele a un fanático, a un tarado mental o a un escritor de ficción. No tengo ninguna duda de a cuál de esas tres categorías no pertenece el ministro de Justicia.

Me imagino que el domingo aplaudirán los púlpitos y habrá doble ración de hostias en las comuniones, lo cual es lógico, ya que también la hay en las manifestaciones. Me imagino que tocará leer la primera carta del apóstol San Pablo a los corintios: “Las mujeres callen en las reuniones, pues no les está permitido hablar; antes bien, estén sometidas, como dice la Ley. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos, pues no es decoroso que la mujer hable en las asambleas”. Me imagino más cosas, pero puede que sea delito escribirlas, si es que todavía no lo es imaginarlas.

Lo de esta gente es incitación al odio. Mírenme a mí, si no me creen.

Llamadme feminazi

femenHace ya no sé cuántos años, Henry Kissinger estuvo en Uviéu, no recuerdo con qué objeto, y unos cuantos fuimos a recibirle con la inevitable pitada de protesta. A mi lado, una chica de no más de dieciséis años se desgañitaba gritándole improperios al ex secretario de estado de los Estados Unidos; estaba fuera de sí, una verdadera ménade junto a la cual parecíamos, todos los demás, o bien sus víctimas, o bien mansos corderos estupefactos. Poco a poco se fue quedando sola, como si el resto de los manifestantes temiéramos que nos contagiara su descrédito. El ridículo es contagioso. El sentido del ridículo, no tanto.

Hay que ser justos con aquella chica, aunque sea tarde: estaba en su perfecto derecho a dar rienda suelta a su rabia, y nadie debería haber creído que su falta de decoro (si es que era eso lo que nos sonrojaba) le quitaba parte de razón. No era ella quien había bombardeado Camboya. Sobre la conciencia de aquella adolescente no pesaban las atrocidades de Chile, Uruguay, Argentina, Vietnam. Era Kissinger quien debía avergonzarnos, pero durante unos minutos olvidamos por qué estábamos allí. La única que no lo olvidó fue aquella chica.

Esta semana, tres activistas de Femen irrumpieron en el Congreso y el mundo se vino abajo. Es un decir, claro: lo que ocurrió más bien es que hubo quien se vino arriba, la derecha en bloque con el ministro Brighella a la cabeza, cómo no, pero también una parte de la sedicente izquierda, llena de argumentos (es otro decir) contra todo: qué es Femen, qué hace Femen, qué pintan esas chicas con el cuerpo pintado, cómo es posible que no se den cuenta de que al desnudarse en público están siendo víctimas de la cosificación del cuerpo femenino (¿no será que en el fondo no nos creemos que su cuerpo sea realmente suyo?), lo desafortunado del lema (“Aborto es sagrado”) que exhibieron ante sus atónitas señorías. Y más por el estilo.

Lo que yo vi, en cambio, fue a tres chicas que eligieron hacer visible su rechazo a una legislación represiva y misógina y que lo hicieron como quisieron y cuando quisieron. Escogieron un lema altisonante y mal construido. Enseñaron las tetas. No respetaron el turno de palabra. De acuerdo. Pero no son ellas quienes están condenando a miles de mujeres a recurrir al aborto casero, ni son ellas quienes convierten el suplicio físico y mental en castigo y sacrificio por voluntad divina. En un mundo perfecto, podríamos permitirnos el lujo de ignorar que es así: en este, no. No es posible elegir la equidistancia entre Femen y Gallardón, sencillamente porque no son términos equidistantes, como tampoco nosotros somos árbitros de un conflicto en el que no tomamos parte: somos parte del conflicto, siempre. Contendientes. O eso, o víctimas: tú verás. Cierto que hay quien prefiere no verlo, hacer como que se puede elegir la equidistancia, permanecer inmóvil pero cargado de razón, sin haberse equivocado nunca, hasta que se abran los cielos y llueva napalm. No puedo evitar pensar que ese tipo de alma bella es el mismo que se encogió de hombros ante la inhabilitación de Garzón porque Egin, pero también  rehusó condenar el cierre de Egin porque Hipercor. Siempre hay un motivo para no elegir. Mientras haya ADSL, la izquierda líquida podrá vivir en paz sin ensuciarse las manos.

