Muertos sin sepultura

Demasiadas defunciones en los últimos días: ha muerto David Bowie, ha muerto el bipartidismo, han muerto el PSOE, Convergencia y la CUP (no necesariamente por ese orden), ha fallecido una vez más Izquierda Unida, a Ciudadanos le han dado el viático y en cuestión de horas han pasado a mejor vida el Procés Constituent, la impunidad de la infanta Cristina y las veleidades izquierdistas de Pedro Sánchez. Sabemos ahora que, salvo Bowie, todos los demás difuntos eran más bien transitorios y amenazaban y consumaron resurrección en pocas horas: el bipartidismo se ha convertido en el típico enfermo crónico pelmazo que toca el timbre cada cinco minutos para que le lleven un vaso de agua, al PSOE lo mantienen vivo sus deudos y familiares en tanto no quede claro quién figura en el testamento, Convergencia y la CUP tienen dieciocho meses de gracia para supervitaminarse y mineralizarse antes de que Esquerra se quede con las llaves de la masía, y así como el Procés sigue su curso (pues en eso consiste básicamente ser un procés) y al tiempo que a Ciudadanos le han vuelto las ganas de vivir (tras descubrir su vocación de celestina y unir al PP y al PSOE para gobernar juntos la galaxia como Patxi y López), Izquierda Unida prosigue su bizantina autodigestión de mil años, a la infanta le practica la respiración asistida todo un fiscal anticorrupción, y Pedro Sánchez se mantiene en forma gracias a que es capaz de acostarse creyéndose Largo Caballero y levantarse a la mañana siguiente sabiéndose Joaquín Almunia.

Nada de todo eso debería preocuparnos demasiado, puesto que todo ello apunta en la dirección de lo malo conocido, del mantenimiento de una zozobra existencial sin la cual no seríamos lo que somos ni tendríamos ninguna gana de serlo. En todo caso, y a modo de paradójico homenaje a Ziggy Stardust, lo que parece haberse instalado en la política española, con décadas de retraso, es un cierto espíritu glam: definitivamente se ha cerrado el ciclo de la política para hombres muy hombres, con sus trajes, sus corbatas y sus coderas, con sus chascarrillos de rabiosa actualidad (para el siglo XIX), sus citas de Prim y Romanones, su mezcolanza aromática de brandy Soberano y orujo gran reserva. Pero no porque ahora haya diputados con rastas, ni porque el bebé de Carolina Bescansa haya hecho descender un par de decenios la media de edad del flamante Congreso de los Diputados. En realidad ha sido el Partido Popular el responsable de que la escena política española haya avanzado varias casillas en el juego de la oca de la modernidad, pasando de 1878 a 1972 en tan solo cuatro años, y aunque es cierto que todavía nos faltan más de cuarenta para ser absolutamente modernos, también lo es que, en materia de performances, ni los SMS de Rajoy a Bárcenas ni las partidas de Candy Crush de Celia Villalobos o las vírgenes condecoradas de Jorge Fernández Díaz son listones fáciles de superar por ningún politólogo egresado de la Complutense.

A tenor de lo que predican los medios, uno diría que la nueva legislatura se inaugura con una inyección de savia nueva, de vitalidad autocomplaciente, pero lo que uno ve en esa Cámara Baja es más bajeza que frescura y un exceso de caras conocidas y no todas ellas agradables de contemplar. Me parece una excelente noticia que por fin haya una diputada negra en el Congreso, pero mi entusiasmo decae unas décimas al pensar que el resto de señorías, hasta trescientas cuarenta y nueve nada menos, son tan blancas como las camisas de Albert Rivera y, muchas de ellas, tan orgullosas de serlo como el propio Albert Rivera. Y no es que me haga mucha gracia que el Congreso de los Diputados, siguiendo el ejemplo pionero de nuestra Xunta Xeneral, se convierta en una especie de Gran Guiñol donde los representantes de la ciudadanía compiten entre sí a ver quién pronuncia la pedantería más gorda (como si fuese posible superar a Federico Trillo) o quién se hace el selfie más molón de la jornada (como si hubiéramos olvidado aquel de Javier Fernández con Ignacio González y Susana Díaz). Pero es un tanto torticero eso de ver la Bescansa en el ojo ajeno y no el Gómez de la Serna en el propio. Y falta a la verdad y al sentido de la estética (y aun al de la estética glam) eso de abochornarse por todo lo abochornable salvo por la desfachatez con que juran su cargo varias docenas de diputados envueltos en casos de corrupción.

