Vistalegre II: Más allá de la cúpula del Telegram

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No me saco de la cabeza aquella escena de Morir todavía en la que el psiquiatra (Robin Williams) explicaba al detective (Kenneth Branagh) cómo dejar de fumar: “Uno es fumador o no fumador. No hay término medio. El truco consiste en averiguar qué es lo que uno es, y serlo”. Continuar leyendo

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Ni gobierno a la valenciana ni pacto a la portuguesa. Salvo sorpresas de última hora, volveremos a votar dentro de unos meses. El gobierno en funciones seguirá en funciones hasta que se hayan abierto las urnas o peor aún, hasta que se hayan abierto los cielos, pues todavía nos quedará por delante otro largo y agónico proceso de investidura. Podremos darnos con un canto en los dientes si conseguimos desalojar a Rajoy de la Moncloa antes de octubre. De las iniciativas legislativas en curso, mejor ni hablamos.

Ese es al menos el panorama más verosímil después de que Podemos y el PSOE dieran por rotas las negociaciones para formar gobierno. Podemos ha anunciado que consultará a “las bases”. La consulta será, suponemos, un prodigio más de democracia interna, de esos que tanto abundan en los últimos meses. En la ciudad donde vivo, y aun fuera de ella, no ha faltado quien ha querido establecer comparaciones con la consulta por la que Xixón Sí Puede decidió no apoyar al candidato socialista a la alcaldía, pero, al margen de lo que cada uno quiera tener en el gobierno, lo cierto es que hay una gran diferencia entre un proceso y otro: así, los concejales de Xixón Sí Puede se comprometieron a acatar lo que se decidiera en aquella consulta, mientras que el grupo parlamentario de Podemos en las cortes españolas decidirá por su cuenta y riesgo el sentido de su voto, con independencia de lo que digan las bases.

Donde sí hay semejanzas es en que ambas consultas rubrican sendos fracasos. Tanto Podemos como Xixón Sí Puede, cada uno en su escala, tenían su razón de ser en el éxito electoral. No había plan B: se trataba de ser, como ya dije una vez, o César o nada. El candidato de Podemos llegó a decir que, si no ganaba, “igual se iba”. El de Xixón Sí Puede nunca dijo tal cosa, pero el resultado en ambos casos fue el mismo: ni ganaron ni dimitieron. En ambos casos quedaron por detrás de la fuerza ganadora (PP/Foro) y por detrás del PSOE. Como era de esperar, el PSOE jugó el triunfo que reserva siempre para estos casos: o nosotros, o el caos (la derecha); o con nosotros, o con el caos (la derecha); o gobierna el PSOE, o es que hay pinza (con el PP; de hacer pinza con Ciudadanos nadie ha dicho aún una palabra).

Xixón Sí Puede hizo, en su momento, lo que debía hacer. Lo hizo mal, cierto, con una consulta torpemente organizada, una política de comunicación chapucera y una soberbia digna de mejor causa, pero lo hizo. Podemos no lo hizo ni mal ni bien: ni en Asturies, tras las elecciones autonómicas, donde no hubo consulta alguna, ni en España, tras las legislativas, donde tampoco; en ambos casos se jugó a golpe de inspiración de la nomenklatura, con similares y desastrosos resultados. Similares en cuanto a los puntos obtenidos (ninguno) y desastrosos en cuanto a las formas, por las cuales Podemos quedó en evidencia como aspirante a matón de los billares y el PSOE demostró, una vez más, que los billares son suyos y que me vas a venir tú a mí con sonrisas del destino. Menudo es el PSOE para estas cosas.