En las últimas horas he oído y leído comentarios que me han dejado literalmente molido. Por criticar, se ha criticado hasta que las chicas de Femen sean atractivas. Mucho me temo que eso sea lo de menos: llevamos años oyendo denigrar a las feministas por feas y asexuadas, y ahora resulta que lo malo es que estén buenas: sospecho que lo único de lo que se las acusa es de ser mujeres. Y ya se sabe: un hombre tiene derecho a insultar, a ser procaz, a vejar a sus semejantes, pero una mujer debe abstenerse de usar esas mismas armas, porque al hacerlo se iguala con el hombre, no iguala al hombre con ella. De pronto he recordado aquella reivindicación del “derecho al mal” que hiciera Amelia Valcárcel: “Si no los podemos hacer tan buenos, hagámonos nosotras tan malas: no exijamos castidad, sino perdámosla; no impongamos la dulzura, hagámonos brutales”.

Lara, Inna, Pauline: me gustan vuestras tetas. Seguid enseñándolas. Sed malas.

Tiempo de gaviotas

Vale. Ahora dice Rubalcaba que si el gobierno no retira la LOMCE, romperá (si gobierna) los acuerdos con el Vaticano. Esto es: que el PSOE hará en un futuro condicional lo que no quiso hacer durante veintiún años de gobierno en presente de indicativo. Majaderías aparte, tampoco es el PSOE, ni Rubalcaba ni ninguno de los demás, quien tiene la menor capacidad de decisión con respecto a la LOMCE, ni falta que hace. Después de todo, su forma de gestionar la educación en Asturies, donde gobiernan, no se caracteriza precisamente por el denuedo con que combaten el poder de los soviets cardenalicios, léase colegios concertados.

No, no debería importar lo que el PSOE diga que hará si vuelven las oscuras golondrinas. Nos guste o no, es tiempo de gaviotas: son los diputados del PP quienes aún pueden devolver la LOMCE a la pútrida sentina de la que no debería haber salido, y a ellos cabría dirigirse en un último esfuerzo por evitar un desastre de magnitud 9 en la escala de Richter. De paso, podremos comprobar si queda algún rescoldo de aquella “derecha civilizada” tan aplaudida por ciertos intelectuales de pseudoizquierda, toda vez que lo de Gallardón se ha quedado en aborto.

A los diputados del PP podría recordárseles, para empezar, el mucho empeño que siempre han puesto (al igual que sus supuestos adversarios del PSOE) en alabar las virtudes de la política estadounidense y en apoyar los desvelos del gobierno norteamericano en su lucha contra el Kremlin (o contra quien sea). Recuerden los perniles de Aznar en el rancho de Bush y hagan como él: marquen hegemonía. Sé que es duro eso de inspirarse en una república presidencialista cuando vives en una monarquía parlamentaria y aspiras a hacerlo en un cuartel o en un convento, pero pidamos seriedad y coherencia: copien el modelo completo, por favor, no solo sus defectos. Cualquier gobierno de los Estados Unidos sufre en sus carnes el escrache combinado de docenas de lobbies religiosos, no solo del católico (que también), y, dado que tampoco allí suelen tener gobernantes ateos, podemos suponer que estos también sufren la presión de sus propias conciencias. Pero la religión se mantiene fuera de las escuelas, y los jueces son inflexibles al respecto: sentencia del caso Engel vs. Vitale (1962), sentencia del caso Wallace vs. Jaffree (1985), sentencia del caso Lee vs. Weisman (1992). ¿Descontentos? A miles. Pero se aguantan. Y no por falta de ganas, sino por consciencia de lo mucho que está en juego: saltarse la separación entre la Iglesia y el Estado sería tanto como suponer que hay una instancia por encima de este último, un superpoder con licencia para interferir en las decisiones del gobierno y del parlamento. (También carecen, por cierto, de lengua oficial. Otra ventaja no suficientemente comentada por estos pagos.)