Por regla general, son los cadáveres los que tienen la odiosa costumbre de corromperse, y no es muy verosímil que uno se corrompa en vida y gozando de buena salud: el político corrupto tiene que haber sido previamente un cadáver político, y si hemos llegado a estar como estamos ha sido, en buena medida, por culpa de que aún no se ha instalado en nuestra cultura política la exigencia de votar solamente a seres vivos. Recuérdese, no obstante, que hemos tenido casos de muertos que han aparecido en el censo electoral y posteriormente han votado, de modo que, si tienen reconocido el derecho de sufragio activo, es normal que se les reconozca también el de sufragio pasivo. No debería sorprendernos que, cuando les llega el momento de comparecer ante un tribunal, muestren síntomas de deterioro físico y mental. Lo de Fernández Villa es pura química orgánica, y que hasta ahora no haya llamado la atención se debe solo a que el contexto en que se fue produciendo su descomposición política y moral era más que propicio a las putrefacciones. En ese sentido no hemos avanzado tanto: demasiados zombis en nuestras instituciones. No es de extrañar que el gobierno asturiano rechace crear una oficina anticorrupción y lo haga aduciendo que es mucho gasto. Tiene razón: uno no se gasta una fortuna en pruebas médicas cuando basta con el olor para dar por muerto al muerto.

Naranjas y carbón

Si tienes un montón de objetos más o menos esféricos, como las naranjas, ¿cuál es la manera más eficaz de apilarlos dejando la menor cantidad de espacio vacío entre ellos? La solución más intuitiva, la misma que los fruteros llevan siglos aplicando, es disponerlos en hileras de modo que cada esfera ocupe el hueco entre las cuatro que hay debajo de ella. Esa estructura se llama red cúbica centrada, y la solución recibe el nombre de conjetura de Kepler. Conjetura, pues no ha sido demostrada formalmente de modo concluyente, a pesar de que se han hallado varias demostraciones parciales, la última de ellas en 2005. No en vano David Hilbert la incluyó en su famosa lista de grandes problemas matemáticos sin resolver.

Quien por primera vez formuló el problema, y quien indirectamente propició la conjetura de Kepler, fue el corsario Walter Raleigh en 1585, y a Raleigh no le preocupaban las naranjas, sino las balas de cañón, mucho más esféricas en aquella época que cualquier especie de fruta. No es que los artilleros de los navíos ingleses fuesen menos avispados que los fruteros y no supiesen el modo de apilar balas de cañón sin verlas rodar a todas horas por cubierta: el interés de Raleigh era el de encontrar un sistema que le permitiera calcular, a partir de la superficie de la cubierta, la cantidad de proyectiles que podían almacenar los barcos enemigos. Naturalmente, no se resignó a quedarse de brazos cruzados hasta que alguien resolviera el problema: durante más de veinte años puso en jaque a las tropas españolas y no queda constancia de que le haya temblado el pulso por un quítame allá esas esferas.