Todos hemos conocido impostores. Los hay que hacen de ello un oficio, como los actores y casi todos los personajes públicos. Pero los hay, al mismo tiempo, solventes e insolventes. En Podemos hubo impostura el día que se decidió hacer como si el partido no hundiera sus raíces en la izquierda más extrema, con todo su legado moral y con toda una trayectoria de derrotas, impostando una altanería de casa grande como si sus dirigentes provinieran de largas y cruentas batallas coronadas por el éxito en lugar de proceder de las honradas profundidades de la UJCE e Izquierda Anticapitalista. Era lo que había que hacer, aunque algunos sobreactuaran (y siguen sobreactuando, sacudiendo sin rubor a todo aquel que huela a “izquierda perdedora”), y habría estado bien si hubiese resultado creíble. Pero ocurrió como cuando yo era un chaval y llegaba a los billares algún niño pijo disfrazado de quinqui: era cuestión de tiempo que el quinqui de verdad lo pusiera en su sitio.

El quinqui de nuestro cuento es el PSOE. Si tiene que arrojar a toda una ciudad y a sus propios concejales a los pies del PP, como hizo en Uviéu, lo hará. Está dispuesto a vencer o morir. Le importa un rábano aliarse con Ciudadanos y le importa otro rábano que Ciudadanos traicione su acuerdo a la primera de cambio, como hizo esta semana al votar en contra de la paralización de la LOMCE: entre quinquis, eso es lo esperable. Como también lo era que el niño pijo se llevara una buena paliza al haberse atrevido no solo a ponerse chulito con el más chungo del barrio sino a hacerlo sin tener con qué defenderse. Es entonces cuando te cogen entre cuatro, te sacan de los billares a hostias y te dejan en la acera cubierto de sangre y preguntándote cómo ocurrió.

Algo ha fallado en la poderosa máquina electoral que diseñara Íñigo Errejón, y no faltarán teorías de todo tipo: que si el fallo fue del maquinista, que si de los fogoneros, que si las vías estaban en mal estado o se había racaneado con las piezas, o simplemente que el chisme se quedó sin combustible cuando tocaba subir la cuesta más empinada. No importa gran cosa ahora mismo: el hecho es que, cuando uno diseña una herramienta y esta no funciona, lo más sensato que puede hacer es cambiarla por otra.

Podemos salió a surfear cuando empezaba a bajar la marea del 15M y logró pillar una gran ola en las elecciones europeas de 2014. Pero no supo mantenerse sobre la tabla y prefirió quedarse con los pies en remojo a la orilla del bipartidismo, aunque lo hiciera con un bañador con la cara de Gramsci estampada en el culo. Algunos dirán que no lo vieron venir y otros reconocerán que sí lo vieron pero prefirieron mirar a otro lado en aras de un bien mayor. Yo no sé si diré una cosa o la otra o las dos. Probablemente las dos, dependiendo del día.

Lo que sí sé es que dará igual lo que digan las bases el próximo 18 de abril, porque el resultado de esa consulta habrá que combinarlo con la habitual acidez de Pablo Iglesias, haya cal viva o no la haya. Y todos sabemos qué se obtiene cuando se mezclan ácidos con bases: sal más agua. Siempre podremos cocinar unos garbanzos y decir que son marisco.

[Artículo publicado en Asturias24.]

El escudo de Tsipras

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Desde que existe el capitalismo ha existido también su antagonista, incluso cuando el único anticapitalismo posible era una cruda nostalgia de los usos feudales. Todas las generaciones de anticapitalistas han tenido sus símbolos y, entre estos, su patria, o sus patrias, más o menos idealizadas, en poco o en nada semejantes a territorios a los que uno pudiera desplazarse. Hubo un tiempo en que hasta las disputas entre diferentes familias anticapitalistas parecían resolverse en un conflicto de preferencias sobre qué patria era mejor, si la Unión Soviética o China, si Cuba o Chiapas, si Albania o Nicaragua. Que en estos últimos meses, por no decir años, hayamos estado mirando tan fijamente a Grecia, entra dentro de la lógica de ese imaginario geopolítico, pero también se sale, en cierto modo, de sus patrones habituales. Por más de una razón, seguramente.