Ya lo decían en Amanece, que no es poco: los americanos también tienen cosas positivas. Ahí va otra: su obstinación en no confundir el poder ejecutivo con el legislativo, su reluctancia a diluir ambos en esa res cogitans infinita llamada “el partido”. En España, lo normal es que los diputados actúen como meros títeres del gobierno de turno, lo cual no les deja en muy buen lugar, ni a ellos ni a sus votantes. Seamos claros: el modelo de articulación entre poderes y partido no es aquí, ni mucho menos, el de la Constitución de los Estados Unidos, sino el de la Constitución de la Unión Soviética de 1936. La de Stalin, para entendernos. El partido es un todo mayor que sus partes, y gobierno y parlamento se subsumen en él. Y si no es así, a ver entonces por qué parece Cospedal la portavoz de un gobierno del que no forma parte. Yo tengo el frívolo capricho de ver algún día una mayoría parlamentaria rechazando un proyecto de ley presentado por un gobierno de su mismo partido. No sería tan emocionante como ver a los borbones camino de Estoril, pero ya sería algo. Y tampoco estoy pidiendo mucho, al menos (insisto) según el inspirador ejemplo del amigo americano.

Esta es la mejor ocasión para comprobar que en España aún es posible algo parecido a una democracia: la oposición casi unánime que la LOMCE ha despertado en la comunidad educativa debería tener su reflejo en el parlamento. De lo contrario, podríamos empezar a hablar de despotismo y de cosas peores, y muchos diputados (presten atención) podrían perder su escaño en un futuro no tan lejano. Piensen que la Conferencia Episcopal no es como Endesa: no recoloca a sus leales servidores cuando estos pierden el favor de los electores. Mucho me temo que ni siquiera ruegue por sus almas: el suyo es un cielo con reválida.

Estética del diluvio

El Partido Popular no es un simple revival de la vieja derecha española. Es algo más (o algo menos). Cuanto más insistamos en comparar a la actual nomenklatura popular con sus presuntos ancestros, más nos equivocaremos al predecir sus comportamientos y evaluar sus actitudes.

Ya no queda rastro en el PP de las viejas glorias tradicionalistas que dieron empaque al único proyecto exitoso de la derecha española desde 1978. En la época de Aznar todavía era posible observar algunas inercias del pasado, pero cualquiera puede darse cuenta de que las mismas inercias eran fácilmente detectables también en el PSOE. Todo eso ha pasado. Al menos en la estética, pero también en la ética, las nuevas voces del PP son cualquier cosa menos franquistas, y esto es algo que sus votantes perciben con claridad meridiana: de no ser así, jamás podría producirse un trasvase de votos populares al partido de Rosa Díez, con su estética glam y su estridencia riot grrrl.

Si Aznar ejemplificaba la vulgaridad del señorito -esa tendencia, asumida conscientemente por las elites del régimen, por la cual se exhibía una retórica ampulosa en el frente frío de la política pero salpimentada con gracejo popular al más puro estilo Paco Martínez Soria-, los actuales halcones populares (pensemos en Soria, en Wert, en Cospedal) hacen gala de una vulgaridad desenfrenada, visceral, de chiringuito playero. En algo habrá influido el magisterio de Rita Barberá, pero el ingrediente fundamental de la mezcla no es, como en la alcaldesa de Valencia, el pantojismo (un sentimentalismo cínico), sino el bisbalismo (un sentimentalismo naif). A Aznar, como a Barberá, como a Piqué, como a Gallardón (el único resto de la estética aznarista, y así y todo reciclado hasta extremos que ni él mismo hubiese considerado admisibles hace dos años), les preocupaba gustar a los demás; no a todos, pero sí, al menos, a la claque. A los actuales condotieros populares tan solo les importa gustarse a sí mismos.

Tal vez a uno le influya la “ansiedad de la influencia” (dicho sea de paso, releer a Harold Bloom puede ser una fructífera vía de acceso a la deconstrucción de la tómbola estética del peperismo), pero en Wert, más que a Mussolini (que también), veo a Jabba The Hutt. De un modo análogo, la tan comentada fotografía de Cospedal y Soraya en el Vaticano me ha hecho pensar, más que en Julio Romero de Torres, en la señora Alien y en Grace Jones. Aquí no hay gestos estudiados, no hay exhibición de mediocridad programática ni vindicación de lo retro frente al rodillo progresista. Hay, en cambio, un estridencia formal que, más que escandalizar, pretende asustar. Y asusta.