Los procesos judiciales, al igual que las demostraciones matemáticas, son operaciones complejas, que llevan su tiempo, que siguen unas reglas precisas y en las que no vale improvisar ni precipitarse. Dar por válido un teorema sin las debidas pruebas puede torcer el rumbo de la investigación científica durante siglos; condenar a alguien sin un proceso justo y transparente puede acarrear daños irreparables. No obstante, ni Walter Raleigh dejó de saquear Cádiz ni el juez Ruz dejó de ordenar el ingreso en prisión de Luis Bárcenas a la espera de que sus respectivos procesos, el matemático y el judicial, arribaran a puerto. Y así como uno desearía que no se disparara una sola bala de cañón en tanto no se haya demostrado la conjetura de Kepler (y en tanto quede un solo problema matemático sin resolver), lo razonable es que la vida no se detenga ante los teoremas fallidos o frente a procesos judiciales interminables, si bien un año y medio de prisión sin condena no es lo que yo llamaría razonable.

La causa abierta en la Audiencia Nacional por los sobrecostes del puerto de El Musel lleva camino de convertirse en un largo y abrupto proceso, tanto por las dimensiones del fraude como por la cantidad y las cualidades de los implicados. Uno puede tener todas las sospechas que quiera y alguna más, pero la presunción de inocencia no puede ser puesta en cuarentena cuando a uno le dé la gana, simplemente porque a uno le parezca que el proceso vaya a ser más lento que el caballo del malo. No obstante, tampoco parece muy razonable esa propensión a hacerse el sueco que impera en buena parte de la clase política, como si en ausencia de sentencia judicial todo estuviera permitido: si Walter Raleigh hubiera razonado así, sus barcos nunca habrían salido de Plymouth. Las naranjas rodarían por el suelo de las fruterías si los fruteros se empeñaran en ignorarlo todo sobre cómo apilarlas. Claro que también en El Musel se apila carbón como si se ignorara cómo hacerlo sin poner en riesgo la salud de las personas.

Las demostraciones matemáticas a menudo no sirven para decidir qué sabemos, sino cómo lo sabemos. Los procesos judiciales, de un modo análogo, son necesarios para atribuir responsabilidades penales y civiles, pero hacer como que no pasa nada mientas no haya sentencia firme es tener la cara más dura que el cemento de Tudela Veguín.

La hora de Fu Manchú

FumanchuEn la fortaleza de Fu Manchú no tenían timbre. Anunciaban a los visitantes haciendo sonar una campana gigante con aspecto de reliquia venerable. Al villano más malvado de Asia, capaz de agenciarse submarinos y aparatos de rayos rarísimos y seguramente muy caros, nunca le interesó la domótica, ni siquiera la de nivel principiante. Eso sí, hay que reconocer que la campana daba ambiente. Impresionaba a las visitas. Casi tanto como el propio Fu Manchú. O puede que más, ya que, después de todo, las artes maléficas del susodicho parecían basarse tan solo en su insólita capacidad para no pestañear y coleccionar bichos asquerosos en los sótanos de su fortaleza.

Los guionistas del caso Bárcenas, sean quienes sean, se han puesto a dar campanazos a lo loco, un poco por asustar al público, pero fundamentalmente, me parece, para asustar al propio Fu Manchú. Que podría ser Rajoy si no fuera porque el despacho de este último es un poco más sobrio y sus métodos de tortura un tanto más refinados que los del mítico personaje de Sax Rohmer.

“Vete preparándote”, parece anunciar esa campana. Y es probable que Rajoy obedezca, que allá en lo más recóndito de su fortaleza le parezca que tocan a muerto. Rajoy se siente amortizado, es evidente, pero siempre se ha sentido así, desde antes de los hilillos de plastilina. También a Fu Manchú le dieron por muerto en alguna ocasión.