En el canto XVIII de la Ilíada se nos describe minuciosamente cómo Hefesto forjó el escudo de Aquiles. Verso a verso, vemos aparecer ante nosotros ese escudo con todos sus detalles: las constelaciones celestes; dos ciudades, una en paz y otra en guerra, sitiada esta por dos ejércitos rivales; las labores del campo, la siega y la vendimia, y una danza de hombres y mujeres, todo ello rodeado por las aguas del río Océano. Gente corriente, con sus afanes cotidianos, con sus trabajos y sus días. Nada que ver con los escudos de otros héroes griegos no menos famosos como Agamenón o Heracles, muy dados a exhibir dioses y monstruos o fieras horripilantes. En un fragmento anónimo del siglo VI a.C., se nos dice, por ejemplo, del de Heracles: “En medio de este escudo estaba el terror inenarrable de un dragón que miraba atrás con ojos llameantes y cuyas fauces se hallaban llenas de dientes blancos, feroces e implacables. Delante de él, volaba la detestable Eris, horrible y turbando el espíritu de los guerreros que osaban ofrecer combate al hijo de Zeus; y las almas de estos guerreros descendían debajo de la tierra, al Hades, y sobre la tierra negra y bajo el ardiente Sirio se pudrían sus osamentas despojadas de carne. Allí estaban representados la Persecución y el Retorno, el Tumulto y el Terror, y el Exterminio furioso; acá se agitaban Eris y el Desorden”.

Muchas, demasiadas patrias de la izquierda anticapitalista han mostrado en sus escudos exageraciones mitológicas al estilo de Heracles. No es un mal estilo, en términos absolutos, pero tampoco es mala noticia que uno se movilice antes por sus semejantes que por un conjunto de abstracciones o consignas. Así la Grecia de los últimos meses: frente a las patrias belicosas de otros tiempos y otros anticapitalismos, con sus ejércitos y sus himnos, con sus planes quinquenales y sus pasamontañas, la revolución democrática griega parecía creíble, no apta solo para militantes entregados sino para todos los públicos, como si de verdad fuese posible articular una respuesta mayoritaria y razonable a las políticas neoliberales. Así como el escudo de Aquiles infundía ánimo a los mirmidones porque en él podían leer señales humanas, comprensibles, no horrores extraídos de la imaginación desbocada de un artesano, también la resistencia democrática griega, articulada en torno a Syriza, trasfundía una cierta ilusión desprovista de épica, o una cierta épica desprovista de ilusión grandilocuente.

¿Qué hacemos ahora con Grecia? Ya no vemos en Tsipras al Aquiles que imaginábamos hace tan solo dos meses, y de repente nos avergüenza ese escudo, tanto que hay quien empieza a añorar las gorgonas y las bayonetas de otros emblemas que daba por enterrados. Ya no parece que sea posible conseguir aquí lo que parecía haberse conseguido allí, y no solo porque allí tampoco se haya conseguido, sino porque, en el fondo, la decepción no lo es con las acciones de Tsipras, con sus heroísmos o sus traiciones, léase como se quiera, sino con nuestra actitud ante ello, con nuestro exceso de celo y entusiasmo, con habérnoslo creído y haber comulgado con ello. No nos avergonzamos de Tsipras por haber traicionado a los griegos, sino de nosotros mismos por haber creído en ellos.

Luego vendrán los matices, los claroscuros, los análisis factoriales y otras herramientas más eficaces que el rubor o la nostalgia, pero lo cierto es que el verano entra en su recta final con un cierto olor a fruta podrida y ya no hay ganas de sirtakis ni de asaltar los cielos. Alguien tendrá que recordarnos que fue Odiseo, y no Aquiles, quien rindió Troya, y que no lo hizo valiéndose de ningún escudo, ni de los espantosos ni de los otros, sino gracias a haber sido más astuto que sus adversarios y que sus propios compañeros.