Esa falta de mesura verbal, gestual y textil, tiene muy poco en común con la rigidez carpetovetónica del señorío y el catecismo. Este PP profesa una estética vivalavirgen que aspira a obtener legitimidad indirecta de un contexto catastrófico: está diluviando, señores, sálvese quien pueda. No intentemos encontrarle las esencias a un partido que, a fuerza de soltar lastre, se ha convertido en el primer partido punki sin complejos de la historia de Europa.

El ministro Brighella

Cuando Mariano Rajoy anunció quiénes serían sus ministros, es probable que estos no supiesen con exactitud qué papel les tocaría representar. No importaba: Rajoy sí lo sabía. Al menos, es de suponer que en la mente de Rajoy había un diseño originario, y también la confianza en que cada uno de los actores elegidos sabría amoldarse a un papel y sólo a uno. Yo sostengo que Rajoy, consciente o inconscientemente, deseaba un gabinete de commedia dell’arte. Lo está consiguiendo.

Hete aquí que, tras los comprensibles titubeos iniciales, cada ministro va haciéndose a un personaje de la commedia. Con una soltura insólita para un principiante, Luis de Guindos lo borda haciendo de Pantaleón. Sáenz de Santamaría será, con el tiempo, una excelente Colombina, y Jorge Fernández está a tan sólo una representación de revelarnos el gran Polichinela que lleva dentro. Algo más de tiempo le tomará a Montoro asumir que le ha tocado de Arlequín. En cuanto a José Ignacio Wert, su tendencia al teatro del absurdo le aproxima a un Somardino postmoderno.

Pero el único que parecía encajar desde el principio con un personaje de la commedia era Alberto Ruiz-Gallardón. Y, sin embargo, ha resultado ser otro totalmente distinto. Uno le hubiera atribuido dotes más que de sobra para hacer, cómo no, de Pierrot: lunar, afrancesado, tierno y duro a la vez como una galleta de barquillo. Pero al ministro de Justicia le sale más natural dárselas de Brighella.

Nadie le negará, al menos, que le gusta enredar con las palabras. Es un hombre de discursos. Siempre lo ha sido, aunque hasta ahora practicara lo que los guionistas de televisión llaman walk-and-talk: siempre en movimiento, arropaba sus declaraciones con estudiadas poses trajeadas que lo hacían más cercano, más carnal, menos verbal. Ahora, instalado en su ministerial condición de busto parlante, el discurso lo es todo.

Sus últimas declaraciones han sido, desde luego, dignas de un Brighella en estado de gracia. “En la sociedad actual en muchas ocasiones se genera una violencia de género estructural contra la mujer por el mero hecho del embarazo”, ha dicho, o así lo ha citado la prensa. Es de suponer que ha querido decir “violencia estructural de género”, pero se entiende igual. O tal vez no ha querido decirlo pero sí ha querido dar la impresión de que lo decía. En definitiva, poco importa: se trataba de introducir un matiz moderno en su ajada cruzada antiabortista, esa expresión, “violencia de género”, tan denostada por muchos de sus compañeros de partido. Lo de “estructural” le da también un toque poco menos que científico, y si a eso le añadimos una subliminal naturalización del embarazo (un “mero hecho”, nada de “milagro de la concepción”), el ministro parece un tipo culto y progresista y poco amante de los totalitarismos.

Así sea: la Ley del Aborto que proyecta el ministro acabará con esos trenes repletos de indefensas mujeres gestantes conducidas al sacrificio por los diabólicos agentes de la Gestapo abortista. Lo que sea por defender “el derecho por excelencia de la mujer: el de la maternidad”. Es lo que yo siempre he dicho: ¿quién querría viajar, trabajar, vivir, pudiendo parir? Agudo y astuto Brighella, evita el ministro afirmar que el derecho por excelencia del hombre sea el de la paternidad, no sea que alguno, amparándose en los mismos argumentos que se emplearon en su día para calificar de discriminatoria la Ley contra la Violencia de Género, le exija rectificar y llamar a las cosas por su nombre. A fin de cuentas, como dice mi sociólogo de cabecera, Homer Simpson: “Soy un hombre blanco, de edad entre los 18 y los 49. Todo el mundo me hace caso, por estúpidas que sean mis propuestas”. Y hasta pasada la cincuentena, diría yo, si tienes buena percha y don de gentes.