Las películas de Fu Manchú han envejecido mal, muy mal, en parte porque ya nacieron viejas, al igual que las novelas en que se inspiraban, y si el personaje no se ha evaporado por completo de la memoria colectiva, el mérito, sin duda, es de Boris Karloff y de Christopher Lee. Noto ahí una cierta desventaja: Rajoy tiene que hacer de sí mismo, algo que no debe de ser plato de gusto, ni siquiera para él. En cualquier caso, en ambos personajes hay mucho de proeza. ¿Quién es capaz de mirar al presidente y creerse que hayamos llegado a esto, que a semejante individuo le haya tocado semejante responsabilidad? ¿Quién habría supuesto que el inútil de Fu Manchú llegaría a gozar de fama internacional, tratándose de un villano, oriental para más señas (en una época de eurocentrismo galopante), prácticamente incapaz de moverse como un ser humano y de pensar como un ser racional? En el caso de Fu Manchú, la explicación es sencilla: Nayland Smith. Frente a un antagonista tan gris, tan incoherente, tan falto de ingenio y de carácter, hasta Homer Simpson parecería una eminencia del crimen organizado. A Mariano Rajoy las reglas del bipartidismo le han puesto en bandeja un oponente igual de misérrimo y es normal que el hombre se haya venido arriba y se haya figurado que, con poner a Marhuenda a hacer cabriolas vestido de ninja, la guerra estaba ganada. Se equivocaba: el enemigo estaba en casa. Es lo que pasa cuando convives con animales venenosos. Al menos, Fu Manchú se los comía.

El gato de Schrödinger, el perro de Zeeman y los papeles de Bárcenas

Dentro de la caja hay un gato. También hay un frasco con gas letal y un artefacto que contiene una partícula radioactiva. Si la partícula, al ser liberada dentro de la caja, se desintegra, el frasco se abre y el gato muere intoxicado. Transcurrido un tiempo t, hay un 50 % de probabilidades de que la partícula se haya desintegrado. La paradoja de Schrödinger afirma que, si abrimos la caja, veremos un gato muerto o un gato vivo, pero, antes de abrirla, lo que hay dentro de la caja es una superposición de ambos estados; en otras palabras, un gato muerto y vivo a la vez.

Hace unas horas, el diario El País hizo públicos los ya famosos “papeles de Bárcenas”, cuyo potencial efecto destructor debería poder medirse, para empezar, en dimisiones, y para seguir, ya metidos en faena, en imputaciones. Ha transcurrido un plazo más que razonable y va siendo hora de abrir la caja y ver si el gobierno de España sigue vivo o ya se ha muerto, pero de momento, dada la naturaleza cuántica del presidente Rajoy, pongamos que está simultáneamente vivo y muerto y asumamos de una vez que al Partido Popular lo gobiernan razones subatómicas. Igual que les ocurre a las reacciones químicas de las que provienen tantos y tan útiles compuestos sólidos como (y es solo un ejemplo) el cemento.

Si el gato de Schrödinger es el animal totémico de la física cuántica, el perro de Zeeman es su homólogo en la teoría de catástrofes. Dícese de un perro hipotético que puede experimentar tanto ira como miedo o ambas emociones a la vez. Puede conjeturarse la reacción esperable de ese perro a medida que siente más ira cada vez o a medida que siente cada vez más miedo, pero si ambas variables aumentan al mismo tiempo, el resultado (la catástrofe) es impredecible: puede ser una catástrofe de evitación (huida) o una catástrofe de agresión (ataque).

Los papeles de Bárcenas han desencadenado una serie de reacciones públicas y privadas cuyo desenlace es tan impredecible como el comportamiento del perro de Zeeman, y no menos catastrófico. La única certeza, de hecho, es que, sea lo que sea, será una catástrofe, dicho sea en sentido matemático. ¿Será una huida, y los ciudadanos indignados, airados pero intrínsecamente horrorizados, correrán a refugiarse en las montañas, o más previsiblemente en esas montañas virtuales del maquis actual: las redes sociales? ¿O será un ataque, y esos mismos ciudadanos indignados, horrorizados pero inequívocamente airados, optarán por abrir de una vez la caja y comprobar el estado del gato y, si por un casual este estuviera vivo (cosa que dudo), acelerar la desintegración de los enlaces químicos pertinentes?

Lo primero, y no lo segundo, sería propiamente una catástrofe.

Sea como fuere, yo apuesto por el perro.